Mi nombre en tu lista

Capítulo 9: Acordes y discordias

Pov Liv:

El sol entraba filtrado por la cortina y, por primera vez en lo que iba de semana, no me molestó. No es que estuviera de buen humor, pero al menos no quería incendiar todo apenas despertaba. Me senté en la cama, despabilándome. Lo primero que vi fue a Nicolás. Seguía dormido, desparramado de costado con el pelo hecho un desastre y la espalda descubierta. Tenía esa manía de destaparse a mitad de la noche, como si hasta las sábanas le molestaran.

Antes me hubiera quedado mirándolo, analizando si su respiración era un código morse de sus sentimientos. Hoy, simplemente busqué mis pantuflas. Me levanté, armé mi bolso y empecé mi rutina ignorando su existencia. Éramos dos extraños compartiendo metros cuadrados; un arreglo contractual de la academia que yo pensaba cumplir con la frialdad de un escribano.

En el desayuno, la atmósfera en la mesa de los Guardianes era la de siempre. Lena soltó un “buenos días, Liv” con esa voz de azúcar impalpable que me daba ganas de lavarme los oídos. La ignoré con elegancia mientras Mora me pasaba el pan.

—Nota de la dirección —anunció Mora, señalando un sobre en el centro de la mesa—. Proyecto de integración para la clase abierta del viernes. Duplas por especialidad.

Leí el papel. Básicamente, la directora quería que los Guardianes demostraran que podían mezclar sus artes. Traducción: tenía que trabajar con el egocéntrico de mi compañero de cuarto.

—¿Qué pasa, Liv? ¿No te gusta la idea de mezclar tus rimas con los arpegios de Draven? —soltó Lena con una sonrisita.

—Me gusta la idea de terminar el año con el promedio intacto —respondí, cerrando el sobre—. Lo demás es ruido de fondo.

El día avanzó tranquilo, dentro de lo que cabe. Evité a Nicolás todo lo que pude. En clases mantuve mi postura firme, contesté cuando tenía que hacerlo, y me guardé los comentarios sarcásticos que normalmente hubiera soltado sin filtro.

A media tarde tuve que ir al taller de música, porque tenía que seguir ayudando a Nicolás. Lo había olvidado por completo.

Cuando llegué, como siempre, el aula era un hervidero. Los nenes estaban en ese punto de la tarde donde la energía es igual a una explosion nuclear. Los chicos corrían de un lado a otro, uno golpeaba un tambor al ritmo de algo que solo él entendía, y otro estaba tocando un xilofón desafinado con cara de concentración absoluta.

Nicolás estaba en el centro, con la guitarra colgada del hombro, dando indicaciones que nadie escuchaba.

—Draven —dije desde la puerta, cruzándome de brazos—. ¿Es una clase de música o un casting para una obra de tragedia de Lena?

Él levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa que parece burlarse de todo.

—Estamos improvisando. La libre expresión, ¿te suena, Seren?

—Claro. Y yo soy Mozart.

—Lo sospechaba.

Me acerqué y una nena chiquita —Ana Clara, otra vez— vino corriendo hacia mí con los brazos abiertos.

—¡Seño Liv! Nicolás no me deja tocar el bombo porque dice que “satura”.

—Porque casi rompés un parche —le explicó él desde atrás—. Hay que cuidar los instrumentos.

—¡Fue un accidente!

—La próxima te dejo romper la guitarra —dije, agachándome a su altura—. Pero solo si prometés que lo hacés con estilo.

La nena se rió, como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo. Después volvió a su rincón. Nicolás me miró, divertido.

—Tenés más onda con ellos que yo —admitió, rascándose la nuca. —Yo les hablo y parece que les estuviera pidiendo que resuelvan ecuaciones.

—Porque no intento ser su amigo. Les hablo como si fueran personas.

—Yo también.

—Vos les hablás como si fueran mini profesionales —le solté, caminando entre los xilofones—. Les diste tarea de armonía el lunes. Tienen ocho años, Draven. Solo quieren hacer ruido que suene lindo.

—La estructura es importante para el arte —insistió él, poniéndose en su papel de "el que sabe"—. Sin base no hay vuelo.

—Y sin diversión no hay arte. Estás siendo un insoportable.

Nos cruzamos de brazos al mismo tiempo y los dos sonreímos apenas. Por un momento se sintió como otro tiempo. Uno más lejano, más fácil. Antes de los silencios, antes de las heridas.

—Bueno, "Seño Liv", mostrame cómo se hace. ¿Querés tocar algo con ellos? Sin teoría, solo "corazones de gigantes". —me preguntó de pronto.

—¿Tocar? ¿Yo?

—Sí. Tenés ritmo.

—Tengo sarcasmo, no ritmo.

—Yo puedo tocar la base, y vos les vas marcando entradas con palmas. Los chicos se copan con eso. Juro que funciona.

Lo miré. Dudé. Pero al final acepté. No por él. Por los chicos. Porque la energía que tenían era contagiosa, de esa que te sacude aunque no quieras.

Él empezó a tocar una progresión simple. Uno de los nenes marcó con el bombo de pie. Otro se animó con el teclado. Yo me acerqué y empecé a marcar el ritmo con las palmas, suave, guiando a los más chiquitos para que entraran a tiempo.

En algún punto, la sala dejó de ser un quilombo para transformarse en otra cosa. No orden. Pero sí armonía. Como si, por unos minutos, todos estuviéramos afinados en la misma frecuencia.

Nicolás me miró desde su esquina. No dijo nada. Solo tocó.

Y yo, sin querer, le sonreí.

Solo un segundo.

Después, volví a mi sarcasmo habitual.

—Ok, esto fue suficiente paz por hoy. ¿Ya podés deshacer el hechizo hippie o vas a ponerte a cantar Ciro y los Persas?

—Solo si vos leés una poesía sobre el amor y los arcoíris.

—Paso.

—Cobarde.

Salí del aula con el sonido de la guitarra aún de fondo. Me sorprendí caminando con una sonrisa chiquita. Una de esas que se te escapan cuando no estás pensando.

Pero me la borré rápido. No podía darme ese lujo.

No ahora.

A la tarde, ya no podía evitarlo. El aula estaba libre para que usáramos el espacio creativo, y como no queríamos trabajar en la habitación —obvio—, quedamos en encontrarnos ahí.

Nicolás llegó diez minutos tarde. Claro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.