Mi nombre en tu lista

Capítulo 20: Dos caras de una misma moneda

Pov Nicolás:

Abrí la puerta de la habitación con el pulso todavía acelerado por el encuentro con mi madre. Esperaba encontrar el cuarto vacío pero ella estaba ahí. Estaba sentada en su cama, con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida en su libro.

Al verme entrar, no se movió, pero noté cómo se tensaba.

—¿Está todo bien? —pregunté, dejando las llaves sobre mi escritorio. Mi voz sonó más gastada de lo que esperaba—. Lo de la Directora, digo.

Liv asintió despacio, sin mirarme. —Sí. Eran solo unos papeles del taller de escritura y una notificación de mi casa. Una boludez administrativa.

Me quedé parado en medio del cuarto. El aire pesaba.

—¿Y vos? —preguntó ella de repente, levantando la vista. Sus ojos verdes me analizaron, buscando rastro de la charla en el piano—. ¿Dónde estuviste?

—Fui al centro con Logan, Marcos y Daniel. Necesitaba salir de acá —respondí con sinceridad.

Ella hizo una mueca, como si le costara imaginarme en un plan tan normal. Se hizo un silencio corto, de esos que queman, hasta que Liv suspiró y cerró el libro que tenía a su lado.

—Nicolás... en el salón de ensayos, antes de que nos interrumpieran, dijiste que había algo que tenía que saber. Que me ibas a decir la verdad sobre Esteban.

Sentí un escalofrío. El momento había llegado. Me senté en mi cama, frente a ella, y apoyé los codos en las rodillas.

—El día de la caída... antes de que yo te llevara la comida al salón de música, me lo crucé en el pasillo del tercer piso —empecé, midiendo cada palabra—. Él no tenía la cara de "perrito mojado" que te puso a vos. Estaba ahí, caminando como si fuera el dueño del lugar, con una sonrisa arrogante que me dio asco.

Liv frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—Le pregunté qué mierda le pasaba —seguí, sintiendo que la rabia volvía a subir—. Y me empezó a decir que yo estaba celoso. Que a él sí lo querías cerca porque yo te había lastimado tanto que ya no tenías lugar para mí. Me dijo que él estaba ocupando el lugar que yo perdí.

—Nicolás, eso no...

—No terminé, Liv —la interrumpí—. Después dijo que estabas necesitada de atención. Que estabas "regalada" a cualquiera con tal de que te dieran un poco de bola.

Liv se puso pálida, pero de inmediato negó con la cabeza. Su expresión pasó de la sorpresa a una incredulidad defensiva que me dolió como un golpe.

—Esteban no diría eso —soltó ella con firmeza—. Él me cuidó cuando vos me robaste ese poema, Nicolás. Él estuvo ahí. Quizás te dijo que estaba celoso porque es la verdad, pero lo otro... lo estás inventando para que lo odie.

—Me empujó con el pecho para provocarme y perdí los estribos —continué, ignorando su defensa—. Lo empujé. No me arrepentí en ese momento y, siendo sincero, no me arrepiento ahora. Se merecía ese golpe, aunque no las escaleras. Pero no me mientas en la cara diciendo que él es un santo.

—Es que no te creo —dijo ella, levantándose de la cama. Su voz temblaba de enojo—. Esteban es incapaz de ser tan despectivo. Él no es como vos. Él no necesita romper a los demás para sentirse importante.

Me levanté yo también, sintiendo que la cabeza me iba a explotar. La ceguera de Liv me estaba sacando de quicio.

—¿Ah, sí? ¿Tanto confías en él? —me acerqué un paso, invadiendo su espacio—. ¿No te das cuenta de que te miente en la cara cada vez que te mira? Hoy en el comedor tenía la venda en el brazo derecho, Liv. En el derecho.

Ella parpadeó, confundida. —¿Y eso qué tiene que ver?

—¡Que el golpe fue en el izquierdo! —le grité, aunque no quería hacerlo—. Yo lo empujé, yo vi cómo cayó. Se golpeó el lado izquierdo. Todo el colegio se dio cuenta de ese detalle estúpido menos vos, porque estás tan ocupada queriendo creer que él es el bueno de la película que no ves lo que tenés frente a los ojos.

Liv retrocedió, golpeando el borde de su cama. Me miró como si yo fuera un monstruo tratando de confundirla.

—Eso no prueba nada —susurró, aunque vi una chispa de duda en el fondo de sus pupilas—. Pudo haberse confundido, o quizás le dolía el otro brazo por la tensión... No sé. Si querés que te crea, dame una prueba real. Algo más que tus paranoias y un cambio de venda.

—¿Una prueba? —reí con amargura—. No tengo una cámara grabándolo, Liv. Tengo mi palabra contra la de él. Pero parece que para vos, mi palabra no vale nada desde hace dos años.

—Exacto —sentenció ella, dándome la espalda—. No vale nada.

Se metió en la cama y se tapó hasta la barbilla, dándome la espalda de forma definitiva. Me quedé ahí parado, incrédulo, sin poder creer que aunque le había dicho la verdad por primera vez en mucho tiempo, ella simplemente elegía no creerme.

Al día siguiente me desperté con el cuerpo pesado. Cuando abrí los ojos, la cama de Liv ya estaba perfectamente tendida; no había rastro de ella. Miré el reloj de la mesa de luz y solté una maldición entre dientes. Era tardísimo. Me vestí a las apuradas, ignorando lo arrugada que estaba mi remera, y bajé hacia el comedor.

Al cruzar el patio central, el movimiento me obligó a frenar. Los domingos en la Academia eran un desfile de apellidos importantes y de autos caros: el día de visitas. A lo lejos, cerca de la fuente, vi a Liv. Estaba de espaldas, pero la reconocería en cualquier lugar. Estaba acompañada por un hombre alto, de hombros anchos y cabello oscuro, y una mujer de una elegancia serena. No necesité que nadie me lo confirmara; eran sus padres.

Liv era una réplica exacta de su padre, pero tenía la misma postura rígida y el mismo aire de mando que su madre. Cuando ella giró la cara para reírse de algo, vi la nariz de la mujer en su perfil. Recordé que me había contado hace dos años, en una de esas tardes en las que todavía nos llevábamos bien, que su padre era italiano. Se le notaba de lejos, incluso sin haberlo escuchado hablar. A pesar de su presencia imponente, el hombre tenía una expresión bondadosa, como si fuera un pan de Dios que contrastaba con la intensidad de su hija. Se veían como una familia perfecta; el tipo de familia que no grita, que no reclama, que simplemente es. Aparté la vista antes de que ella me viera y me encaminé a la biblioteca. No tenía hambre y ver la felicidad de Liv me había sacado las ganas de todo.




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