CAPÍTULO VI: 피로 맺어진 인연 (Piro maej-eojin in-yeon) Lazos
El viernes por la tarde, la oficina de marketing de Grupo Bio Hwa se vació a las cinco en punto. Ji-woo regresó a su nuevo departamento manejando con total soltura su auto eléctrico. Sin embargo, al cruzar el umbral del espacioso salón, la paz que había conquistado durante la semana se disipó un poco. Se sentó al pie de la mesa ratona, contemplando el celular con una mezcla de ansiedad y nerviosismo.
Tae-oh se acomodó a su lado en el sillón espacioso, observándola con atención mientras cruzaba los brazos.
—¿Qué pasa, Ji-woo ya? Llevas cinco minutos mirando la pantalla como si fuera a explotar —le cuestionó con suavidad.
—Tengo que llamar a mi madre… para confirmar la cena de mañana —admitió ella en un murmullo, apretando los labios—. Siempre que hablo con ellos termino sintiéndome un poco presionada.
—¿Por qué habrías de sentirte así? Eres la subgerente de un corporativo importante —le recordó él, infundiéndole confianza.
—No lo entiendes, oppa… —susurró ella, bajando la mirada para juguetear con la costura de su pantalón—. Siempre que voy a verlos, siento que entro a una entrevista de trabajo. Soy hija única, y mi padre se comporta como todo un empresario rígido que nunca se conforma con nada de lo que hago.
—Eres la subgerente de un corporativo importante. ¿Qué más podría pedir? —le cuestionó él, infundiéndole confianza.
—Él quería que yo administrara sus edificios y me encargara de los bienes raíces familiares. Para mi padre, que yo decidiera estudiar marketing corporativo en lugar de seguir sus pasos es casi como si estuviera perdiendo el tiempo —Ji-woo suspiró, encogiéndose un poco de hombros de forma inconsciente—. Por eso evito hablar de mi trabajo cuando estoy con él. Siempre encuentra un detalle para hacerme sentir que debí hacer más.
Tae-oh se inclinó hacia ella, tomándola suavemente de la muñeca para hacerla levantar la cabeza.
—Eso era antes, Ji-woo ya. Ya no eres la empleada a la que todos pisoteaban en la oficina. Mañana vas a llegar en tu propio auto y vestida para ti misma. No tienes que pedirle aprobación a nadie. Toma el teléfono, tu oppa estará justo a tu lado en esa mesa.
Ji-woo miró profundamente sus ojos protectores y sintió que la rigidez de su pecho cedía un poco. Inspiró hondo, enderezó la espalda y marcó el número de su madre. El tono sonó tres veces antes de que respondieran al otro lado de la línea.
—¿Ji-woo? Qué sorpresa que llames, hija —repuso la voz de su madre con un tono pausado y formal—. ¿Ocurre algo malo con el departamento de la planta alta?
—No, madre, todo está perfecto con la mudanza —respondió Ji-woo, cuidando de que su voz sonara serena y ejecutiva—. Llamaba para confirmar nuestra cena de mañana por la noche. Nos veremos en el restaurante de siempre a las siete.
Se escuchó una pequeña pausa en la línea y, de fondo, el carraspeo severo de su padre.
—Ah, excelente. Tu padre dice que le parece muy bien —comentó su madre, bajando un poco el volumen de la voz—. Pero me pide que te recuerde que por favor seas puntual. Ya sabes lo estricto que es con los horarios, y no quiere que llegues con esa cara de cansancio que traes a veces de la oficina.
Ji-woo apretó con fuerza el celular, pero en lugar de agachar la cabeza como solía hacer, sostuvo la mirada de Tae-oh, quien le asentía con la cabeza dándole ánimos.
—No se preocupen por eso. Llegaré a tiempo y por mi cuenta —declaró Ji-woo con una firmeza que dejó a su madre en silencio por un segundo—. Que tengan buena noche. Nos vemos mañana.
Colgó la llamada antes de que su madre pudiera interrogarla sobre su inusual tono de seguridad. Dejó el celular sobre la mesa y exhaló el aire contenido, sintiendo el pulso acelerado.
Tae-oh soltó una brillante sonrisa de orgullo absoluto y le dio un sutil empujón juguetón en el hombro.
—¡Daebak! Esa fue una respuesta digna de una verdadera líder —le festejó—. Mañana será una gran victoria para ti, ya lo verás.
Él la tomó de la mano y la hizo sentarse de nuevo en el sillón, con una mirada repleta de orgullo por el gran paso que acababa de dar ante su familia.
—Esa es mi chica. Mañana todo saldrá excelente, ya lo verás —le aseguró Tae-oh, dándole un sutil apretón en los dedos.
Después de que Ji-woo se calmó por completo, fueron juntos a la barra a cocinar algo bastante ligero para cenar, cuidando que ella pudiera descansar bien y estuviera perfecta para presentarse con sus padres a la noche siguiente. Entre juegos con los utensilios y risas compartidas mientras sazonaban las verduras, el espacio se redujo y, sin planearlo, volvieron a quedar frente a frente, a escasos centímetros de distancia. Ji-woo se congeló, sosteniéndole la mirada con el corazón latiéndole a mil por hora; se quedó estática, casi esperando y anhelando que él la besara en los labios en ese mismo instante. Sin embargo, la cruda realidad la golpeó de golpe; volvió en sí de inmediato y desvió la mirada hacia la estufa con presteza.
Tae-oh dio un paso atrás, asintiendo lentamente en silencio. Él entendía a la perfección por qué ella se mostraba tan reacia a besarlo o a profundizar en ese afecto. Ambos sabían, en lo más profundo de su ser, que en algún momento se tendrían que despedir de forma definitiva, aunque prefirieran no vocalizarlo para no romper la magia de su presente.
Cenaron en la mesa del comedor en medio de un ambiente un poco incómodo y silencioso por la tensión acumulada, pero gracias a una ocurrencia divertida de él sobre las compras de Gangnam, se recuperaron rápido.
Al terminar de limpiar la cocina, Ji-woo acomodó las cobijas. Por fin, gracias al nuevo departamento de dos habitaciones, Tae-oh tenía su propio cuarto y una cama de verdad donde acomodar su imponente estatura sin tener que encorvarse en el viejo sillón de la sala.