Mi nombre en tu lista

Capítulo 22: Guerra de Guerrillas

Pov Olivia:

El lunes empezó con la misma rigidez de siempre. En la Academia, los lunes no eran para despertarse despacio, sino para recordar por qué estábamos ahí: para ser los mejores, sin excusas.

En la habitación 207, el ambiente todavía se sentía raro por lo que había pasado el domingo. Yo estaba frente al espejo intentando ocultar las ojeras con corrector; no había pegado un ojo pensando en la confesión de Esteban y en el desastre familiar de Nicolás.

—Si seguís mirándote con esa cara de velorio, vas a terminar convenciendo al espejo de que se rompa solo —la voz de Nicolás me sacó de mis pensamientos.

Estaba apoyado en el marco de la puerta del baño, con la corbata del uniforme colgando y el pelo todavía húmedo.

—Es lunes, Draven. No me pidas que sonría antes de las ocho de la mañana —respondí, concentrada en mi reflejo.

—¿Y qué esperás que pase hoy que te tiene tan alerta? ¿Un examen sorpresa o que me agarre un ataque de locura y te dedique una canción romántica en el comedor? —Dio un paso hacia el lavamanos, obligándome a hacerme a un lado para que él pudiera verse—. Porque si llego a hacer lo segundo, creo que me ganaría una denuncia por ruidos molestos antes del primer estribillo.

Me giré, sosteniendo la brocha de maquillaje como si fuera a atacarlo.

—Si intentás cantar algo para mí en público, la denuncia te la voy a meter yo, pero por intento de homicidio a mis oídos. O mejor, preparate, porque lo primero que vuele hacia tu cara va a ser mi plato de comida.

Nicolás soltó una risita. Ya no sonaba a esa burla ácida de antes; ahora era más como un desafío que, aunque me pesara admitirlo, me resultaba entretenido. —Qué poca fe me tenés, compañera. Con lo bien que me llevé ayer con tus padres, pensé que ya éramos prácticamente familia.

—Ni lo digas —le advertí, sintiendo que la comisura de mi boca quería traicionarme—. Mi papá es un optimista. No sabe que sos el castigo que me mandó la Academia para probar mi paciencia.

—Bueno, por lo menos soy un castigo que te salvó de explicarle a tu madre por qué dormís a dos metros de un chico —me guiñó un ojo antes de ocupar mi lugar frente al espejo—. Andá, circulá, que Mora debe estar esperándote en el pasillo con su crisis artística de los lunes.

Salí de la habitación negando con la cabeza. Mora me esperaba afuera, apoyada contra la pared del pasillo. Tenía una mancha de pintura azul en la mejilla y cargaba un bastidor enorme que parecía pesarle una tonelada. Se la veía agotada.

—Decime que hoy el mundo se termina antes de la primera clase —me dijo a modo de saludo.

—Todavía no, pero la mañana recién empieza —le contesté, ayudándola a sostener el cuadro mientras caminábamos hacia el pabellón central—. ¿Otra vez la Directora?

Mora suspiró, caminando con los hombros caídos. —Quiere que mi proyecto sea "más armónico". Dice que mis trazos son demasiado agresivos y que no representan el espíritu de la Academia. Básicamente, quiere que pinte algo decorativo en lugar de lo que de verdad siento.

En el pasillo que conectaba con el área de teatro, vimos a Lena. Estaba de espaldas, hablando con un profesor. Su postura era impecable, la imagen misma de la alumna que nunca rompe una regla. Sin que nadie le avisara que estábamos ahí, Lena giró la cara justo cuando pasábamos y nos dedicó una sonrisa gélida, de esas que no llegan a los ojos.

—¿Cómo hace para enterarse siempre de dónde estamos? Ni siquiera hicimos ruido —susurré, sintiendo una punzada de irritación.

Mora bajó la vista. Ella no odiaba a Lena; ella sentía esa nostalgia pesada de haber perdido a su mejor amiga de la infancia por culpa de la competencia de la Academia. Yo, en cambio, solo veía en Lena a una persona que disfrutaba sabiendo dónde nos dolía.

Llegamos al aula de Literatura. Me senté en mi banco habitual, tratando de organizar mis cuadernos, pero la nuca de Lena, tres filas adelante, me distraía.

El profesor entró y, después de pasar lista, dejó un par de hojas sobre su escritorio con un gesto dramático. —Hoy vamos a analizar la verdad detrás de la ficción —comenzó—. Y para eso, vamos a leer un fragmento de un autor que prefiere mantenerse anónimo, pero que describe perfectamente cómo se siente ser traicionado por alguien en quien confiabas.

Noté cómo Lena se acomodaba en su asiento, girándose apenas para mirarme con una suficiencia que me revolvió el estómago.

El profesor Dorneval acomodó sus anteojos y comenzó a leer. Al principio, no identifiqué las palabras, pero para el segundo verso, sentí que el piso desaparecía bajo mis pies. Era un borrador que yo había escrito la noche anterior en mi cuaderno personal. No era un poema para la clase. Era mi diario.

"Caminan sobre mis sombras buscando una grieta, sin saber que el cristal que intentan romper es lo único que los mantiene a salvo de sí mismos" —recitó el profesor con una cadencia que me dio náuseas.

Lena soltó una risita casi imperceptible, pero lo suficientemente alta como para que yo la escuchara. Se giró apenas, apoyando el mentón en su mano, y me clavó esa mirada de superioridad que Mora siempre decía que era su mejor actuación.

—Qué profundo, ¿no, Olivia? —intervino Lena, levantando la mano sin esperar a que el profesor terminara—. Casi parece el grito de ayuda de alguien que se siente... atrapada. O quizás de alguien que tiene demasiado que ocultar.

El profesor la miró con interés. En esta clase, la confrontación no solo estaba permitida, era incentivada. —¿A qué te refieres, Lena?

—A que el anonimato es el refugio de los cobardes, profesor —continuó ella, con una voz clara y proyectada, digna de su especialidad en teatro—. Solo alguien que no puede sostener sus propias verdades escribiría algo así. Es un texto... "regalado". Como si la autora estuviera pidiendo a gritos que alguien la rescate de su propia mediocridad.

El término "regalada" impactó en mi pecho como un proyectil. Era la misma palabra que Esteban había usado al hablar de mi. Sentí la sangre subirme a las mejillas, pero no por vergüenza, sino por una furia fría que me devolvió la claridad. Lena no solo había encontrado mi cuaderno; estaba usando las palabras de Esteban para humillarme frente a todos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.