Pov Olivia:
El sonido de la tiza de la profesora Méndez contra el pizarrón me estaba taladrando la cabeza. Era un ritmo constante, agresivo, que desglosaba las etapas de la unificación italiana como si no hubiera un mañana. En cualquier otra escuela, el escándalo de la asamblea habría dado pie a una semana de murmullos y aire relajado, pero esto era Crestwood. Acá, la mejor forma de enterrar un drama era tapándolo con una montaña de fotocopias y fechas de examen.
—Para el examen del jueves que viene, no me sirve que me repitan fechas de memoria —dijo Méndez, dándose vuelta y dejando una estela de polvo de tiza en el aire—. Quiero análisis. Quiero que entiendan las traiciones políticas, porque si no comprenden el pasado, no van a entender por qué esta institución se maneja como se maneja. El martes tendremos la hora de repaso para sacar dudas, pero asuman que el ochenta por ciento del material ya deberían haberlo procesado.
Escuché un suspiro colectivo a mi alrededor. A mi derecha, Mora estaba subrayando el libro con una velocidad que rozaba la neurosis. La miré de reojo; tenía el pelo recogido en un rodete desprolijo y un par de anteojos que solo usaba cuando el estrés académico superaba su umbral de tolerancia.
—Es imposible —susurró Mora sin dejar de marcar el texto—. Pretenden que ensayemos nuestra propia presentación, que coordinemos a los de primer año y que además sepamos qué pensaba Cavour en 1858. ¿En qué momento se supone que tenemos que dormir?
—No se supone que durmamos —respondí en el mismo tono, anotando una nota al margen en mi cuaderno—. Se supone que seamos brillantes. La brillantez no descansa, Mora. Acordate del lema de la entrada.
Méndez caminó por el pasillo central, pasando justo por al lado de mi banco. Me miró un segundo, una mirada rápida que analizó si mi insignia estaba derecha, y siguió de largo. No hubo una mención al hecho de que casi me expulsan hace menos de veinticuatro horas. Para ella, y para el resto del cuerpo docente, yo volvía a ser simplemente la alumna con el promedio más alto que no podía permitirse fallar en su clase.
Detrás de mí, escuché el crujido de un papel. No necesité darme la vuelta para saber que era Nicolás. Lo sentía ahí, con su energía pesada y ese aura de "esto me importa un carajo" que tanto le envidiaba en momentos así.
—Draven, espero que su falta de apuntes signifique que ya tiene la unificación italiana grabada en el ADN y no que está planeando entregar la hoja en blanco —soltó la profesora Méndez desde el frente, sin levantar la vista de su registro.
—Análisis, profesora. Usted lo dijo —la voz de Nicolás sonó relajada, demasiado relajada para el clima que había en el aula—. Estoy analizando cómo Garibaldi se habría sentido en una escuela con tantos uniformes planchados. Creo que le daría un infarto.
Un par de chicos soltaron una risita ahogada. Yo apreté la lapicera. La impunidad de Nicolás para enfrentar a los profesores siempre me ponía de los nervios, especialmente porque a él nunca parecían afectarle las consecuencias de la misma manera que a mí.
—Menos humor y más lectura, Nicolás. El jueves que viene no voy a ser tan paciente como la Directora —sentenció la profesora, cerrando el libro con un golpe seco que marcó el final de la clase.
El timbre sonó y el aula se convirtió en un caos controlado de carpetas cerrándose y sillas arrastrándose. Me colgué el bolso al hombro, sintiendo el cansancio acumulado en la base de la nuca. El jueves de examen se sentía como una ejecución programada, y el hecho de que hoy no tuviéramos talleres por la tarde solo significaba una cosa: el encierro en la biblioteca era obligatorio si quería sobrevivir a la nota de Méndez.
Caminé hacia la salida, pero una mano me frenó por el codo. Era Mora.
—Liv, vamos a la biblioteca apenas salgamos de la próxima, ¿no? Si no empiezo a resumir lo de la hora de repaso del martes ahora mismo, voy a colapsar en el pasillo —me dijo, con un rastro de pánico genuino en los ojos.
—Sí, vamos. Necesito sacar un par de mapas que solo están en la sección de reserva —le aseguré.
En ese momento, Nicolás pasó por nuestro lado. Caminaba con las manos en los bolsillos, sin mochila, como si estuviera de vacaciones en lugar de estar en una de las escuelas más exigentes del país. Me lanzó una mirada rápida, apenas un gesto que recordaba lo que habíamos hablado ayer en la 207.
—Suerte con Cavour, Seren —murmuró al pasar, con esa media sonrisa que me daban ganas de borrarle de un bofetón—. No te quemes las pestañas, mirá que si te quedás ciega no vas a poder ver las serpientes que te mandó a decir Méndez.
—Estudiá, Draven —le respondí sin mirarlo—. No quiero tener que explicarte la prueba el miércoles a la noche porque no entendés la diferencia entre un tratado y una declaración de guerra.
—No te preocupes. Yo soy más de la acción que de los tratados —dijo, y siguió caminando por el pasillo hacia la siguiente clase.
Mora me miró, extrañada. —¿Desde cuándo se hablan así sin querer matarse? —preguntó, ajustándose los anteojos.
—No nos hablamos así. Solo... establecimos los límites de la habitación —mentí, empezando a caminar—. Vamos, que si no llegamos temprano a la biblioteca, los de quinto año van a ocupar las mesas del fondo y no vamos a tener paz.
El aire en la biblioteca de Crestwood tenía un olor específico. No era solo el olor a encuadernación de cuero y papel viejo que yo tanto amaba; era la presión estática de trescientos adolescentes intentando demostrar que eran genios mientras sus niveles de cortisol atravesaban el techo. La hipocresía académica de la institución se sentía en cada rincón: nos exigían que el show de medio año fuera una pieza de arte revolucionaria, pero nos advertían que si nuestras notas bajaban un solo decimal por el tiempo dedicado a los ensayos, nuestra excelencia sería puesta en duda.
Caminé entre las mesas buscando un lugar, con Mora pegada a mis talones. El panorama era desolador. En la sección de ciencias, los de quinto año estaban atrincherados detrás de torres de libros de Química Orgánica, murmurando fórmulas como si fueran rezos. Los de último año –y compañeros nuestros –ocupaban los ventanales, rodeados de manuales de Análisis Matemático y Geometría Analítica, con caras que gritaban privación de sueño.
Editado: 04.02.2026