Mi Otra Mitad

Capítulo 5

—Ava —siento que mueven mi brazo—. Despierte.

No es la voz de mi amante.

—Mmm... —me remuevo un poco en el lugar.

—¿Está bien? —logro enfocar mi vista en la persona que está ligeramente inclinado a mi lado.

Xuban.

—¿Por qué? —pregunto adormilada.

¡Mi pobre cuerpo!

—Creí haberla escuchado gritar... tal vez fue un sueño.

—Me la he pasado durmiendo.

No llevo ni una hora aquí.

—¿Necesita algo? —bostezo negando—. Despierte a mi hermano, le dará las siguientes indicaciones.

—Bueno.

¿Indicaciones? ¿De qué habla?

Eso hace que despierte bien escuchando cuando cierra la puerta.

—¿Cómo se siente? —lo veo estirarse sonriente.

—Me duele un poco el cuerpo —hago una mueca mientras imito su acción—. Fue intenso esta vez.

—Es bueno que le haya gustado —me guiña un ojo divertido.

Duerme dos minutos y ya está renovado, yo ni eso.

—¿De qué hablaba tu hermano? Algo de unas indicaciones que me darías.

Asiente con la cabeza y se levanta tomando mi mano y guiandome de nuevo a la pequeña habitación. Entro y encuentro un gran desorden en la cama producto de nuestras acciones hace unos instantes. Pero también veo que hay una valija bordó arriba de esta que yo recuerde no la traje.

—¿Y si hubiera entrado Xuban? —susurro alarmada.

—No lo iba a hacer, conozco a mi hermano —se encoje de hombros y me acerca la valija que no he despegado la mirada de ella aún—. Abre.

Eso hago. ¡Oh por favor!

—Neel —lo miro sin creerlo y vuelvo a mirar la ropa sacándola—. Esto es demasiado...

—Arreglese, después vaya a la primera parte a reunirse con nosotros —asiento anonada.

Cuando sale aprovecho de quitarme el vestido dejándolo a un lado de donde está la ropa que he ordenado. Observo ambos, hay una gran diferencia. Por un lado tenemos mi vestido de princesa fucsia oscuro, por el otro hay una camisa celeste sin mangas y un pantalón corto de jean negro, y...

Ni loca me pondré esas vans, si no tiene algo de plataformas que ni lo piense.

Me visto rápido sintiéndome extraña al colocarme esa ropa, nunca pensé vestirme de esa manera. Mis piernas están descubiertas y la camisa es liviana.
Cuando veía películas o algunos programas en la tele, observaba que muchos estaban vestidos de otra manera y más las mujeres, mi madre me decía que era porque ellos tenían una vida muy distinta a la nuestra, también porque no teníamos las mismas costumbres. Igual, se le escapaba el detalle de que las personas del pueblo vestían como los que veía en la tele o alguna red social.
Con el paso del tiempo pude comprender bien mi vida, así que tuve que aceptar no más mi realidad.

Antes de salir, paso mis manos por el vestido, voy a extrañar vestir así. Con mirada nostálgica salgo de la pequeña habitación topandome justo con Neel.

—Sabía que no ibas a colocártelas —señala en el suelo unas simples sandalias blancas con tiras finas doradas, y por supuesto, tiene plataforma alta.

—Me encanta.

—Conozco sus gustos.

Me coloco rápido las sandalias no olvidando de prenderlas y ajustar las tiras.
Él me ayuda en cada momento. ¿Ven? Uno de los motivos que me atrae.

Principessa —dice en italiano haciéndome sonreír pidiendo mi mano, me da una vuelta y por último deja un pequeño beso en mis labios—. Bella.

Grazie —me encojo de hombros sonriendo—. ¿Ahora hablaremos con ellos...?

—No has terminado, falta maquillarte.

—Entiendo. Labial, base y máscara para pestañas, listo.

—Tendrá que aprender a maquillarse más —arquea una ceja mirando mi cara.

—Ajá, casi —me alejo para buscar mi estuche de maquillaje y hacer lo único que sé.

—¿Tantos años que la arreglaron y no aprendió nada? —en su voz hay un deje de reproche.

—No —aplico brillo labial y por último la máscara de pestañas.

—¿Delineador tampoco?

—Lloro cuando lo hago, lo odio —guardo todo en su lugar volviendo a guardarlo en mi bolso—. Listo.

—Vamos.

Pasamos a donde están mi hermano y mi escolta, y a penas escuchan la puerta abrirse... suelto una carcajada por sus expresiones.

Sí, no soy de las típicas princesas refinadas pero tampoco de las maleducadas.

—Dejen de mirarme así, sigo siendo yo chicos.

—Si no te reías no te hubiese reconocido —dice Dante.

—Concuerdo —sonríe de lado Xuban.

—Exagerados —pongo los ojos en blanco y me siento del lado contrario a ellos.

Neel nos entrega un sobre rectangular y grande, al abrirlo encontramos pasaportes y nuevos documentos.

—¿Agatha Matthews?—pregunto irónica.

—¿Alec Cranstron?

Nos miramos confundidos con mi hermano. ¿Por qué nos dan esto?

—Son sus nuevos nombres —comienza a explicar Xuban sentado en frente de Dante—, por lo tanto deben de tener una historia cada uno. Una vez lleguemos a Estados Unidos, ustedes se olvidarán de sus raíces y de que vienen de la realeza.

—¿Pero por qué?

—Ava, debes entender que nadie los debe de reconocer.

—Tampoco conocemos a alguien de aquí, es inútil hacer todo esto —mi hermano tira el sobre a la mesa—. No pueden cambiar así como así con algo tan importante.

—Los reyes solicitaron esto para ustedes, es por su bien —con voz tranquila aclara su escolta desde la puerta.

—¿Qué falta ahora? ¿Nos van a cortar y cambiar el color de nuestros cabellos? —no puedo evitar que mi voz exprese enojo, y aumenta cuando ambos escoltas asienten con la cabeza—. ¡¿Qué?! ¡No seré rubia!

—¡Yo no seré castaño!

—Repito, los reyes solicitaron...

—¡Pero ahora no están! Yo no haré eso, me niego a hacerlo.

—Lo haremos por la fuerza —me contesta con simpleza Xuban.

—La tocas y te la vez conmigo, a mi hermana nadie le hace algo —miro al escuchar la voz profunda y enojada de Dante, jamás lo he visto así.

El ambiente se torna tenso y las miradas desafiantes de Xuban y Dante hacen crecer la tensión.




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