Kallista
Admiraba la hermosa vista de la carretera de la Toscana, pero mi mente estaba en llamas. Doce años. Casi doce años de exilio, de silencio, de fingir que Kallista Samara Morgan Malissi murió en aquella gala de los Diamonds. Extrañaba los cuentos de mi padre, los regaños de mi madre que antes me asfixiaban y ahora anhelaba. Extrañaba los chistes malos de Kian y los coqueteos de mis gemelos, Kendrick y Kenneth. Extrañaba que me confundieran con Kaylie y las charlas de hombres con mi hermoso Kalin. Incluso extrañaba el estrépito de los trillizos.
Y de él... de Stefan. Extrañaba su sonrisa encantadora y brillante, su postura recta, su seguridad. Lo extrañaba todo, y eso era lo más doloroso, porque cada vez que miraba a mi hija, lo veía a él.
Keylani Sarai Morgan. Mi hija, la heredera y mi secreto. Ella era el "mejor accidente" de mi vida; una responsabilidad que a los quince años me pesaba, pero que hoy era mi único motor.
—¡Mamiii! —el grito de mi pequeña rompió mi trance. Corrió hacia el coche apenas me vio llegar a su escuela privada en Florencia.
—Hola, mi princesa. ¿Cómo te fue hoy? —Le di un beso en la mejilla mientras cerraba las puertas con el seguro automático.
—Bien, mami. Aunque una chica me dijo cosas feas —Keylani hizo un gesto de desdén—. Dijo que era una niña sin chiste, que mi padre me había abandonado por ser fea.
Un frío punzante me recorrió la columna. La palabra "padre" siempre era un gatillo para mi ansiedad. Sentí terror por el hecho de la palabra, enojo porque dañaron a mi hija y tristeza porque no sabía cómo lo habría tomado ella.
—¿En serio? ¿Y cómo te sientes al respecto? —La miré buscando confianza.
—Pues me sentí un poco triste, pero también enojada —respondió Keylani—. Le dije: "Lo siento tanto que mi infantilismo te moleste, no es mi culpa que no hayas tenido infancia". Y también: "Lamento que como no tienes mamá vengas a molestarme con que mi padre me abandono. Además, entre feas hay clases, y yo sé que soy de las mejores clases".
Sonreí. Ella era igual a su padre: el ego en los cielos y una seguridad inquebrantable. Me gustaba verla fuerte, pero me entristecía recordar que él no estaba aquí.
—Qué bueno, hija. No les hagas caso. ¿Qué crees? Hoy vamos a ir con tu tío Peter —dije, tratando de sonar animada. Tenía una reunión con la Mafia en una hora.
—¿Lo vamos a ver por "la situación"? —Keylani sabía de dónde provenía, sabía que su madre era parte de una familia de mafiosos.
—Sí, esta situación no me está gustando mucho —confesé. Tenía un presentimiento amargo.
El trayecto fue tenso. Un Audi gris me siguió, luego una camioneta negra blindada. El símbolo en la camioneta me resultó familiar, demasiado familiar. Aceleré, zigzagueando por senderos ocultos hasta que finalmente los perdí y llegué al cuartel secreto de la Capilla del Honor.
—Perché mi stanno seguendo? —exploté frente a Peter—. ¡Llevo diez días con estúpidos tras de mí y lo único que recibo de ti es un "estamos en problemas"!
—Scusa... —Peter suspiró—. Me acaban de dar noticias muy malas, Kallista.
—¡Zio! —Keylani corrió a abrazarlo. Peter la cargó, fingiendo normalidad.
—Hola, pequeña. Ve a hacer tu tarea a la oficina mientras hablo con tu mamá de negocios aburridos.
—Au revoir maman, au revoir oncle —se despidió ella, trotando hacia el interior.
Cuando las puertas se cerraron, Peter me guio a la sala de juntas. Allí estaban ellos, los líderes de las mafias aliadas: Skarlett (Canadá), Ziad (Egipto), Konrad (Polonia), Ignacio (España), Emre (Turquía), Shin-Hae (Corea) y Fening Yang (China). El ambiente era fúnebre.
—Kallista, siéntate —dijo Konrad Volkov, de Polonia—. Ya no se trata solo de ti. La Mafia Negra de Andrey Volokov ha lanzado una amenaza abierta. Ha puesto precio a las cabezas de los Morgan Malissi. Tu familia está en el punto de mira, y nosotros con ellos.
—Andrey ha descubierto que estás viva —intervino Skarlett Vane—. Y cree que capturarte es la llave para destruir a Stefan y a los Diamonds. Si te quedas aquí, Italia se convertirá en un cementerio. Y lo que es peor, Keylani dejará de ser un secreto para convertirse en un objetivo.
Me dejé caer en la silla, sintiendo el peso del mundo.
—Hemos llegado a un acuerdo, Kallista —dijo Peter con voz suave pero firme—. Por el bien de la niña y por la seguridad de todos los imperios, debes volver. Los Morgan te extrañan, tu padre está desesperado y tus hermanos han movido cielo y tierra por ti. Stefan... Stefan se ha convertido en un monstruo de eficiencia buscando tu rastro.
—Ellos no saben de Keylani —susurré con pánico—. Si vuelvo, el secreto se acaba. Mi familia me quiere, sí, pero no perdonarán el engaño de once años.
—Es un riesgo que debemos correr —sentenció Ignacio de la Vega, de España—. Prefiero que enfrentes el juicio de tu familia a que enfrentes las balas de los rusos con una niña a tu lado. Stefan es el único con el poder de fuego suficiente para proteger a Keylani si la guerra estalla.
Miré a mis aliados. Sabía que tenían razón. Mi vida tranquila en la Toscana había muerto en el momento en que Andrey Volokov pronunció mi nombre.
—Está bien —dije, con el corazón martilleando contra mis costillas—. Volveré. Pero bajo mis condiciones. Keylani entra conmigo a la mansión Diamonds, y nadie, absolutamente nadie, sabrá quién es su padre hasta que yo lo decida.
Peter asintió y sacó un teléfono encriptado.
—Prepara tus cosas, Kallista. Stefan está aterrizando en Nápoles ahora mismo. No viene a buscar a una fugitiva... viene a rescatar a su hermana, tienes a mas tardar mañana.
Kallista M.
La villa en las afueras de Florencia olía a romero silvestre y a la humedad de la piedra antigua. Era mi santuario. Aquí, yo no era la heredera de un imperio criminal; era simplemente Mamma. Pero bajo la seda de mis vestidos de verano, siempre cargaba el peso del acero.
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Editado: 28.03.2026