La lluvia caía sobre Forks con una fuerza constante, golpeando el parabrisas del auto policial de Charlie Swan.
Bella observaba las gotas deslizarse lentamente mientras apoyaba la cabeza contra la ventana.
Odiaba mudarse.
Odiaba empezar de nuevo.
Y, sobre todo, odiaba sentir que todos le ocultaban algo.
Charlie conducía en silencio. Sus manos sujetaban el volante con demasiada fuerza.
Eso también era extraño.
—Papá… ¿vas a decirme qué está pasando? —preguntó Bella finalmente.
Charlie tardó varios segundos en responder.
—Solo quiero que tengas cuidado.
—¿Cuidado de qué?
—De todo.
Bella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso no responde nada.
Charlie suspiró cansadamente.
Había envejecido mucho desde la última vez que Bella estuvo en Forks. Las ojeras bajo sus ojos parecían más profundas y el cansancio se notaba incluso en su voz.
—Han pasado algunas cosas raras últimamente —murmuró.
Bella frunció el ceño.
—¿Qué tipo de cosas?
Charlie dudó.
—Personas desaparecidas cerca del bosque. Robos extraños. Y…
Se detuvo.
—¿Y qué?
Charlie tragó saliva.
—Las cartas.
Bella sintió un escalofrío.
Las primeras cartas aparecieron dos meses atrás, cuando todavía vivía con Renée.
No tenían remitente.
Ni huellas.
Ni explicación.
Solo mensajes escritos con tinta negra.
“Ella no debe volver a Forks.”
“Te estamos observando.”
“La chica morirá.”
Charlie intentó convencerla de que probablemente era una broma cruel.
Pero las llamadas silenciosas comenzaron después.
Y luego las sombras observándola desde lejos.
Bella jamás olvidaría la noche en que encontró a alguien parado frente a su ventana bajo la lluvia.
Solo una silueta inmóvil.
Mirándola.
La policía nunca encontró a nadie.
Bella apretó las mangas de su suéter.
—Creí que todo eso había terminado.
—Yo también.
El auto giró lentamente por la carretera rodeada de árboles oscuros.
Forks seguía exactamente igual.
Húmedo.
Frío.
Demasiado silencioso.
Charlie estacionó frente a la preparatoria.
Los estudiantes caminaban bajo paraguas mientras el cielo gris cubría todo el lugar.
Bella respiró profundamente.
Primer día. Otra vez.
—Estaré bien —dijo intentando sonar segura.
Charlie no respondió.
Bella lo miró confundida.
Entonces notó que él observaba algo al otro lado del estacionamiento.
O más bien… a alguien.
Un chico alto estaba apoyado contra un Volvo plateado.
Piel pálida.
Cabello cobrizo despeinado.
Rostro perfecto e inexpresivo.
Sus ojos dorados estaban fijos directamente en Bella.
Sin apartarse ni un segundo.
Bella sintió un escalofrío inmediato.
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
Charlie desvió la mirada incómodo.
—Edward Cullen.
El nombre quedó suspendido entre ellos.
—¿Y por qué me está mirando así?
Charlie dudó demasiado antes de responder.
—Porque él será quien te cuide.
Bella soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Perdón?
—Carlisle ofreció ayuda después de lo de las amenazas.
—¿Ayuda? Papá, no necesito niñera.
—No es negociable, Bells.
Bella lo observó sorprendida.
Charlie rara vez hablaba con tanta firmeza.
—¿Quién demonios es ese chico?
Charlie tomó aire lentamente.
—Alguien en quien puedes confiar.
Bella volvió a mirar hacia el estacionamiento.
Edward seguía observándola.
Inmóvil.
Como una estatua.
Entonces, lentamente, inclinó apenas la cabeza.
Como si la estuviera saludando.
O reconociendo.
Bella sintió un extraño nudo en el estómago.
Había algo aterrador en él.
Algo imposible de explicar.
Y aun así…
No podía dejar de mirarlo.
Edward dio un paso hacia adelante.
Y Bella tuvo la sensación de que, desde ese momento, su vida acababa de cambiar para siempre.