Mi nombre en tu lista

Capítulo 14: Nadie es ella

Pov Nicolás:

Después de cenar decidí ir a la biblioteca. No porque tuviera tareas urgentes ni porque quisiera adelantar nada, sino porque necesitaba espacio. Un espacio que no incluyera nuestra habitación, ni la posibilidad de cruzarme con Liv mientras se preparaba para la fiesta. Sabía que mi presencia la ponía incómoda, aunque jamás lo hubiera dicho en voz alta. Era una incomodidad silenciosa, tensa, de esas que se sienten apenas el otro entra al lugar.

Y en estas semanas ella había estado… distinta. No era la Liv que se reía por todo, que hablaba sin parar, que discutía conmigo por cualquier tontería solo para llevarme la contra. Esta versión era más reservada, como si estuviera en otra frecuencia. No apagada, no triste, sino enfocada hacia adentro, en algo que yo no podía ver. Y aunque trataba de ignorarlo, me costaba. Me costaba no mirarla. Me costaba no preocuparme. Me costaba fingir que no notaba cada vez que evitaba mis ojos.

Me quedé en la biblioteca casi sin hacer nada. Pasaba las páginas sin registrar los párrafos, escuchaba mi propia respiración más que cualquier cosa que estuviera leyendo. A las 11:50 guardé el libro que ni siquiera había empezado y volví a la habitación.

Los pasillos estaban vacíos. Apenas alguna luz encendida, alguna puerta entreabierta, algún murmullo lejano de estudiantes que ya se habían escabullido hacia el area abandonada. La fiesta debía estar en pleno inicio. Ese tipo de energía flotaba en el aire.

Abrí la puerta y la vi.

Liv estaba lista, parada frente al espejo como si no hubiera prisa. Su vestido, sencillo y hasta las rodillas, se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido hecho para ella. El tipo de vestido que no necesitaba nada más para llamar la atención. Su pelo caía en ondas suaves que brillaban bajo la luz tenue, y el maquillaje apenas resaltaba los rasgos que ya de por sí eran difíciles de ignorar.

Me quedé quieto, atrapado en la sensación de que estaba viendo algo que no debía ver. Tragué saliva y me obligué a moverme, fingiendo que buscaba ropa en el armario. Como si mi corazón no estuviera dando un salto cada dos segundos.

Ella salió sin decir nada. Escuché a Mora esperándola en el pasillo, acompañándola como siempre. El cierre suave de la puerta sonó demasiado fuerte en mi cabeza.

Fui al baño y me duché rápido. El agua estaba tibia, pero igual sentí ese golpe helado, esa necesidad de apagar algo que no sabía cómo apagar. Me puse un pantalón negro, una camisa negra con los primeros botones abiertos, me despeiné con intención y me rocié perfume.

Cuando llegué al area abandonada, la música ya vibraba contra las paredes. No tan fuerte como para delatar la fiesta, pero lo suficiente para meter a todos en el mismo ritmo. Los pasillos oscuros, las risas lejanas, la adrenalina de saber que podíamos meternos en problemas… todo eso era parte de la experiencia Crestwood.

Apenas entré, me topé con Marcos, Logan y Daniel, mis nuevos amiguitos. Ellos siempre parecían vivir en un modo distinto, más despreocupado, más ruidoso.

—¡Pero mirá quién llegó! —saltó Logan, el más bocón—. El guardián en persona.

Me obligué a sonreír.

—Hola, chicos.

Daniel me ofreció un vaso.

—¿Querés tomar algo?

—Claro. ¿Qué es?

—Cerveza. Por ahora —dijo, levantando las cejas—. Después veremos si conseguimos algo más fuerte.

Acepté. Un trago. Solo uno. Eso pensé. Sabía perfectamente que no sería así, pero necesitaba una excusa.

Nos quedamos ahí. Ellos hablaban, reían, discutían boludeces. Yo asentía, los escuchaba a medias, dejaba que sus voces fueran ruido de fondo.

—Che, ¿y vos cómo vas con las chicas, guardián? —preguntó Logan de repente, como si llevara rato esperando el momento exacto—. ¿Alguna que te guste? ¿Es verdad que todavia compartís habitación con la de escritura?

Asentí.

—¿Y ya te la cogiste? —metió Daniel, con esa sonrisa estúpida que siempre tenía.

—Lástima que no compartís con la colorada —agregó Marcos—. Esa sí está tremenda.

—Las tres guardianas están buenísimas. ¿O no? —insistió Logan, empujándome con el codo.

—Igual la de Artes ya tiene un chico —tiró Daniel en voz baja.

Solté una exhalación corta.

—No me gusta nadie. No estoy pensando en eso.

Una mentira. Obvio.

—Y no, no me acosté con Liv —agregué sin pensar demasiado.

La frase cayó pesada. El silencio duró apenas un segundo.

Ahí apareció Lena.

Vestido negro, corto, sabiendo exactamente cómo se veía. Cómo caminaba. Cómo sonreía. Su pelo rojo parecía más vibrante bajo la iluminación tenue.

—Hola, chicos. Hola, Niquito —canturreó, con una intención demasiado clara.

—No me llames así —respondí, sonriendo por inercia pero sintiendo ese nudo incómodo en el estómago.

Ese apodo no era suyo. Nunca lo había sido.

Lena tomó mi vaso sin permiso, bebió un trago y me lo devolvió como si fuera algo natural. Todos miraban. Todos esperaban algo.

—Te queda bien esa camisa —dijo, rozando con la yema de los dedos mi manga arremangada.

—Gracias. Si me disculpas, voy al baño.

No esperé que respondiera. Me abrí paso entre la multitud, esquivando parejas fusionadas en las paredes y chicos que ya no coordinaban ni un paso. Me mojé la cara en el baño, tratando de enhebrar un pensamiento coherente. No funcionó.

Cuando salí, vi a Mora y Santiago besándose, completamente perdidos en lo suyo. Sonreí sin querer. Eso significaba que Liv estaba sola en la pista. La busqué.

La encontré en segundos. Era imposible no verla. Sus ondas marcaban cada movimiento, el vestido seguía el ritmo sin esfuerzo, y había algo en ella esa noche… más suelta, más liviana, más clara. Y ahí estaba Esteban, demasiado cerca, demasiado sonriente, demasiado confiado.

Mi pecho se encogió. Literalmente.

Ella no se alejaba.

Volví a donde estaba el grupo. Lena se colgó de mí como si fuera un koala. Yo no reaccioné. No lo registraba. Todo se reducía a un latido acelerado y a un dolor extraño que me quemaba la garganta.




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