Pov Liv:
Cuando al fin llegó el sábado, decidí que no iría a casa. Tenía varios exámenes encima y sabía que en mi cuarto de la Academia, sin las distracciones de mi familia, iba a avanzar más rápido. Además, después de lo del taller, sentía que necesitaba ese aislamiento.
Luego del desayuno me crucé con Esteban en el patio. Caminaba despacio; se notaba que todavía le dolían los golpes de la caída. Al verlo así, me acordé de la imagen de él en la enfermería, con el vendaje y el raspón en la mejilla, y sentí ese impulso de cortesía de preguntar cómo seguía.
—Esteban. ¿Cómo estás?
Él se frenó y me miró. Parecía más vulnerable que de costumbre, como si el golpe le hubiera quitado esa seguridad que siempre proyectaba.
—Liv. Hola. Ya estoy bien, solo me quedaron algunos raspones —dijo. Su tono era tranquilo, pero no me sostuvo la mirada mucho tiempo.
Asentí. Me quedé ahí un segundo más de lo necesario, esperando que siguiera camino, pero él se pasó la mano por la nuca y suspiró.
—Liv… hay algo que quiero decirte. Me quedé pensando si era mejor callarme, pero no puedo.
—No hace falta que te disculpes de nuevo, ya pasó —le dije, queriendo cortar el tema.
—No es por eso. O bueno, sí tiene que ver, pero no con nosotros —me interrumpió. Se acercó un paso y bajó la voz—. Es sobre Nicolás.
Sentí una punzada de fastidio, pero no dije nada. Solo esperé.
—Lo vi —soltó, mirando hacia un costado—. El otro día, cuando salí de la enfermería. Lo vi con Lena. Se estaban besando.
Lo dijo seco, sin vueltas. No me sorprendió, pero me recorrió una resignación fría. No era la noticia en sí, sino la confirmación de que Lena seguía haciendo lo mismo de siempre: buscar exactamente lo que yo tenía cerca.
—Está bien —respondí, tratando de que mi voz no sonara afectada—. Nicolás y yo no somos nada, puede hacer lo que quiera.
Esteban dudó. Se mordió el labio y me miró con una seriedad que me puso alerta.
—Liv, yo sé que te dije que me caí en las escaleras por los auriculares, que fue un descuido mío. Te mentí. No quería causarte problemas con él porque sé que tienen que dormir en la misma habitación, pero después de ver lo que hizo con Lena... no quiero que estés cerca de un tipo así.
El aire se puso pesado de golpe.
—¿De qué hablás?
—No fue un accidente —dijo Esteban, y esta vez sí me sostuvo la mirada—. Nicolás me encontró en las escaleras. Discutimos por vos, por lo que pasó en la fiesta, y él me empujó. Me caí porque él me tiró, Liv. No te lo dije antes porque no quería que te sintieras responsable, pero ahora tengo miedo de lo que pueda hacerte a vos si se llega a enojar así.
El impacto fue silencioso pero fuerte. Una cosa era un beso con Lena, algo esperable de los dos; otra muy distinta era la violencia y la mentira. La idea de que Nicolás me hubiera mirado a la cara todos estos días ocultando que había tirado a alguien por las escaleras me revolvió el estómago.
—¿Por qué me lo contás ahora?
—Porque te lo debía. Porque no es el tipo que vos creés.
—Me tengo que ir —murmuré, sin esperar a que dijera nada más. Necesitaba aire.
No esperé su respuesta. Me di media vuelta y caminé sin mirar atrás. El nombre de Nicolás parecía estar escrito en el centro de cada uno de mis problemas; ya no era solo una rivalidad mal resuelta o un choque de egos, se estaba convirtiendo en el patrón de alguien que no sabe construir sin romper algo en el proceso.
Cuando llegué a la habitación, Mora estaba sentada con las piernas cruzadas sobre mi cama.
—¿Todo bien? —preguntó, cerrando un libro que había tomado de mi mesa—. Parecés haber visto un fantasma.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. No tenía fuerzas ni para subirme al colchón.
—Se besaron —dije, sintiendo la garganta seca.
Mora frunció el ceño, dejando el libro de lado.
—¿Qué? ¿Lena y…?
—Sí. Y no es solo eso. Me crucé a Esteban; me confesó que Nicolás lo empujó por las escaleras. No fue un accidente por los auriculares, lo tiró a propósito.
Mora se deslizó de la cama y se sentó a mi lado en el piso, respetando mi espacio pero lo suficientemente cerca como para que sintiera que me escuchaba. Se quedó callada un momento, procesando.
—¿Esteban te dijo eso? —preguntó Mora, con un tono extraño, como si estuviera analizando algo que yo no veía.
—Sí. Me dijo que no quería contarme nada para no traerme problemas, pero que no podía dejar que yo siguiera durmiendo en el mismo cuarto que un tipo violento.
Mora tamborileó los dedos sobre sus rodillas.
—Es raro, ¿no? Digo... Nicolás es un estúpido muchas veces, pero no lo veo perdiendo los estribos así de la nada. ¿No creés que Esteban haya hecho algo para sacarlo de quicio?
La miré, extrañada por su duda.
—Mora, Esteban es... diferente. Él no tiene esa necesidad de hacerse el macho o de andar peleándose por los pasillos. Si Nicolás lo empujó, es porque no sabe manejar que yo hable con otros. Esteban no me mentiría con algo así.
Mora asintió lentamente, aunque sus ojos decían que no estaba del todo convencida.
—Y la pregunta es, ¿qué vas a hacer ahora?
—Nada. No voy a reclamarle nada porque no le debo nada. Pero me voy a ir de esta habitación en cuanto pueda. No quiero estar cerca de alguien que usa la fuerza y después se calla como un cobarde.
—Me parece bien que pongas distancia —Mora me sonrió, una sonrisa sincera—. En una hora me voy a mi casa con Santiago. ¿No querés salir a caminar un rato antes?
—No, gracias. Prefiero el silencio, no quiero hablar más del tema. Que te vaya bien.
—Gracias. Cualquier cosa, escribime —se levantó, me dejó un beso en la frente y salió de la habitación, cerrando la puerta despacio.
En el almuerzo, el comedor estaba más vacío de lo usual. Muchos se habían ido por el fin de semana y el eco de los cubiertos se sentía más fuerte. Yo había llegado tarde, tratando de evitar el cruce, pero Nicolás ya estaba sentado en la mesa de siempre. Me vio entrar y no me quitó la vista de encima. Tenía esa expresión de suficiencia, esa máscara de "el mundo es mío" que siempre usaba cuando no quería que nadie viera lo que pasaba por dentro.
Editado: 16.01.2026