Mi nombre en tu lista

Capítulo 16: Versos envenenados

Pov Liv:

Después de dejar mi bandeja, caminé sola hasta la enfermería. La luz del pasillo era más tenue a esa hora. El aire olía a desinfectante y lavanda artificial, ese tipo de aroma que intenta disimular el cansancio de los cuerpos que pasan por ahí. Golpeé la puerta.

—¿Se puede?

Una voz me respondió desde adentro.

—Sí… pasá.

Abrí despacio. Esteban estaba acostado en una de las camillas, con un vendaje grueso en la muñeca y un raspón en la mejilla. Se incorporó apenas al verme.

—¿Liv? ¿Qué hacés acá?

—Me dijeron que estabas acá. ¿Qué pasó?

Él sonrió, incómodo, como si no estuviera seguro de querer que yo lo hubiera encontrado justo así.

—Nada grave. Tropecé en las escaleras del tercer piso. Fui un idiota. Iba con los auriculares puestos y ni me di cuenta de que estaba en el borde.

Asentí, cruzándome de brazos. No sabía si creerle. Pero tampoco tenía energía para cuestionarlo.

—Podrías haberte matado.

—Sí… ya me retaron por eso. Igual, estoy bien.

Hubo un silencio. No sabía qué me había llevado realmente hasta ahí. La preocupación, supongo. O el intento de cerrar algo que se había quedado a la mitad desde hoy. O más quizás

—No sé por qué hiciste eso —le dije finalmente.

Él me miró, confundido.

—¿Lo de caerme?

—No. Lo del beso. En la fiesta. Cuando sabías que no quería. Cuando sabías que no era el momento. Ni el lugar.

Esteban bajó la mirada. Jugueteó con una tira suelta del vendaje, como si eso pudiera distraerlo de la incomodidad de mis palabras.

—Pensé que… no sé. Pensé que había algo. Vos me sonreías distinto. Te acercabas. Quise intentar. Y fui un idiota. Lo sé.

No le respondí enseguida. Me quedé mirando la pared blanca de la enfermería, tan limpia y vacía como lo que sentía por él en ese momento.

—No era justo —murmuré.

—Lo sé —repitió, más bajo.

—Espero que te mejores.

—¿Estamos bien?

Lo miré. Y no supe qué contestar. Había algo roto. Y aunque él quisiera repararlo, yo no estaba segura de que valiera la pena.

—No estoy enojada por lo de ahora —mentí un poco—. Pero tampoco te voy a perdonar por lo otro tan fácil.

Me di media vuelta antes de escuchar su respuesta. Me dolía un poco más de lo que quería admitir.

Al volver a la habitación hice una parada en la de Mora. Tenía una mascarilla puesta y estaba sentada en su cama, hojeando una revista vieja con la indiferencia elegante de quien sabe que cualquier cosa puede esperar, excepto las personas.

—¿Y vos? ¿Dónde estabas?

Me senté al lado, sin fuerzas para evadir nada.

—Fui a ver a Esteban.

—¿Y?

—Se cayó. Literalmente.

Ella me miró con una ceja alzada, como si pudiera ver a través de las palabras.

—¿Y de verdad le creíste?

—Sí. —Hice una pausa—. No sé. Supongo que sí. ¿Por qué mentiría?

No dijo nada. Yo tampoco. Por unos segundos, el silencio habló más que nosotras.

—¿Querés que te cuente por qué peleo tanto a Nicolás?

La pregunta me salió de la nada. No la pensé. O quizá sí, pero llevaba semanas gestándose en un rincón de mi garganta.

Mora se quitó la mascarilla, la dejó en el tacho, y se volvió hacia mí con esa mirada que solo ella podía tener. Cálida, pero firme.

—¿Querés contármelo?

Asentí. Suspiré.

—Hace dos años. En el concurso entre escuelas. Él iba por Blackwood. Yo, por Crestwood.

—Sí, eso lo sabía. Estaba ahí.

—Nos conocimos ahí. En los pasillos, entre presentaciones. Me hablaba todo el tiempo. Me buscaba. Me hacía reír. Y yo… bueno, me enamoré.

—¿Él también?

—Eso pensé. Pero no. Solo lo fingía.

Mora no dijo nada.

—Le mostré uno de mis poemas. Un texto que había escrito para el certamen final. Él dijo que le gustaba, que era hermoso. Que lo entendía.

Tragué saliva.

—Pero en la final… la canción con la que ganó era mi poema. Casi textual. Solo le cambió el ritmo. No me mencionó. No dijo nada. Como si no existiera.

—¿Y después?

—Nunca lo volví a ver. Ni me escribió. Ni me explicó.

Mora me tocó la mano. No era lástima. Era empatía. Y eso me hizo respirar un poco mejor.

—¿Por qué nunca me lo contaste? Digo, si los vi, sí lo pensé. Pero no sabía lo del poema… ¿Y ahora?

—Ahora no sé qué siento. Me hace enojar. Me confunde. Me duele. Pero… no sé. Estoy cansada de odiarlo.

Ella me apretó la mano.

—Entonces hacé lo que necesites. Pero hacelo por vos, no por él.

Asentí. Porque tenía razón.

Después de despedirme, fui a mi cuarto.

Cuando abrí la puerta, la luz estaba apagada. Pensé que estaba sola, pero escuché un leve movimiento.

Nicolás estaba ahí. Sentado en su cama, de espaldas a la puerta, afinando su guitarra en silencio. Ni me saludó. Ni yo a él.

Solo me metí en la cama sin decir nada. Aunque antes de cerrar los ojos, lo miré una vez más. Y él también me miraba. En la oscuridad.

Pov Nicolás:

Ella no me vio. O, al menos, fingió no hacerlo.

Liv entró en la habitación con la misma suavidad con la que una tormenta se disfraza de brisa. Caminó sin mirarme, sin saludar, sin siquiera un gesto que confirmara que éramos dos personas compartiendo el mismo espacio. Se metió bajo las sábanas sin un ruido. Solo el leve crujir del colchón, y después, nada. Silencio.

Y aun así, el eco de su presencia me desacomodó todo.

Me quedé quieto, afinando mi guitarra como si ahí pudiera encontrar alguna respuesta. A su forma de callarme. A mi forma de cagarla. Como si el sonido de las cuerdas pudiera sostenerme por un rato más.

Dormirme fue imposible. Escuchaba su respiración —tan cerca— y me dolía más que si me gritara. Porque el silencio de Liv tenía filo.

El miércoles amaneció con el cielo encapotado y un aire espeso que anunciaba tormenta, pero no por eso dejaba de haber clases. Tampoco me molestaba. Estaba tan acostumbrado a que el mundo siguiera girando aunque yo sintiera que me partía por dentro, que a veces lo agradecía. El movimiento constante me ayudaba a no pensar.




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