Pov Olivia:
—Cerrá la boca, Esteban —susurré. El asco era tan real que podía sentirlo amargo en la base de la lengua.
Esteban abrió la boca para protestar, pero sus ojos se desviaron rápidamente hacia algo detrás de mí. Mis padres se estaban acercando, interesados en la conversación. Él, que hasta hace un segundo hablaba con una frialdad aterradora, vaciló. Sin decir una palabra más, me lanzó una mirada cargada de resentimiento y se dio la vuelta, desapareciendo entre los senderos del jardín con el paso rápido de quien huye de una escena del crimen.
Me quedé ahí, con el corazón martillando contra mis costillas, mirando a Nicolás. Él seguía sentado, sosteniendo al bebé que ahora jugaba con el borde de su remera, ignorando por completo el caos que acababa de estallar.
—¿Liv? ¿Cariño, está todo bien? ¿Quién era ese chico que se fue tan apurado? —la voz de mi padre, profunda y firme, rompió el trance.
Me giré, tratando de recomponer mi expresión. —Sí, papá. Solo... un compañero que tenía algo de prisa.
Mi padre asintió, pero su mirada se clavó de inmediato en Nicolás, que ya se estaba poniendo de pie con el bebé en brazos. Se lo veía curioso, más que nada por el nene; mis padres siempre fueron de los que se "enternecen" rápido cuando hay un bebé cerca.
—¿Y quién es este muchacho? —preguntó mi padre, acercándose un par de pasos.
—Soy Nicolás —se adelantó él, antes de que yo pudiera encontrar las palabras—. Mucho gusto. Soy el compañero de cuarto de Olivia.
Mi madre parpadeó, confundida, y su sonrisa vaciló apenas un milímetro. —¿Compañero de cuarto? Pensé que estabas con Mora, Olivia. Me habías dicho que las habitaciones las elegían ustedes.
El pánico me subió por la garganta. No les había dicho nada. No sabía cómo explicarles que la Academia me había puesto con el chico que me había roto el corazón hacía dos años. Estaba por inventar cualquier excusa, pero Nicolás habló primero, con una naturalidad que me dejó helada.
—Hubo un cambio de planes hace unas semanas —intervino él. Me miró de reojo, captando mi desesperación—. En realidad, yo tuve un problema con mi otra compañera, Lena. No nos llevábamos nada bien y la convivencia era imposible. Como Olivia es la Guardiana más paciente de este lugar, la Directora decidió que lo mejor era que ella me mantuviera a raya.
Mi padre soltó una carcajada, rompiendo la tensión del momento. —¿Paciente, eh? Entonces te compadezco, Nicolás. Mi hija puede tener un carácter difícil cuando se lo propone.
Nicolás sonrió, una sonrisa pequeña y cómplice que me hizo sentir un escalofrío. Me dolió darme cuenta de que, a pesar de todo, nos conocíamos lo suficiente como para que él supiera exactamente cuándo cubrirme. —Lo sé muy bien, señor.
—¿Y este pequeño tan bonito? —preguntó mi madre, acercándose para acariciar la mejilla del nene, que la miraba con ojos curiosos—. ¿Es tu hermano?
Nicolás bajó la vista hacia el bebé. Noté una chispa de incomodidad en su rostro, un rastro de algo que no supe descifrar, pero asintió con suavidad. —Sí. Es mi hermano. Mi madre está hablando con la Directora y me pidió que lo cuidara un momento.
—Es precioso —dijo ella—. Se nota que tenés buena mano con los niños.
Me quedé ahí, en silencio, procesando el desastre de mi realidad. Esteban, el que se suponía que era el "bueno", me veía como un objeto estratégico. Y Nicolás, el que yo creía que era un monstruo, estaba ahí, mintiendo para salvarme de una explicación incómoda con mis padres y sosteniendo a su hermano con una ternura que me quemaba los ojos.
—Bueno, nos encantaría quedarnos un rato más, pero tu padre tiene esa reunión en la ciudad y el viaje es largo —dijo mi madre, dándome un beso en la mejilla.
Mi padre me envolvió en uno de sus abrazos fuertes, de esos que huelen a seguridad. —Te espero el fin de semana que viene, stella mia. Voy a preparar tu pasta favorita, no acepto un no por respuesta —dijo en voz alta, separándose para mirar a Nicolás con una sonrisa cordial—. Vos también estás invitado, Nicolás. Me encantaría que vinieras a almorzar con nosotros a casa.
Me quedé helada. Miré a Nicolás, esperando ver una mueca de burla o que soltara alguna de sus frases ácidas, pero él solo asintió con una cortesía que me resultó casi desconocida. —Gracias, señor. Lo voy a tener en cuenta.
Me quedé parada junto a él viendo cómo mis padres se alejaban caminando hacia la salida principal, saludando a otros profesores en el camino. En cuanto cruzaron el arco de piedra y nos quedamos solos, solté una carcajada. No fue una risita nerviosa; fue una carcajada de pura incredulidad que me hizo doblar un poco la espalda.
—No puede ser —dije, todavía riendo mientras me pasaba las manos por la cara—. Mi papá es un peligro. Te acaba de invitar a comer como si fueras mi mejor amigo de toda la vida. Mañana seguro te adopta.
Nicolás soltó un bufido, aunque vi que la comisura de su labio se elevaba. —Y bueno, Liv. Tu padre tiene buen gusto para elegir invitados, no lo culpo. Aunque si voy, te aviso que me voy a comer hasta tu porción de pasta.
—En tus sueños, Draven. No comparto la comida de mi papá ni con los necesitados —le contesté, recuperando un poco el aire.
El ambiente se sintió extrañamente ligero por unos segundos. Nicolás se quedó mirando un punto fijo en el jardín, balanceando suavemente al bebé.
—Entonces... —soltó él, de forma directa, girándose para clavarme esos ojos marrones que parecían leerme el pensamiento—. ¿Vas a seguir pensando que me inventé lo de la venda o ya es suficiente prueba para vos?
La risa se me murió en la garganta. Suspiré, dejando caer los hombros. —Perdón —murmuré, forzándome a no apartar la vista—. Perdón por no creerte. Yo... sabía que Esteban estaba enganchado conmigo. Se lo expliqué mil veces, le dije de todas las formas posibles que no me gustaba, pero de verdad pensé que habíamos podido pasar página y ser amigos. No pensé que fuera capaz de ser tan manipulador.
Editado: 16.01.2026