Alenda. 🍊
El día que decidí renunciar a la obra, lo hice con la convicción de quien se arranca una venda de un tirón. Dolía, sí, pero parecía la única opción sensata.
No contaba con Xiomara.
La biblioteca estaba casi vacía a esa hora. El sol de la tarde se filtraba por los ventanales, pintando todo de un dorado melancólico que invitaba al silencio. Yo estaba recogiendo mis cosas, las manos temblorosas mientras guardaba el guion en mi mochila.
"Así que huyes."
La voz de Xiomara me heló la sangre. Giré lentamente, encontrándola apoyada contra uno de los estantes, con los brazos cruzados y esa expresión suya que nunca revelaba nada.
"No estoy huyendo" mentí "Solo... reconsideré mis prioridades."
Xiomara arqueó una ceja. Caminó hacia mí con la calma de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
"Mientes" sentenció, tomando asiento frente a mí "Y lo haces bastante mal, por cierto."
Quise protestar, pero las palabras no salieron. Porque tenía razón, porque siempre la tenía.
"No sé de qué hablas" intenté de todas formas.
"Hablas de Sandra." soltó finalmente.
El nombre golpeó el aire como una bofetada, sentí que el estómago se me encogía.
"No... no tiene nada que ver con ella" tartamudeé.
Xiomara inclinó la cabeza, estudiándome. Sus ojos oscuros parecían capaces de leer cada uno de mis secretos.
"Deja de disculparte."
Parpadeé, confundida.
"Yo no..." comencé lentamente.
"Sí lo haces" me interrumpió "Cada vez que hablas, bajas la voz como si temieras molestar. Cada vez que alguien te mira, desvías los ojos. Cada vez que podrías brillar, te escondes detrás de excusa y tras excusa."
Sus palabras dolían porque eran ciertas, cada una de ellas. Realmente ella parecía conocerme más que yo misma.
"Pero esto" continuó, señalando el guion que asomaba por mi mochila "esto es diferente. Por primera vez te vi hacer algo sin pedir permiso. Sin esperar aprobació, sin disculparte."
"Actuar no es tan difícil" murmuré "Solo finjo ser alguien que no soy."
"Exactamente" Xiomara se inclinó hacia adelante "¿Y no te has preguntado por qué es más fácil ser Becky Thatcher que Alenda?"
Me quedé en silencio.
"Déjame decirte algo que probablemente nadie te ha dicho" su voz se suavizó casi imperceptiblemente "No tienes que ser perfecta para merecer ocupar un espacio. No tienes que ser lo que tu familia quiere. No tienes que desaparecer para que otros brillen."
Sentí un nudo en la garganta.
"¿Por qué te importa?" pregunté, genuinamente confundida "Apenas hablamos en clase."
Xiomara se recostó en su silla, y por un instante, solo un instante, vi algo parecido a la comprensión en su rostro.
Vi en sus ojos la resignación, como si quisiera decir el motivo pero algo se lo impedía. Era tan lejana y tan cercana en ese mismo instante, vacilando brevemente.
"¿Por qué no debería importarme?" respondió "Además, la obra sería un desastre sin ti. Sandra necesita una Becky convincente y Naomi..." hizo una pausa mínima "bueno, digamos que prefiero evitarle el disgusto de ver arruinado su proyecto."
Parpadeé. ¿Eso era preocupación por Naomi? ¿Xiomara, la chica de hielo, preocupándose por alguien?
Esas dos definitivamente se traían algo.
"Aparte," añadió poniéndose de pie "sería un desperdicio. Tienes talento, aunque te niegues a verlo."
Se fue sin decir nada más. Sin despedirse, sin esperar mi respuesta.
Y yo me quedé allí, con el guion entre las manos y una sensación extraña en el pecho. Como si alguien hubiera encendido una pequeña luz en algún rincón olvidado de mí misma.
Esa misma tarde, le dije a la profesora que seguiría en la obra.
No lo hice por Xiomara, no exactamente. Lo hice porque algo en sus palabras había resonado con una verdad que llevaba años ignorando.
Estaba cansada de huir.
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El día de la presentación, desperté antes del amanecer.
Mi habitación estaba sumida en la penumbra, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba entre las cortinas. Por un momento, me permití quedarme inmóvil, disfrutando del silencio. Un silencio que pronto se rompería.
El reloj marcaba las seis y media.
Me levanté con cuidado, como si el suelo fuera de cristal y pudiera quebrarse bajo mis pies. Los viejos hábitos nunca mueren; en esta casa, hacer ruido era casi un pecado.
Bajé las escaleras descalza, llevando los zapatos en la mano. Esta nueva casa no tenía alfombra, pero igual esa sensación de libertad parecía sumergir sin tantos miramientos.
La cocina estaba vacía.
Últimamente, siempre estaba vacía.
Desde que despidieron a la señora Consuelo, nadie se había molestado en contratar a alguien nuevo. Mi madre decía que era un gasto innecesario. Mi padre, como siempre, asentía en silencio.
Abrí la nevera y encontré exactamente lo que esperaba: casi nada. Un cartón de leche a medio terminar, un par de huevos, algo de mantequilla. Los estantes brillaban de tan vacíos.
Suspiré.
Esto también era nuevo. Antes, la nevera siempre estaba llena. No solo había alguien que preparaba el desayuno, eran más de dos personas. Antes, el dinero no era un problema.
Pero "antes" era una palabra peligrosa. Una trampa.
Tomé el cartón de leche, al menos podría servirme algo rápido sin necesidad de utilizar mi carente habilidad culinaria.
"¿Ya estás despierta?" preguntó una voz masculina.
La voz de mi padre me sobresaltó, giré tan rápido que casi derramo la leche.
Estaba en la entrada de la cocina, con su bata azul y el cabello revuelto. Tenía ojeras, últimamente siempre tenía ojeras.
'Hoy es la obra" respondí, como si eso explicara todo.
"Ah, cierto" pasó una mano por su rostro "La obra, me había olvidado"
No me sorprendió en lo absoluto, mi padre olvidaba muchas cosas últimamente. Desde reuniones, hasta cumpleaños. La mente se le iba en espirales de preocupación que solo mi madre parecía capaz de intensificar.