Pov Liv:
El fin de semana se me escurrió entre los dedos, como el agua que intentás retener en un pozo. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la entrada principal de la Academia Crestwood. Pero esta vez, el aire se sentía distinto. Más ligero.
El viaje en colectivo me había servido para ordenar los cables. El año pasado, cuando me nombraron Guardiana, casi me quiebro. Me importaba cada susurro en los pasillos, cada mirada de envidia, cada comentario sobre si "merecía" el puesto. Pero aprendí a las malas que mi talento no depende de su aprobación. Si soy Guardiana, es por lo que escribo, no por lo que ellos digan. Y con Nicolás… bueno, iba a aplicar la misma receta. Indiferencia. No vine acá a ser un personaje secundario en su drama. Esta vez, voy a ser yo. Entera.
El lunes arrancó sin anestesia. 07:30 de la mañana: Literatura.
Llegué directo al salón y me senté junto a Mora.
—Hola, Liv. ¿Cómo estuvo ese tuco? —me preguntó en voz baja.
—Sanador, Mo. Necesitaba resetear el sistema después de una semana tan… densa —respondí. Ella me estudió un segundo, como si buscara las grietas del viernes, pero parece que mi nueva armadura estaba funcionando.
—Te veo más acá. Como si hubieras vuelto de algún lado —comentó, pero el profesor Rossi entró al salón y el murmullo se cortó en seco.
Rossi no era un profesor de los que leen diapositivas. Era de los que te lanzan un libro a la cabeza si sentía que no estabas "viviendo" el texto.
—Hoy vamos a trabajar con la validación del dolor —anunció, sin saludar—. Con lo que pasa cuando el lenguaje falla porque el otro decide no escuchar.
No había terminado de sacar mi cuaderno cuando escuché mi nombre.
—Olivia, pasá al frente. Quiero que leas el fragmento que dejé marcado.
Me levanté sin dudar. Caminé entre los bancos sintiendo los roces de los uniformes. Antes, me hubiera encogido un poco, esperando el comentario por lo bajo sobre "la preferida". Hoy, simplemente caminé.
Me entregó el libro. Era una edición vieja de un autor nacional que yo había leido un millón de veces. Carraspeé, sentí el peso del silencio del aula y empecé a leer.
“Hice lo que pude por no morir de sed en este desierto de palabras. Pero cuando por fin me dijiste que no era para tanto, algo en mí se quebró. No por lo que dijiste, sino por cómo lo dijiste. Sin peso. Como si todo eso que dolía en mí no valiera más que una queja pasajera. Me hiciste sentir que exageraba. Y, de pronto, lo que me dolía ya no era lo que pasó… sino lo que no significó para vos.”
El silencio que siguió a mi voz no fue el de la distracción, sino el del impacto. Levanté la vista. El salón entero estaba ahí, pero mis ojos, por pura inercia, buscaron un punto específico.
Nicolás.
Él estaba inclinado hacia adelante, con los codos sobre el banco y las manos entrelazadas cerca de la boca. Me sostenía la mirada con una intensidad que no era odio. Era algo más complejo, más sucio, como una mezcla de reconocimiento y culpa que no sabía dónde guardar. Parecía que las palabras del texto le habían pegado un tiro en el centro del pecho.
—Excelente, Liv —la voz de Rossi rompió el hechizo—. Tu entonación... esa capacidad de entender el peso del vacío. Por eso sos Guardiana, porque sabés dónde duele el texto.
En el aula se filtró un murmullo denso. A mi derecha, escuché un bufido. Lena me miraba con los labios apretados, una expresión de envidia tan pura que casi se podía tocar.
—Seguro se lo practicó frente al espejo —susurró una de las chicas del grupo de Teatro, lo suficientemente alto para que yo lo oyera.
Antes, ese comentario me hubiera puesto la cara roja. Hoy, simplemente cerré el libro, se lo devolví al profesor con un "gracias" seco y caminé de vuelta a mi asiento. No me inmuté. No bajé la cabeza.
— Ahora quiero que todos trabajen con esa línea y creen variantes propias.
Me senté. Abrí el cuaderno. Tomé el lápiz. Pero no escribí.
La mirada de Nicolás seguía latiendo en mi nuca. No podía sacarla de encima, ni aunque lo intentara. Siempre está. Incluso cuando me ignora. Incluso cuando se ríe con otros.
Y aun así, se las arregla para molestarme. Para irritarme. Para meterse bajo mi piel.
Flashback
Pov Nicolás:
Estaba perdido. Lo admito. Crestwood no era como Blackwood. Los pasillos eran más amplios, los techos más altos, y había estatuas en los rincones que me hacían sentir que estaba dentro de un museo.
Me detuve a mirar un vitral cuando escuché una voz familiar.
—¿Perdido? —dijo. Me di vuelta. Era la chica del poema. La que había leído en el acto de bienvenida.
—Nunca —respondí, con el tono más arrogante que pude juntar. Ella se encogió de hombros y siguió caminando.
Vacilé. Bufé. Y al final hablé.
—Espera… puede que esté un poco desorientado —admití, sin mirarla a la cara.
Ella se detuvo y se volvió a acercar. Tenía una sonrisa casi burlona, como si hubiera ganado algo.
—Pues te daré un recorrido, para que no te pierdas. De todas formas, van a estar por aquí como un mes por las competencias, ¿no?
—Parece que sí —murmuré.
—Yo soy Olivia. Pero todos me dicen Liv —dijo, ofreciéndome la mano.
—Nicolás Draven —contesté. Se notaba que ella también tenía 15 años.
Y ahí empezó a hablar.
Primero del ala este. Después de los talleres. Después de que los almuerzos eran mejores los viernes. Que había una estatua en el jardín que le parecía triste. Que la biblioteca tenía un rincón donde se podía escribir sin que nadie molestara. Que las ventanas daban a la luna si uno se sentaba al fondo del salón de música.
—¿Siempre hablás así de rápido? —la interrumpí, al borde del colapso mental.
—Sí —dijo, sin dudar—. Para escribir, tenés que tener imaginación. Y yo tengo tanta que se me escapan las palabras. No puedo evitarlo. Me pasa todo el tiempo. ¿Querés que pare?
Editado: 08.01.2026