Pov Liv:
El fin de semana no podía llegar más rápido. En Crestwood, los viernes se sienten como el final de una batalla donde no estás segura de haber ganado.
No era obligatorio quedarse en la academia los sábados y domingos, y aunque muchos de los "hijos de" preferían quedarse para no ver a sus padres en sus mansiones vacías, yo ya tenía el bolso listo debajo de la cama. Necesitaba desaparecer. Necesitaba dejar de ser "Olivia, la Guardiana" para volver a ser simplemente Liv. Y sobre todo, necesitaba no tener a Nicolás Draven respirando en el mismo cuarto que yo.
El viernes empezó con la presión habitual. Podía oír la respiración de Nicolás en la otra punta de la habitación y a Mora intentando que Lena se apurara en el baño en la otra habitación. En los pasillos, el aire estaba cargado. Los viernes se publicaban los avances de los proyectos de cada especialidad, y en Crestwood, si tu nombre no estaba en el tercio superior de la lista, empezabas a sentir las miradas de lástima... o de desprecio.
Caminé hacia la primera clase con mi uniforme impecable, aunque por dentro me sentía un desastre.
—¡Liv! —me gritó Julián, un chico de cuarto año de Escritura—. ¿Leíste el ensayo que publiqué en la cartelera? Necesito que me digas si la metáfora del final se entiende.
Le sonreí, tratando de que mi máscara de "chica popular y accesible" no se cayera. —Lo vi de pasada, Juli. El lunes lo charlamos antes del taller, ¿dale?
Él asintió emocionado, pero cuando seguí caminando, sentí el susurro de dos chicas de mi año. —Ahí va la elegida —dijo una, con un tono que pretendía ser bajo pero que me llegó como un dardo—. Seguro el profesor de Literatura le corrige los textos antes de que los entregue. Por eso es Guardiana.
Apreté los libros contra el pecho. Me puse dura, erguida, fría. La Liv que hablaba hasta por los codos y saludaba a todo el mundo con un abrazo estaba guardada bajo llave. No podía permitirme ser vulnerable en un lugar donde todos esperaban que fallara.
El almuerzo fue el recordatorio final de dónde estaba y, sobre todo, de quién tenía que ser frente a los demás.
El comedor de Crestwood era imponente, una mezcla de arquitectura antigua y minimalismo moderno que te hacía sentir pequeña si no caminabas con la barbilla en alto. En el centro exacto, bajo el enorme vitral que filtraba la luz del mediodía en tonos azules y violetas, estaba la mesa de los Guardianes. No era solo una mesa; era un pedestal. Una vidriera donde el resto de la academia podía diseccionar cada uno de nuestros movimientos mientras pinchábamos la comida.
Sentía las miradas en la nuca mientras caminaba hacia allá. Eran susurros pesados: chicos de cuarto año que codiciaban nuestros lugares, alumnos de arte que analizaban si mi postura era lo suficientemente "líder". En Crestwood, la popularidad no era cariño, era una vigilancia constante.
Me senté al lado de Mora sin decir una palabra. Ella me pasó una servilleta, notando mi rigidez de inmediato.
—¿Lista para la fuga? —me susurró, casi sin mover los labios, mientras se inclinaba hacia su plato.
—Más que lista —contesté en el mismo tono.
Bajé la vista y empecé a cortar el pastel de papa con una precisión casi quirúrgica. Me concentré en el vapor que salía de la carne y en la simetría de los bordes. Era una tarea estúpida, pero me servía para no mirar al frente.
Frente a mí, la realidad era otra. Nicolás estaba ahí, ocupando espacio de esa forma tan suya, como si el mundo le debiera algo. Tenía la espalda apoyada en el respaldo de la silla, una mano rodeando un vaso de agua y la otra apoyada en la mesa. Miraba su plato con una expresión de "nada me importa" que me revolvía el estómago. Sabía que era una fachada, una máscara de indiferencia que usaba para que nadie viera las grietas que yo había empezado a notar, pero igual me irritaba. Su silencio no era pacífico; era un desafío.
A su lado, Lena estaba en su mejor momento. Hablaba de la nueva obra de Teatro, gesticulando con las manos como si estuviera sobre un escenario real. Su voz tenía el volumen justo para ser elegante, pero lo suficientemente alto para que las mesas vecinas supieran que ella era la protagonista de algo importante.
—...y por supuesto, el director dijo que mi interpretación del monólogo fue "perturbadoramente honesta" —decía Lena, lanzando una risita ligera—. Es agotador, pero supongo que es el precio de entender el arte a otro nivel, ¿no, Nico?
Nicolás ni siquiera la miró. Solo emitió un gruñido vago que podría haber sido un "sí" o un "deja de molestar". Lena no pareció afectada; se limitó a acomodarse un mechón de pelo rojo y giró la cabeza hacia mí.
Fue entonces cuando me lanzó esa mirada de soslayo. No era una mirada de amiga. Era una de esas expresiones cargadas de una superioridad silenciosa, de las que dicen: "Yo estoy acá, al lado de él, y yo sé cosas que vos ni te imaginás". Me estudió un segundo, desde mi rodete desprolijo hasta la forma en que apretaba el tenedor.
Yo no le di el gusto. Mantuve la vista en mi pastel de papa, tragando cada bocado como si fuera arena.
La tensión entre Nicolás y yo, a pesar de la distancia de la mesa, era como un cable pelado debajo de una alfombra cara. Estaba ahí, vibrando, invisible para los que nos miraban con envidia desde las otras mesas, pero peligrosamente real para nosotros. Sentía el calor de su presencia, el peso de su silencio, y sabía que si uno de los dos decía la palabra equivocada, íbamos a saltar por el aire y romper el vitral en mil pedazos.
—¿Te pasa algo, Liv? Estás muy callada hoy —soltó Lena, con una falsa preocupación que me dio náuseas.
—Solo tengo hambre, Lena —mentí, levantando la vista por primera vez.
Mis ojos chocaron con los de Nicolás por una fracción de segundo. Fue un impacto eléctrico. Él no sostuvo la mirada, volvió a su plato enseguida, pero fue suficiente para recordarme que el fin de semana no podía llegar lo suficientemente rápido. Necesitaba salir de esa pecera antes de que el cristal estallara.
Editado: 08.01.2026