Pov Narradora:
La luz del amanecer se filtró por las ventanas de la habitación, pero no encontró a nadie descansando. Encontró un campo de batalla de papel y tinta. Olivia y Nicolás no habían dormido; sus rostros, aunque perfectamente cuidados para no mostrar debilidad, cargaban con el peso de una vigilia forzada. Durante horas, habían desenterrado cada fragmento de la vida académica de Olivia: dibujos corregidos, fechas de poemas que precedían a cualquier escándalo y resúmenes de estudio que demostraban que su mente nunca se había detenido, ni siquiera bajo presión. Cada documento era una bala que esperaban disparar en el momento justo.
Se prepararon en un silencio compartido, casi sagrado. Olivia pulió su insignia de Guardiana hasta que el metal dorado pareció cobrar vida propia sobre su pecho. Era su armadura.
Cuando llegaron al comedor, el ambiente era distinto al de cualquier otra mañana. La ausencia de los profesores, ocupados en los preparativos de la asamblea, había dejado a la institución en un estado de anarquía silenciosa. Lena había abandonado la mesa de los Guardianes, una falta a las reglas que nadie se atrevía a señalar, y desayunaba junto a Esteban. La imagen era clara: la nueva alianza ya se sentía ganadora.
Nicolás y Olivia ocuparon su lugar habitual, una isla dorada en medio de un mar de uniformes que los rodeaban con susurros. El momento más tenso se produjo cuando Mora entró al salón. Sus pasos eran cortos, dubitativos. Se sentó frente a ellos, pero el vacío que emanaba era peor que cualquier insulto. No hubo saludo, ni mirada, ni el más mínimo gesto de consuelo hacia la que alguna vez fue su mejor amiga. Mora cumplía con su presencia, pero su alma estaba a kilómetros de distancia, perdida en una neutralidad que hería más que el odio de Lena.
Las clases de la mañana del miércoles transcurrieron como un trámite borroso y asfixiante. Olivia ya no era una alumna para el resto de la institución; se había convertido en una presa. El aire en los pasillos estaba viciado de una hostilidad silenciosa que la obligaba a mantener la vista fija en un punto inexistente en la pared para no desmoronarse. Todos, desde los alumnos de primer año hasta el personal de limpieza, la hacían sentir el peso de su nueva condición de paria.
—Mirala, todavía tiene la cara de usar la insignia —murmuró un grupo de quinto año mientras ella pasaba. No se molestaron en bajar la voz; el respeto que solían tenerle a una Seren se había evaporado con la misma rapidez que la lealtad de sus supuestas amigas—. Si la destituyen hoy, la vacante de Escritura queda libre. Es nuestra oportunidad.
La ambición en el aire era palpable, casi sólida. No había un solo rastro de empatía en Crestwood, solo cálculos de poder. Los alumnos de cuarto y quinto año la observaban con la frialdad de quienes ven una corona caer al suelo y ya están estirando la mano para recogerla antes de que termine de tocar el piso. La "alumna prodigio" se había transformado en un simple obstáculo que muchos estaban ansiosos por remover del camino hacia el prestigio.
Nicolás, cumpliendo con la parte acordada de su plan, no caminaba a su lado. Se mantenía a varios metros de distancia, con una expresión gélida e indiferente, fingiendo que no habían pasado las últimas ocho horas encerrados en la misma habitación desarmando el reglamento de la academia. Esa distancia física era su mejor arma; si todos creían que estaban solos y derrotados, bajarían la guardia. Sin embargo, no poder estar cerca para frenar los murmullos hacía que la humillación que Olivia sentía fuera mucho más cruda.
El final de la mañana llegó de forma abrupta. Mucho antes de lo esperado, y antes de que el comedor abriera sus puertas para el almuerzo, el sonido que todos temían desgarró el silencio del ala académica. No fue el timbre de cambio de hora, sino la campana larga, grave y solemne que convocaba a toda la Academia al salón de actos de manera inmediata.
Nadie protestó por la falta de comida. El hambre de escándalo era superior al hambre física. El eco de la campana vibró en las paredes de piedra, marcando el inicio de una asamblea que se sentía como una ejecución pública adelantada. A Olivia ni siquiera le habían permitido el respiro de un último almuerzo tranquilo; la Directora quería terminar con esto lo antes posible.
Pov Olivia:
Las puertas del salón de actos se abrieron y el aire se me escapó de los pulmones. No era el salón de siempre; era una emboscada.
Lo primero que busqué no fue a Lena ni a la Directora. Busqué el refugio de las caras conocidas y lo que encontré fue un golpe directo al corazón. Mis padres estaban ahí, en la segunda fila. Mi mamá tenía los ojos vidriosos y apretaba su bolso entre las manos; mi papá, el hombre que siempre me había enseñado a llevar el apellido con orgullo, tenía la espalda tan rígida que parecía de piedra. Verlos ahí, rodeados de gente que cuchicheaba sobre su hija, me dolió más que cualquier amenaza de Esteban. Sentí un calor punzante subirme por el cuello: era vergüenza pura.
Me senté al fondo, en la última fila, intentando encogerme, intentando desaparecer entre las sombras de los alumnos. Pero no me dejaron.
—Olivia Seren, por favor, suba al escenario.
La voz de la Directora por los parlantes me hizo vibrar los dientes. Me puse de pie y sentí que caminaba sobre nubes de plomo. Cada paso por el pasillo central, bajo la mirada de cientos de personas, era una agonía. Podía sentir los ojos de los profesores de la primera fila, gente que me había dado dieces y que ahora me miraba con una duda que me quemaba la piel.
Al subir al escenario, el mundo se vio distinto. Estaba demasiado arriba, demasiado expuesta. En el centro, la Directora y los coordinadores parecían un muro infranqueable. Dorneval ni siquiera podía sostenerme la mirada; se veía pequeño, derrotado, y eso me asustó más que nada.
Pero lo peor fue mirar hacia abajo, hacia los asientos de los Guardianes. Había cuatro lugares y solo dos estaban ocupados. Lena estaba ahí, perfecta, con las manos cruzadas sobre la falda y esa expresión de tristeza fingida que me daban ganas de gritar. Nicolás estaba en el otro extremo, con la cara de mármol, cumpliendo su parte de no mirarme.
Editado: 04.02.2026