flashback
Pov Nicolás:
(Después del concurso)
No pensé que la iba a extrañar. No tan pronto, no tan seguido y, mucho menos, de esta manera tan molesta y persistente que se me pegaba como un ruido que no podía ignorar. Creí que iba a ser una más: una chica más en un concurso más, alguien simpática con la que hablé un par de días y después pasaría al inventario mental de recuerdos sin importancia. Pero no. No fue una más. Y tampoco me fui de Crestwood igual que como llegué.
Al principio la vi como una rival. Una molestia encantadora que hablaba demasiado, que hacía comentarios sin filtro y que me miraba de una forma que nadie en Blackwood hacía: como si realmente pudiera verme entero. Yo estaba acostumbrado a actuar. A ser el chico prodigio, el ganador del concurso, el que siempre tenía una sonrisa lista y una respuesta rápida. Estaba entrenado para eso. Pero ella… Ella no jugaba el mismo juego que nosotros, o al menos no parecía habitar ese mundo en el que cada gesto se medía y cada palabra era una estrategia. Y tal vez por eso me desarmaba tanto.
De vuelta en Blackwood, me chocó darme cuenta de que nadie hablaba como ella. En esa escuela no había risas que salieran naturales, ni gente que le pusiera nombres a las estatuas —entre otras cosas porque ni siquiera teníamos estatuas—. Solo pasillos helados, profesores que enseñaban como si estuvieran haciendo un favor, y compañeros que te escuchaban lo justo para devolverte una burla o para ver cómo podían sacar ventaja. Todo era gris, severo, mecánico. Y yo, que siempre me había adaptado tan bien a eso, ahora sentía que algo en mí estaba fuera de lugar.
Estaba sentado al lado de la ventana de la habitación, apoyado en el marco, mirando los árboles oscuros que apenas se movían con el viento, cuando un almohadón me golpeó de lleno en la cara.
—Dale, Draven, dejá de mirar por la ventana como si fueras un poeta frustrado —gruñó Caleb desde su cama, con esa mezcla de fastidio y diversión tan típica de él.
—Callate —respondí sin ganas.
—¿Pensás en la chica de Crestwood? —preguntó, con un tono tan cargado de “ya sé la respuesta” que me dio bronca.
Lo miré con la misma expresión sarcástica que usaba siempre para sacarlos de encima, pero no sirvió de nada.
—No, idiota —mentí, demasiado rápido.
Porque sí pensaba en ella. Más de lo que me gustaba, más de lo que entendía, más de lo que Blackwood me permitía admitir. Y lo peor era que, muy en el fondo, sentía que no lo merecía. Había sido una competencia. Una estrategia. Un plan como los que nos enseñaban desde el primer día en esta escuela: no flaquear, no encariñarse, no pensar demasiado. Ganar. Siempre ganar. Y había ganado, claro. Técnicamente había hecho todo bien. Entonces, ¿por qué carajo me dolía tanto?
Cada vez que caminaba por los pasillos de Blackwood escuchando el eco de mis propios pasos, me venía un recuerdo distinto de ella: su forma de mover las manos cuando leía, la energía que tenía cuando explicaba algo que le gustaba, esa risa con la cabeza echada hacia atrás que llenaba toda la sala sin pedir permiso. Yo no tenía a nadie así acá. Acá reír fuerte era exponerse. Mirar de frente por demasiado tiempo era una declaración de guerra. Mostrar emoción era debilidad.
Y sin embargo, después del concurso, todo ese mundo que antes me parecía normal empezó a sentirse chico, insuficiente, como si algo en mí hubiera despertado sin querer.
—Che, ¿vas a ir al festival del viernes o vas a seguir enamorado de la enemiga? —soltó Noah desde su cama, estirándose como si ese comentario fuera tan casual como preguntar la hora.
—Estás delirando —contesté, casi sin pensar.
Pero la risa no me salió esta vez. Noah lo notó, porque levantó la ceja con una sonrisa casi malvada.
—No me digas que es posta… —dijo, divertido, como si hubiera encontrado el chisme del año—. ¿Te enamoraste? ¿Así de una?
Lo miré sin saber qué poner en la cara. No sabía si estaba negando para él o para mí. Tenía quince años. ¿Quién se enamora de verdad a los quince? ¿Qué carajo sabía yo del amor? Pero algo se había quedado en Crestwood. Algo cálido, incómodo y completamente fuera de lugar.
Y lo peor era que sabía que lo había arruinado. No ella. Yo.
Cuando terminó el concurso —si es que se puede llamar “terminar” a esa despedida silenciosa—, Liv no me dijo una palabra. Solo me miró. Una mirada seca, firme, como si me hubiera visto por completo y no le gustara lo que había descubierto. Como si supiera exactamente qué había hecho antes de que yo siquiera pudiera negar. Y yo, por orgullo, por ese maldito orgullo que nos inculcan en Blackwood desde el primer día, tampoco dije nada. No me disculpé. No lo expliqué. No corregí la mentira. Nada. Porque si lo hacía, iba a tener que admitir que había sido yo. Que le robé el poema. Que lo canté como si fuera mío. Que la usé.
Y no estaba listo para eso.
Esa noche, mientras los demás se dormían, yo seguía despierto. Escuchaba la respiración pesada de Caleb, el silencio del pasillo, el zumbido del calefactor. Pero mi cabeza estaba en otra parte. En ella. En su voz leyendo. En su forma de nombrar las cosas como si así les diera vida. Ella decía que ponerle nombre a algo era cuidarlo, que las cosas importantes no deberían quedarse mudas. Y yo nunca le dije nada sobre lo que significó escucharla leer. Nunca le mostré nada real.
Me senté en la cama. Saqué la guitarra. Abrí mi cuaderno en la última página, donde tenía un par de líneas sueltas que había escrito sin pensar, apenas volví del concurso. Quise avanzar la canción. Quise escribir algo que dijera lo que no me animé a decir. Pero nada sonaba bien. Tocaba acordes sueltos que no iban a ninguna parte. Las palabras se atascaron. Todo sonaba vacío, torpe, ridículo.
Y me frustraba. Dios, cómo me frustraba.
—Nico —murmuró Caleb desde su cama, sin abrir los ojos—. ¿Seguís tocando?
Editado: 16.01.2026