Mi nombre en tu lista

Capítulo 4: El pasado

Pov liv:

Pronto ya no había que hacer en la habitación, si no teníamos ninguna pertenencia. Sin más, me levanté de mi cama y fui a despedir a mi papà que estaba con los demás padres firmando los papeles para que nos quedemos en el campus.

Luego volví al salón que era exclusivo para el círculo dorado, ahí ya estaban Mora y Lena junto a los directivos para empezar a coordinar los horarios y actividades del año.

Mora me saludó con un gesto exagerado desde una de las mesas. Me acerqué sin decir palabra, agradecida de que no me preguntara nada.

-¿Todo bien? -susurró, mientras desplegamos los horarios.

-Sí -mentí.

-¿Draven sigue vivo?

-Lamentablemente.

Mora soltó una risita por lo bajo, y ese pequeño sonido me alivió más de lo que admití. A su lado, Lena hojeaba una carpeta llena de hojas con distintos colores. Nicolás todavía no había llegado. Parte de mí se tranquilizó. Otra parte se tensó, sabiendo que eventualmente iba a aparecer.

La mañana transcurrió con una mezcla extraña de entusiasmo ajeno y una incomodidad constante. Primero nos dijeron que como guardianes este año les daríamos clases a los niños de primer grado, todos los días de la semana en las horas de taller. Luego nos dividieron en grupos para coordinar los proyectos anuales. Había ideas interesantes: mentorías para alumnos nuevos, eventos benéficos, competencias académicas entre casas. Cosas que normalmente me entusiasmaron. Hoy no. Hoy me limité a anotar lo necesario, aportar lo justo, y sonreír cuando era necesario. No más.

Y entonces, claro, apareció él.

Tarde. Con el cuello de la camisa mal abrochado, el pelo desordenado y esa cara de "yo no me esfuerzo, nací así". Se deslizó hasta nuestra mesa como si no notara las miradas. O como si las disfrutara.

-Perdón por la demora -dijo, sin dirigirse a nadie en particular, pero claramente mirando en mi dirección.

Yo ni pestañeé.

-Tranquilo -dijo Lena-. Justo estábamos empezando con las propuestas para la primera actividad grupal.

Él se sentó justo frente a mí. Genial. El universo tenía un sentido del humor repugnante.

Durante los siguientes cuarenta minutos, lo ignoré por completo. No lo miré. No respondí cuando hizo un comentario sobre una de mis ideas. Ni siquiera anoté sus propuestas, aunque algunas no eran malas. Me limité a escribir las que venían de los demás, fingiendo que su voz era como el viento: molesta pero inofensiva si una se concentraba lo suficiente.

La mañana terminó con una actividad grupal al aire libre. Teníamos que armar una especie de circuito de confianza en la arboleda del fondo del campus. Pura pérdida de tiempo. Pero como era "formación de equipo" y "confianza entre guardianes", no nos quedaba otra.

En un momento, Mora se acercó a mí mientras atábamos una cuerda entre dos troncos.

-No quiero meterme, pero...

-Entonces no te metas -dije, más seca de lo que quería sonar.

Ella se quedó callada un segundo.

-Te juro que no sabía que te afectaba tanto, sino pedíamos cambio. Que iban a compartir cuarto, digo.

-No me molesta por vos, amiga -respondí-. Me molesta que él actúe como si no hubiera pasado nada.

Mora asintió. Después bajó la voz.

-A veces la gente actúa así porque no sabe cómo reparar lo que rompió.

Me quedé en silencio. No porque no tuviera nada para decir, sino porque cualquier cosa que saliera de mi boca iba a sonar como una herida abierta.

A las tres, nos liberaron para que volviéramos a nuestras casas a buscar nuestras pertenencias. La directora dijo algo como "nos vemos esta noche para comenzar oficialmente su estadía". Una frase que sonaría linda en un folleto, pero que para mí significaba volver a esa habitación con él.

Cuando salí al estacionamiento, Nicolás estaba recostado contra una columna, con el celular en la mano y una mochila colgando del hombro. Parecía esperar a alguien.

-¿Querés que te acompañe a la estación? -preguntó, sin mirarme esta vez.

-¿Vos querés que te tire una maceta? -repliqué, pasando de largo.

-Solo estaba siendo amable.

-No me interesa tu amabilidad.

-Me queda claro.

Y ya. No insistió. No caminó a mi lado. No dijo nada más.

Volví a casa, armé la valija en tiempo récord y evité las preguntas de mi mamá. "¿Estás bien? ¿Cómo fue el primer día? ¿Ya conocés a tu compañera de cuarto?" Mentí. Dije que todo estaba bien. Que la escuela era igual que todos los años, pero con habitaciones. Que Mora compartía habitación conmigo. No tenía energía para explicar la verdad. No todavía.

Volví a Crestwood cuando ya estaba oscureciendo. Las luces del campus estaban encendidas, y el aire olía a pasto húmedo y comienzos. Subí las escaleras del ala este con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir. Cuando abrí la puerta de la habitación, lo vi sentado en su cama, doblando ropa, con auriculares puestos, tarareando una melodía sin letra.

Ni me miró.

Ni lo miré.

Puse la valija sobre la cama, saqué mis cosas, y me dediqué a ordenar todo en silencio. Cada remera, cada cuaderno, cada perfume que traje para que el cuarto oliera menos a varón. Él no dijo nada. Pero en cuanto me di vuelta para colgar un saco, lo encontré con los ojos puestos en mí.

-¿Qué? -disparé.

-Nada. Solo me preguntaba cuánto tiempo vas a poder mantener ese nivel de odio.

-Toda la vida, si hace falta.

Él sonrió, como si esperara esa respuesta.

-Me parece justo.

Y eso fue todo. Ni una pelea, ni una disculpa, ni una sonrisa. Solo esa tensión muda que se instala cuando sabés que alguien te conoce demasiado y aún así decidió lastimarte.

Me metí en la cama sin decir nada. Apagué la luz. Escuché cómo él se acomodaba en la suya.

Pasaron unos minutos en los que creí que ya se había dormido. Hasta que su voz rompió la oscuridad:

-¿En serio creés que vine a arruinarte el año?




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