Pov Liv:
El domingo quise repetir mi sábado: estar con Mora, evitar a Nicolás, fingir que nada me importaba. Ayer me salió bastante bien, aunque cada conversación que habíamos tenido —pasada o presente— seguía rondándome la cabeza como si fuera un eco obstinado, uno que se escondía detrás de cada pensamiento que intentaba tener. No era un dolor desgarrador ni una angustia insoportable; era más bien una incomodidad que se te mete debajo de la piel, como una etiqueta mal cortada que no importa cuánto acomodes la ropa, sigue rozándote.
La pelea, por supuesto, estaba ahí. Pero también estaban los pequeños gestos, los silencios pesados, las miradas que decían demasiado o nada según el momento. Y estaban, también, las cosas que él me había dicho hace dos años, cuando todavía no sabía que el dolor podía tener forma de canción ni que alguien podía escucharte de un modo que después no se despegaba.
Me levanté de la cama más por obligación que por ganas. Fui al baño, me lavé los dientes, la cara, me até el pelo, me cambié. Todo con movimientos automáticos, casi mecánicos. Como si mi cuerpo supiera qué tenía que hacer mientras mi cabeza todavía trataba de ordenarse. Cuando salí del baño, Nicolás recién se despertaba. Estaba medio despeinado, con los ojos entrecerrados, como si tardara un segundo en recordar dónde estaba.
Yo no lo miré. No dije nada. Caminé hacia la puerta como si la habitación fuera una trampa y yo hubiese logrado escapar en el último minuto. No sabía si él esperaba un saludo o si le daba lo mismo. Y, sinceramente, no tenía ganas de averiguarlo.
Fui a buscar a Mora. Necesitaba agarrarme de nuestra rutina, ese ritual invisible que hacíamos sin pensarlo: desayunar juntas, hablar de pavadas, reírnos de cualquier cosa. Pero cuando toqué su puerta, la encontré terminando de arreglarse. Me sonrió con esa energía dulce de siempre, pero su sonrisa estaba apurada.
—Mis papás llegan en un rato —me dijo, mientras buscaba algo en su mochila.
Y ahí recordé que era domingo familiar. Ese día donde todos los padres aparecían con bolsas de comida casera y sonrisas orgullosas, como si nos hubieran prestado al mundo un rato y ahora venían a corroborar que seguíamos enteros.
El fin de semana anterior yo había ido a casa, así que este decidí quedarme. Les dije a mis papás que no hacía falta que vinieran, que estaba bien. Que tenía tareas. Que estaba cansada. Mentí un poco, claro. En realidad quería estar sola. O más bien, no quería fingir frente a ellos que todo estaba perfecto, porque ellos me conocen demasiado como para tragarse mis medias sonrisas sin preguntar nada.
Desayuné sola. Bueno… no exactamente sola.
Lena estaba ahí.
Sentada con una elegancia exagerada, como si siempre estuviera posando para una foto. Revolvía su café lentamente, de esa manera calculada que parecía decir “miren qué tranquila soy”. Me senté del otro lado de la mesa, con la idea de que ignorarnos cordialmente sería suficiente.
Por supuesto, no lo fue.
—No tenías casa a la que ir este fin de semana, ¿o te echaron también de ahí? —dijo sin mirarme, como si hablara con su taza.
Levanté una ceja, sostuve mi medialuna y la corté con una calma demasiado educada.
—Estoy bien donde estoy. A vos te molesta más de lo que me molesta a mí.
—¿Molestarme? No, Liv. Vos no me molestás. Me das lástima. Hay una diferencia.
Sonreí sin alegría, esa sonrisa cortés que uno usa cuando no quiere mostrar las verdaderas ganas de responder.
—Gracias por la aclaración, Lena. Por un segundo pensé que tu percepción podía estar fallando.
Ella inclinó apenas la cabeza, lo suficiente para que su pelo cayera hacia un costado con ese gesto teatral que tanto la caracterizaba.
—Seguro. Por eso tenés cara de que no dormiste en toda la noche. ¿Problemas con tu roomie?
No le respondí. No porque no tuviera nada para decir, sino porque ya conocía su juego. Quería una reacción para poder construir su próxima frase venenosa. Y yo, sinceramente, no estaba de humor para ofrecerle combustible.
Terminé mi desayuno rápido y salí al patio. El día estaba templado, con ese sol suave que más que calor te da compañía. Caminé sin rumbo un rato largo. Observé a los chicos pasar tiempo con sus padres, charlar, reírse, abrazarse. Algunos recibían cajas de galletitas caseras, otros bufandas tejidas, otros simplemente una mirada que decía “te extrañé”.
Vi a Mora sentada en el pasto con los suyos, riéndose con ese brillo en los ojos que tenía cuando estaba cómoda entre su gente. Me acerqué, saludé, conversé un rato. Sonreí más de lo que realmente sentía. Y cuando sentí que empezaba a pesarme, me alejé otra vez. Era como si mi cuerpo estuviera presente, pero mi cabeza fuera una sombra que no terminaba de encajar en ningún rincón.
Después de un rato, me refugié en uno de mis lugares preferidos: un aula casi abandonada del segundo piso. Tenía un ventanal enorme que daba al patio y dejaba entrar una luz cálida, pero nunca demasiado brillante. Me gustaba ese lugar porque me hacía sentir invisible pero presente, como si pudiera ser testigo de todo sin que nadie lo notara.
No esperaba encontrar a Nicolás.
Estaba sentado en el alféizar de la ventana, con las piernas cruzadas y la mirada perdida entre los árboles. Tenía una postura relajada, pero sus hombros parecían tensos, como si pensara más de lo que su cuerpo admitía.
Cuando entré, no se sorprendió. Me miró apenas, de reojo, como si estuviera decidiendo si decir algo o callarse. Yo caminé hacia la ventana y me senté en el extremo opuesto. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. Una distancia segura.
El silencio no fue incómodo. Fue… denso. Como si ambos supiéramos demasiadas cosas que no estábamos diciendo.
—¿No vinieron tus padres a verte? —preguntó finalmente. Su voz tenía una vacilación rara. Como si temiera pisar algo frágil.
—No. Les pedí que no vinieran. Era innecesario que viajaran. Iré el próximo fin de semana —respondí, sin sacar la vista de mi mochila.
Editado: 16.01.2026