Pov Liv:
Abrí los ojos de golpe y el corazón me dio un vuelco contra las costillas. Las 08:15. La primera clase ya llevaba casi una hora. Cuando me senté en la cama, el silencio de la habitación me golpeó como un balde de agua fría. Nicolás ya no estaba. La sábana de su cama seguía arrugada, pero ya no quedaba rastro de su calor. No dejó ni una nota, ni un comentario, ni un mínimo intento de despertarme. Claro, después de la guerra que declaramos ayer en la biblioteca, dejarme dormir era su forma de ejecutarme.
Me vestí a una velocidad récord mientras mi cabeza era un hervidero de pánico. Hoy era viernes. El día de la Clase Abierta. El proyecto de integración que debía mostrar que una escritora y un músico podían fusionar sus artes. Y yo, en un arranque de furia estúpida, le había gritado: "Hacelo vos solo".
Le entregué mi promedio al chico que me traicionó hace tres años. Si él presentaba una base mediocre, si no incluía mis textos o si simplemente decidía humillarme frente a los invitados, mi reputación como la "excelencia de Crestwood" se iba al tacho. Y ser una Guardiana no se trataba solo de una medalla; era el acceso a las mejores becas de Europa. Un error hoy y todo el esfuerzo de mi vida se desmoronaba.
Corrí por los pasillos con la camisa mal abotonada. Al entrar al salón, la puerta de roble pesado me traicionó con un chirrido. El profesor Zaldivar dejó de escribir en el pizarrón. Su mirada, por encima de sus anteojos, no era de decepción, era de juicio.
—Señorita Seren. Qué sorpresa —dijo con una voz que cortaba como un bisturí—. Supongo que el prestigio de ser Guardiana viene con el privilegio de elegir sus propios horarios, ¿o me equivoco?
—Perdón, profesor. No volverá a pasar —musité.
—Eso espero, porque la Directora me pidió esta mañana un informe detallado sobre el desempeño y la puntualidad de los líderes de este año —soltó él, clavándome los ojos—. No me gustaría tener que escribir que la excelencia de la Academia se está quedando dormida justo el día de la presentación anual. Siéntese. Y rece porque su proyecto de integración esté a la altura de su título.
Caminé hasta mi asiento sintiendo que el aire me faltaba. La presión era física, un nudo en la garganta. Lo busqué por inercia. Nicolás estaba ahí, impecable. La camisa perfectamente planchada, escribiendo con una parsimonia que me daban ganas de llorar de rabia. Estaba demasiado tranquilo. No me miró ni una vez. Él sabía que yo estaba contra las cuerdas y parecía disfrutar del silencio.
"¿Habrá terminado el proyecto?", pensé, sintiendo una puntada en el estómago. "¿O me va a dejar sola frente a todos?".
Durante los recreos me refugié con Mora. No hablamos demasiado del tema, aunque me miraba como si supiera que me estaba conteniendo. A la hora del almuerzo decidimos no ir al comedor. No quería verlo. Ni a él, ni a Lena, ni a sus sonrisitas de plástico. Comimos en el patio, bajo un árbol, compartiendo unas don satur saladas que Mora tenía en la mochila y riéndonos de cualquier tontería que dijera. Era mejor eso que tener que soportar el aire espeso que se formaba cuando lo tenía cerca.
Pero claro, como si el universo quisiera burlarse de mí, a la tarde me tocaba ir a su clase. Taller de música. Mi pesadilla. El proyecto de integración se presentaba al final del día, en la Clase Abierta para padres y directivos, pero antes tenía que sobrevivir a la clase con Draven.
No me malinterpreten: amo a los niños. De verdad. Son dulces, honestos, y hasta graciosos sin quererlo. Pero tener que compartir el espacio con Nicolás Draven… eso sí que era insoportable. Lo peor es que él no sabe manejar a los chicos. No lo entiendo. ¡Si son un amor! Solo necesitan un poco de firmeza y juego, no gritarles ni fruncir el ceño como un adulto amargado.
Supongo que yo tengo un don con ellos. Al menos con los más chicos.
La Directora había sido clara: "Si no logran trabajar en equipo en el taller, no me sirven como Guardianes". Era una amenaza directa. Estábamos bajo la lupa.
Cuando dieron las dos, me dirigí al salón de música. La puerta estaba entreabierta, y ya desde el pasillo se escuchaban risas, gritos, instrumentos desafinados y el caos generalizado que venía siendo habitual en esas clases.
Entré. Efectivamente, era un desastre. Nicolás trataba de imponer orden con su voz firme, pero los chicos ni lo escuchaban. Tocaban todo lo que podían: tambores, panderetas, xilófonos. Un verdadero carnaval.
Cata, la misma nena que me hizo recordar el apodo tonto con el que alguna vez lo había llamado, vino corriendo hacia mí apenas me vio.
—¡Seño Liv! ¡Volviste! El amargo del profe Niquito no nos deja hacer lo que queremos —dijo cruzándose de brazos con una cara tan graciosa que me costó no reír.
Profe Niquito…
¿Así que todavía usan ese apodo?
Me agaché a su altura y le sonreí.
—¿No los deja divertirse? Qué aburrido.
Me enderecé, miré a Nicolás y solté en voz alta:
—Bien, guardianes. Todos a sentarse en ronda alrededor del profe Niquito.
Dije “Niquito” con un poco de veneno, lo suficiente para que solo él lo notara. Y funcionó. Me clavó la mirada. Yo le respondí con una mueca irónica, de esas que dicen “te estoy salvando, aunque me caigas pésimo”.
Para mi sorpresa, no me dijo nada. Solo tomó aire, se incorporó y comenzó su clase. O lo que sea que él considera una clase. Empezó con unas notas simples: do, re, mi… algo así. Yo, sinceramente, no entiendo nada de música. No tengo oído, ni ritmo, ni coordinación. Lo mío es el papel, no las cuerdas. Lo mío es la tinta, no las notas.
Pero aún sin entender, sí sé cuándo algo no va bien. Y su clase no iba. Así que hice lo único que me sale bien: molestar. Durante la clase, me dediqué a romper su estructura. Cada vez que él se ponía rígido, yo hacía un chiste. Lo hacía para que los chicos no se aburrieran, pero también para demostrarle que él no tenía el control.. Nicolás me miraba cada tanto, pero no decía nada. Solo apretaba un poco los labios, como si se estuviera conteniendo.
Editado: 08.01.2026