Mi nombre en tu lista

Capítulo 8: El profe ‘‘Niquito’’

Pov Nicolás

El martes comenzó igual que cualquier otro día desde que llegué a Crestwood: con un maldito pitido agudo del despertador que me hacía cuestionarme por qué no me había quedado en Blackwood, donde al menos podía dormir sin que nadie me hablara de “armonía institucional”.

Tardé cinco minutos en levantarme. No por cansancio físico, sino porque el ambiente de la habitación era denso. Liv dormía del otro lado, y aunque todo parecía en silencio, su sola presencia me mantenía en un estado constante de alerta. Había algo en la forma en que ella respiraba que me dejaba claro que ella tampoco dormía tan tranquila. No cruzamos palabras. Me puse los auriculares antes de salir, pero no reproduje nada. Necesitaba la excusa para el silencio.

Las primeras clases pasaron como una fila de autos lentos. Química e Historia fueron un trámite de pentagramas dibujados en los márgenes. En el recreo largo, antes de Matemáticas, decidí que necesitaba aire.

Caminé hacia el patio interno. En el camino, noté el cuchicheo. Un grupo de chicas de tercero se codeaban al verme pasar. Una de ellas me sostuvo la mirada, roja como un tomate pero desafiante. Podría haber seguido de largo, pero el instinto de "personaje" se activó solo. Le guiñé un ojo, una fracción de segundo, lo justo para ver cómo se daba vuelta hacia sus amigas soltando un chillido ahogado. Qué fácil era. Qué vacío me hacía sentir.

—¡Draven! ¡Pero mirá qué cara de pocos amigos, hermano!

Me detuve. Logan estaba apoyado contra una columna, con la corbata floja. A sus lados, Marcos y Daniel. Eran el tipo de chicos que en Blackwood me hubieran parecido unos idiotas, pero acá eran mi salvavidas.

—No sabía que los de música comían solos —soltó Logan, acercándose—. Vení, que estos dos están discutiendo si la rubia de Teatro es más difícil que la de Artes.

—Mejor solo que escuchando eso —respondí, aunque forcé una sonrisa de costado y me acerqué igual.

No los aguantaba, pero los necesitaba. El ruido de sus charlas vacías era lo único que mantenía a raya mis propios pensamientos.

—Dale, Draven, no seas mala onda—dijo Daniel, dándome un golpe amistoso—. Sos el nombre del momento. Las chicas de acá están desesperadas porque les des un poco de atención. Hasta las de quinto andan preguntando si es verdad que sos tan insoportable.

—Es peor —acotó Marcos, riendo.

—Es parte del encanto, ¿no? —dije yo, metiéndome las manos en los bolsillos y adoptando esa postura de "me importa todo una mierda" que tan bien me salía.

Logan me pasó un brazo por los hombros. —Escuchame, hoy después de hora nos juntamos en los depósitos del ala oeste. Tenés que venir. Hay que empezar a marcar territorio en esta pecera.

Miré a los tres. Eran fanfarrones, trataban a las chicas como trofeos y sus conversaciones tenían la profundidad de un charco. Pero eran ruidosos. Y yo quería ser parte de ese ruido. Quería encajar, quería ser uno más de los populares y olvidarme de que ayer una chica me reconoció una melodía que me dolía tocar.

—Obvio que voy —mentí, o quise creer que no mentía—. Pero antes tengo el taller con los nenes. La directora me puso una "asistente".

—¿La asistente es Liv? —preguntó Logan, con una chispa de burla—. Suerte con eso, Draven. Esa chica tiene más carácter que nosotros tres juntos. Si lográs que no te parta una guitarra en la cabeza antes de las cinco, sos mi ídolo.

—Hago que me pida perdón de rodillas si quiero —solté, solo para ver cómo se reían, aunque por dentro sabía que Liv no se arrodillaba ante nadie.

Nos dirigimos a Matemáticas entre risas y empujones. Me senté al fondo, rodeado de mi nuevo "grupo". Me reía de los chistes de Logan y le comentaba cosas al oído a Daniel, actuando el papel del pibe integrado y canchero. Pero mientras el profesor llenaba el pizarrón de ecuaciones, yo solo pensaba en cómo iba a sostener la mirada de Liv en el taller sin que mi máscara de "chico Blackwood" se cayera a pedazos frente a ella.

Después de almorzar, caminé en círculos un rato por los pasillos del ala norte, el único lugar donde los profesores no te miraban como si debieras estar haciendo algo útil con tu tiempo. A las dos en punto miré el reloj: faltaba media hora para el taller con los chicos.

Suspiré.

Odiaba esa clase.

No por la música, eso era lo único que me mantenía cuerdo en este lugar, sino por los niños. Gritones, desordenados, pegajosos. No me escuchaban ni aunque me pusiera a tocar un solo de guitarra con fuego saliendo del mástil. Y para colmo, ahora tenía que compartir la clase con Liv. La misma Liv que no me miraba en toda la semana excepto para fulminarme con la mirada cada vez que abría la boca.

Cuando entré al salón de instrumentos, una guitarra acústica mal colgada en la pared fue lo primero que vi. Acomodé el atril, desenrollé el cable del amplificador y me senté en la silla. Todavía no habían llegado los chicos ni Liv. Aproveché esos minutos de silencio para afinar la guitarra. Las notas me calmaron un poco, como si en cada cuerda pudiera al menos tensar algo que sí dependiera de mí.

Las puertas se abrieron de golpe y la paz se terminó.

Primero entró Tomi, el de rulos que nunca se sacaba la gorra aunque se la prohibieron. Después vino Ana Clara, hablando sola y agitando una flauta dulce como si fuera una varita mágica. Detrás, una fila irregular de cinco chicos más, todos de entre siete y ocho años, desparramando mochilas, riéndose a carcajadas por cosas que no entendía y preguntando a la vez “¿hoy vamos a tocar el tambor?” o “¿trajiste la guitarra eléctrica?”

Me mordí la lengua. Literalmente.

—Chicos —intenté decir con firmeza—, por favor, orden…

Nada. Me ignoraron como si fuera un perchero con voz.

—¡Tomi, el bombo no se toca sin permiso! —pero ya lo estaba golpeando como si fuera el acto de fin de año.

Me acerqué al parlante para subir un poco el volumen de la pista que íbamos a usar como base, pero ni bien lo hice, alguien desenchufó la guitarra sin avisar, haciendo un ruido espantoso por los amplificadores. Me giré para ver quién había sido. Ana Clara sonreía.




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