Pov Olivia:
Luego de que mis padres se fueran y Mora se retirara a su habitación, tranquila porque nuestra amistad seguía en pie, caminé por los pasillos de la Academia con una sensación extraña. El peso de la insignia en mi pecho se sentía real otra vez, pero por más que no quisiera admitirlo, el hecho de que Nicolás hubiera desaparecido me movía algo adentro. Sentía una inquietud que ni el abrazo de Mora ni las palabras de mis padres habían podido apagar.
Llegué a la puerta de la habitación y me detuve un segundo. Inhalé hondo, tratando de recomponer mi máscara de indiferencia. No quería que viera que lo había estado buscando como una loca por toda la escuela. Empujé la puerta con más fuerza de la necesaria. Él estaba ahí.
Nicolás estaba sentado en su escritorio, con la guitarra en las manos y las piernas estiradas sobre la cama. Parecía la imagen misma de la despreocupación, pero noté cómo su mirada tenía un destello de interés cuando entré.
—¿Entonces se terminó el circo? —preguntó sin mirarme, recorriendo las cuerdas con la punta de los dedos y produciendo un sonido sordo.
—¿Por qué te fuiste? —solté, cerrando la puerta de un golpe. No tenía energía para juegos sarcásticos, no después de haber sentido que mi futuro se terminaba frente a todo el colegio—. Desapareciste cuando la directora dejó de hablar. Me dejaste sola.
Él soltó una risita seca, una de esas que siempre me daban ganas de revolearle algo por la cabeza. No entendía por qué ahora se comportaba así conmigo. Finalmente levantó la vista; sus ojos marrones estaban cargados de algo que no supe descifrar: una mezcla de cansancio y una frialdad defensiva.
—No estabas sola, Liv. Tenías a tus papás, tenías a Mora… Tenías otra vez a toda la escuela lamiéndote los zapatos porque ahora sos la mártir de Crestwood —se puso de pie con esa lentitud que sabía que me irritaba—. Mi trabajo ahí ya estaba hecho.
—No era un trabajo —le espeté, dando un paso hacia él—. Éramos un equipo. Pasamos toda la noche planeando mi defensa en este piso. Lo mínimo que podías hacer era quedarte hasta el final.
—Eso es exactamente lo que no entendés —dijo él, acortando la distancia entre nosotros. Se detuvo a pocos centímetros, lo suficiente para que su altura me obligara a inclinar la cabeza hacia atrás—. En esta escuela, yo soy tu detonante, Olivia. Siempre lo fui. Si me quedaba ahí parado al lado tuyo mientras tus padres te abrazaban y la Directora te pedía perdón, lo único que iba a lograr era que la foto en la pantalla grande cobrara más fuerza. ¿Lo olvidaste? Vos me odiás.
Me quedé muda. Nicolás suspiró pasando una mano por su pelo desordenado con un gesto de frustración genuina.
—No quería traerte problemas.
El enojo se disipó, dejando lugar a una calidez incómoda en el pecho. Me molestaba que tuviera razón, pero me molestaba más que se hubiera ido por "protección".
—No necesito que me cuides, Draven —murmuré, aunque mi voz ya no tenía el mismo veneno—. Sé defenderme sola.
—Claro que sí —respondió con un rastro de su sarcasmo habitual, aunque esta vez se sentía más suave—. Se notó mucho cuando te quedaste blanca como un papel en el escenario. Si no fuera por Mora y los papeles que encontramos, ahora estarías armando las valijas. De nada por salvarte el pellejo, por cierto.
—¡Hey! Yo también presenté mis pruebas —me defendí, recuperando mi chispa—. Los dibujos de los nenes y mis borradores fueron clave. No me vengas a sacar mérito solo porque vos te quedaste ahí con esa cara de piedra. Podrías haber dicho algo, ¿sabés?
—¿Y qué querías que dijera? "¿Perdón, Directora, no somos novios, solo pasamos todas las noches encerrados en una habitación compartiendo apuntes"? —se burló, arqueando una ceja—. Los dibujos eran papeles lindos, Seren, pero lo que les cerró la boca fue el informe. Ahora sos la Guardiana de Escritura otra vez. Felicitaciones. Vas a poder volver a escribir esos poemas perfectos y aburridos que tanto te gustan, mientras yo vuelvo a ser el rebelde que solo sabe tocar tres acordes.
Me senté en mi cama, enfrentándolo, sintiendo que la competencia de siempre se encendía de nuevo.
—Al menos mis poemas no rompen los oídos de nadie. Por cierto, la Directora espera grandes cosas para el show de medio año. Supongo que vas a hacer que los nenes canten algo de Blackwood para escandalizar a las madres y mantener tu reputación.
Nicolás soltó una carcajada auténtica esta vez.
—No sería mala idea. Pero tengo algo mejor. Aunque te va a doler admitir que mi idea para los nenes es buena.
—No sabías en dónde te metías antes de cambiarte, ¿no? —le dije, mirándolo con curiosidad—. Te hubieses quedado en Blackwood si tanto extrañás el caos. Allá por lo menos las cosas eran de frente.
Él se quedó pensativo un momento, mirando hacia la ventana donde el sol de la tarde empezaba a caer.
—Blackwood no era tan distinto a esto, Liv. Aunque no lo parezca, acá hay... no sé, más armonía. O al menos una apariencia de ella que te deja dormir un poco más.
—Esa es la palabra clave: apariencia —respondí con amargura—. Eso es lo que siempre aparentamos, pero ahora que viste las entrañas de Crestwood, ya sabés que es un nido de serpientes.
—Lo sé desde el día que llegué —dijo él, y su mirada se volvió intensa, conectando con la mía de una forma que me hizo desviar la vista—. Pero al menos ahora sé quiénes son las que muerden y quiénes solo hacen ruido.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero estaba cargado de todo lo que no decíamos.
Me quedé mirando mis manos, todavía un poco temblorosas, mientras el silencio se estiraba. Nicolás no volvió a ponerse los auriculares, lo cual ya era una declaración en sí misma. Se quedó ahí, con la guitarra apoyada en el regazo, observándome con una fijeza que me ponía nerviosa, como si estuviera descifrando un código complejo o buscando la grieta en mi armadura que todavía no había logrado cerrar del todo.
Editado: 04.02.2026