Mi nombre en tu lista

Capítulo 19: manos manchadas

Pov Nicolás:

La miré de reojo. Liv tenía la vista fija en las teclas, pero sus dedos jugueteaban con el borde de su remera.

Ella giró la cabeza despacio. No había perdón en su mirada, pero sí una grieta de duda. Abrió la boca para preguntar, para dejarme entrar por fin en su cabeza, y sentí que el nudo en mi pecho empezaba a aflojarse.

—¿Qué fue lo que nunca me dijiste, Nicolás? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Por qué elegiste romperlo todo?

El momento estaba ahí. La verdad estaba en la punta de mi lengua, lista para salir y quemar las mentiras de Esteban y mis propios errores. Me incliné apenas hacia ella, cerrando la distancia, preparado para hablar.

Pero la puerta del salón de ensayos se abrió de par en par con un golpe seco.

Me sobresalté, cerrando la tapa del piano por instinto. Liv se puso de pie de un salto, recuperando su distancia y su máscara de frialdad en un parpadeo.

Era la secretaria de la Directora, con una carpeta bajo el brazo y una expresión de urgencia que no encajaba con la paz del sábado por la tarde.

—Olivia —dijo, recorriendo el aula con la mirada hasta encontrarla—. Menos mal que te encuentro. La Directora te busca en su oficina. Ahora mismo.

Liv parpadeó, confundida.

—¿Pasó algo? —preguntó ella. Su voz ya no era la de hace un segundo; volvía a ser la Liv distante y alerta.

—Es sobre un asunto administrativo del taller de escritura y una notificación que llegó de tu familia —respondió la mujer, ya dándose la vuelta para salir—. No te demores, por favor.

Liv me miró un segundo. Solo un segundo. Fue una mirada rápida, indescifrable, antes de caminar hacia la puerta sin decir una sola palabra más.

El silencio volvió a caer sobre el salón, pero esta vez se sentía pesado, como el plomo. Me quedé sentado en el banco, con las manos apoyadas sobre la madera cerrada del piano, sintiendo el eco de lo que estaba a punto de confesar.

Me levanté del piano sintiendo una mezcla extraña de alivio y frustración. Al menos ella no me había rechazado; había una tregua, aunque fuera frágil, sostenida por un hilo que cualquier movimiento brusco podía cortar. Salí del salón con la intención de irme al patio a tomar un poco de sol, buscando que el aire fresco me sacara el sabor a encierro de la boca.

Caminé por los pasillos vacíos de la Academia. El sábado por la tarde tenía ese aroma particular a libertad para los que se iban y a abandono para los que nos quedábamos. Al salir al patio, vi a un grupo de chicos de primer año sentados en el césped, riendo por algo estúpido. Los miré con una envidia que me quemó por dentro. Parecían tan livianos, tan ajenos a la idea de que todo se puede romper en un segundo.

Me senté en un banco apartado, donde la sombra de un roble empezaba a estirarse. Sentí la vibración del celular en el bolsillo.

Mamá: "¿Otra vez te quedás allá? Tu hermano ya camina, Nicolás. No estaría mal que aparecieras de vez en cuando, aunque sea para fingir que te importa esta familia."

Guardé el teléfono sin responder. Una opresión conocida se instaló en mi pecho. "Familia". La palabra me sonaba a chiste. Para mi madre, la familia era ese bebé que había tenido con su nuevo marido, un tipo que hablaba de negocios que no entendía y que me miraba como si yo fuera un mueble viejo que no combinaba con la decoración de su nueva vida perfecta.

Cerré los ojos y dejé que el sol me calentara la cara, pero mi mente me arrastró hacia atrás. Hacia ese jueves de hace dos años, el día que lo cambió todo.

Flashback

—Muy bien, Len —respondí, usando el apodo con total naturalidad, como si estuviera en mi vocabulario desde siempre. Como si me sintiera cómodo usándolo.

—Oye, Liv. ¿Entonces ya sos novia de Esteban? —preguntó Lena con tono fingidamente ingenuo.

—¿Qué? No. Es solo un amigo —respondió Liv sin mirarla.

—Qué raro. Ayer en la fiesta estaban muy cerca…

—Y vos estabas muy cerca de Nicolás —devolvió Liv, sin cambiar el tono.

—¿Te molesta que te haya quitado a tu compañero de cuarto? Llegaste tarde —dijo Lena, abrazándome el brazo. No me moví. Pero tampoco la rechacé.

—No, gracias. Te lo regalo si es necesario.

—Deberías decidirte. Después del beso con Esteban, supongo que pronto va a pedirte que sean novios.

Mi pecho se cerró. Sentí el estómago caer como una piedra al agua.

¿Se había besado con Esteban?

Un zumbido empezó a crecerme en los oídos. Como si alguien hubiese encendido una alarma dentro de mi cabeza y no supiera cómo apagarla.

No me importaba. Claro que no. No me tenía que importar. ¿No?

—¿Qué? Yo no me besé con Esteban.

—Bueno, eso dicen los rumores. Y si no me creés, preguntale a él.

No reaccioné. No pensé. Solo sentí una presión aguda, como si todo lo que había contenido en estas semanas quisiera explotar en ese instante. Miré a Liv. Ya no sonreía, yo tampoco. Se levantó y se fue sin decir una palabra.

Quise seguirla. Pero me quedé ahí. Helado.

—¿Qué fue eso, Lena? —pregunté mirándola con seriedad.

—La verdad. Marcos, de Artes Escénicas, los vio. Después del beso, Esteban la acompañó a su cuarto… y se hizo la santa.

Mora intervino de inmediato, enojada:

—Vos no sabés nada, Lena. Y aunque lo hubieras visto, eso no te da derecho a humillarla así. ¿Qué ganás con esto?

Lena hizo un gesto despreocupado con los hombros.

Unos minutos después fuimos al salón. Al entrar, Liv estaba enfrentada a Esteban, pero sus dedos jugaban entre sí, como siempre hacía cuando estaba nerviosa o enojada. Se sentó en su asiento sin mirarnos. Me senté en mi lugar, ignorándola, aunque no podía dejar de mirar a Esteban. Tenía cara de perrito mojado. Maldito imbécil.

El profesor entró junto con un profesor de escritura creativa, creo que era el coordinador de la especialidad. El murmullo cesó.




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