Mi nombre en tu lista

Capítulo 15: Sin descanso

Pov Liv:

Cuando mi alarma empezó a sonar, la apagué por inercia. Sentía los párpados pesados como piedras y un zumbido molesto me vibraba en la cabeza. Solo había dormido dos horas, si es que siquiera habían sido cuatro. Cerré los ojos unos segundos más, deseando que el día se suspendiera, pero la alarma de Nicolás irrumpió en el silencio como un recordatorio cruel de que la vida seguía. Puse la almohada sobre mi cabeza, pero no sirvió de nada. Tenía que levantarme. Tenía que fingir normalidad. Nadie podía enterarse de lo de anoche. Nadie debía saber que media escuela había estado en una fiesta clandestina, al inicio de la semana.

Me senté en la cama con lentitud. La habitación giró apenas. Cerré los ojos. Imágenes borrosas de la fiesta aparecieron en mi mente como destellos: yo yendo con Mora, los juegos de shots, ella desapareciendo con Santiago, el calor del alcohol en mis mejillas, la música retumbando. Esteban bailando conmigo y Nicolás. Nicolás y Lena. Eso sí lo recordaba nítido.

Él estaba apoyado en la barra improvisada, la camisa negra remangada, el vaso en la mano y esa sonrisa tan suya. Lena se le acercó. Él no se apartó. Apoyó su mano en su cintura. Me miró. Yo giré el rostro, pero seguí observando de reojo. Después acercó su frente a la de ella, tan cerca que solo hacía falta un movimiento para que sus labios se encontraran. Le dijo algo, algo que nunca sabré, pero al alejarse seguía sonriendo. Y ella también.

El estómago se me revolvió.

No recordaba mucho más. O tal vez no quería recordarlo. Supuestamente volví sola a la habitación. Supuestamente. Lo que sí sabía con certeza es que media hora más tarde él volvió, acompañado por Lena, y ella dijo algo… algo que me atravesó como un cuchillo. ¿Pensaba acostarse con ella ahí? ¿En nuestra habitación? Que lo hiciera. Que se revuelque con quien quiera. ¿Qué me importa a mí?

Me arrastré al baño. Lavé mi cara, los dientes, intenté quitarme los restos de maquillaje del desastre de la noche anterior. Me miré al espejo. Tenía los ojos hinchados, las ojeras marcadas, el cabello desordenado. Intenté peinarlo, recogerlo, parecer viva. Tocaron la puerta.

—¿Podés apurarte? Necesito entrar al baño —dijo Nicolás desde el otro lado, la voz ronca, mezcla de sueño y resaca.

No respondí. Abrí la puerta, lo dejé pasar sin mirarlo, me puse el uniforme y me maquillé un poco. Salí de la habitación sin decir una palabra.

Mora ya estaba sentada en la mesa de los Guardianes. A su lado, Santiago. Se levantó apenas me vio y le dio un beso en la cabeza antes de marcharse. Me acerqué.

—¿Y eso? —pregunté con una sonrisa traviesa.

—Nada —respondió ella, pero su sonrisa boba la delataba.

—¿Me vas a esconder algo a mí?

Ella suspiró.

—Está bien. Estamos… dando un paso más. Nada oficial, pero estamos más cerca.

—¡En serio! Ya era hora. Hace un año que andaban con los besos de fiesta y los silencios incómodos.

Se rió, me empujó suavemente del hombro.

—Estoy mucho mejor que vos ahora mismo.

—Está bien, está bien, tenés razón. Me alegro por vos, amiga. Santiago es un buen pibe. Se nota.

—Lo sé —dijo ella, con dulzura. Luego me miró de reojo—. ¿Y vos? ¿Cómo te fue ayer con Esteban? Los vi bastante… juntitos.

Fruncí el ceño. No recordaba mucho.

—No creo que haya pasado nada. Esteban es solo un amigo. Pero… sabés quiénes sí estuvieron muy pegaditos?

—¿Quiénes?

—Lena y Draven.

Mora abrió los ojos, sorprendida.

—¿Me estás jodiendo?

Negué con la cabeza.

—Lo vi con mis propios ojos. Él la agarró de la cintura, se le acercó… y después no se despegó más. Y para colmo, la trajo hasta la habitación. Así que…

Ella estaba perpleja.

—Pensé que… no sé. Pensé que Nicolás sentía algo por vos. Dejando de lado que se odian, claro. Pero pensé que tenía un poco más de cerebro. Meterse con Lena…

Me encogí de hombros, pero no dije nada. La verdad era que me costaba pensar en Lena sin un nudo en el pecho. Era hermosa, sí. De esas chicas que no tienen que esforzarse para que todo el mundo las mire. Todo en ella parecía perfecto: su cabello, su piel, su postura. Hasta su risa era elegante. Compartir el espacio con ella desde que empezó el año ha sido… complicado. No solo por nuestras diferencias, sino porque siempre parecía brillar. Y no es que yo me sintiera menos, no del todo. Pero había algo en ella que me recordaba constantemente que yo nunca iba a ser ese tipo de chica.

La conversación quedó interrumpida cuando Lena se unió a la mesa con su bandeja de desayuno.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —contestamos Mora y yo al unísono.

—Olivia, ¿no viste a Nicolás? —preguntó sin mirarme.

—Se estaba levantando cuando salí de la habitación —respondí sin ganas.

No pasó mucho hasta que Nicolás se unió a la mesa. Tenía la misma cara de cansancio que todos.

—Buenos días… —murmuró.

—Buenos días, Nico. ¿Cómo dormiste? —dijo Lena con falsa energía.

—No mucho, Len —respondió él, usando el apodo con total naturalidad.

Me clavó una espina en el pecho. “Lenn”. Ese apodo era nuevo, era íntimo. Era de él para ella.

—Oye, Liv. ¿Entonces ya sos novia de Esteban? —preguntó Lena, fingiendo ingenuidad.

—¿Qué? No. Es solo un amigo —respondí sin mirarla.

—Qué raro. Ayer en la fiesta estaban muy cerca…

—Y vos estabas muy cerca de Nicolás.

—¿Te molesta que te haya quitado a tu compañero de cuarto? Llegaste tarde —dijo abrazando el brazo de Nicolás. Él no se movió, pero tampoco la rechazó.

—No, gracias. Te lo regalo si es necesario.

—Deberías decidirte. Después del beso con Esteban, supongo que pronto va a pedirte que sean novios.

El mundo se detuvo.

—¿Qué? Yo no me besé con Esteban.

—Bueno, eso dicen los rumores. Y si no me creés, preguntale a él.

El aire se me fue de los pulmones.

Mire a Nicolás. Su sonrisa había desaparecido.




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