Se podría decir que mi vida es exitosa. Tengo veintinueve años, un título en Marketing y Estrategia Digital por la Universidad de Seúl y, tras cuatro años de incansable trabajo en Grupo Bio Hwa, soy daeri y tengo un equipo a mi cargo.
Bueno... esas eran las expectativas con las que soñaba Han Ji-woo, aunque su realidad fuera otra.
CAPÍTULO I: 불운한 사람 (Bununhan saram) Desafortunada
(Capitulo I; I:III)
Ji-woo llegó temprano, como de costumbre, a la oficina que compartía con sus compañeros. Como cada día, tomó el metro repleto de gente y compró un café antes de entrar a la torre corporativa. Se sentó en su estrecho cubículo y leyó las notas adhesivas que tenía pegadas en los paneles laterales de los estantes; mensajes que ella misma había escrito para darse ánimos.
Cuando llegaron los demás, ella comenzó a asignarles las tareas del día. Muy lejos de hacerle caso, cada quien tomaba las órdenes como quería. Ji-woo trataba de que su equipo llevara el ritmo de trabajo, pero su falta de autoridad provocaba que, al final, se quedara hasta tarde para concluir los pendientes que los demás no hacían.
Cerca del mediodía llegó el gerente de piso, el señor Cha Joo-sung. Era un hombre déspota y autoritario que disfrutaba de menospreciar a sus subordinados y adular a sus superiores.
—¡Señorita Han! —le gritó mientras se dirigía a su cubículo, señalándola con una varita apuntadora—. ¡¿Por qué no han terminado el informe que pedí en la mañana?!
Continuó gritándole mientras sus compañeros miraban hacia otro lado, haciéndose los distraídos.
—Enseguida se lo envío, gerente Cha —dijo sumisa, encogiéndose ante la intimidación de su jefe.
—¡No sé cómo puede ser daeri en este piso, su equipo es el peor de todos! —siguió bramando él.
—Se lo enviaré enseguida, gerente Cha —repitió ella, dedicándole una reverencia sumisa.
Cuando el gerente se marchó, Ji-woo se levantó y fue hacia el cubículo de Park Kang-min.
—Señor Park, ¿aún no ha mandado el informe para el señor Cha que le pedí ayer? —le preguntó en tono cálido.
—Señorita Han, ¿usted cree que soy una máquina? ¿No ve que tengo trabajo atrasado? Hágalo usted si está tan apurada —le contestó de mala manera su subordinado.
Ella apretó los labios y le hizo una pequeña reverencia con la cabeza.
—No se preocupe, yo me hago cargo —repuso.
Regresó a su computadora y comenzó a redactar el informe a toda velocidad, relegando su propio trabajo.
Ella almorzaba sola en la cafetería de la empresa, mientras veía el capítulo de un webtoon en su teléfono. Cuando llegaba la hora de salida, todos se marchaban apresurados para evitar que ella tuviera oportunidad de pedirles que se quedaran a terminar las tareas. Ji-woo permanecía hasta tarde para concluir los pendientes de su equipo. Pasadas las diez de la noche, entraba a su departamento prácticamente a dormir. A veces se quedaba dormida en el sillón hasta el día siguiente, intentando ver una película en la televisión. Los fines de semana se encerraba en casa, pedía chimaek y consumía series.
Un sábado fue al mercado local a comprar un poco de fruta y vio en uno de los puestos que vendían peces de colores. Se detuvo por un instante, disfrutando de cómo se movían por el agua. El empleado del local terminó vendiéndole una pecera completa con todo el equipamiento. El pez tenía la cola chueca y se iba de lado algunas veces. Le puso de nombre Dangdanghan y se ocupaba de cambiarle el agua los sábados o domingos.
Un fin de semana le estaba limpiando la pecera a Dangdanghan. Lo tenía en la red, apoyada en el borde del acuario y sumergida en el agua, lista para mudarlo, cuando la madre de Ji-woo la llamó por teléfono. Al terminar la llamada, el celular se le resbaló y se le coló entre los dedos. El aparato golpeó directamente el mango de la red, catapultando a Dangdanghan por el aire a través de la ventana del segundo piso que daba a la calle.
Esa fue la corta vida de Dangdanghan.
Era viernes por la mañana. Ji-woo estaba apurada vistiéndose porque se le hacía tarde para ir a trabajar. Se puso lo primero que encontró y salió apresurada del departamento. Segundos más tarde, regresó para recoger el celular que había dejado olvidado en la mesa. En camino hacia la estación del metro, vio la hora y se tranquilizó porque todavía llegaría a tiempo. Sin embargo, el metro iba tan abarrotado de personas que no pudo bajar en su parada. Se apeó apresurada en la siguiente estación y caminó a toda prisa hacia el edificio corporativo. Tras cruzar los torniquetes de seguridad, se paró frente al elevador a esperar; subió en este con un tumulto de empleados que también llegaban retrasados y marcó el piso en el panel.
Cuando llegó a la oficina, sus compañeros ya llevaban unos pocos minutos trabajando en sus lugares. Saludó con una discreta reverencia con la cabeza mientras caminaba hacia su escritorio. Se sentó y encendió la computadora. En un instante, el gerente Cha llegó furioso a su lado.
—¡Han Ji-woo! ¡La campaña de las nuevas vitaminas se está desplomando y usted llega tarde!
Ella lo miró asombrada.
—Pero, gerente Cha, se entregó todo correctamente a tiempo.
—¡El departamento legal ha frenado todo! ¡Encontraron dos palabras no científicas! ¡¿Cómo hará para resolver esto?! —continuó gritándole.
Ella observó de reojo a un subordinado, pero este desvió la mirada.
—Gerente Cha, le envié el informe final junto con la copia para que lo revisara antes de enviarlo —le dijo ella.
—¿Me está culpando a mí, señorita Han? —le espetó el gerente de manera amenazante.