Mi Otro Rostro

Capítulo 1—La mujer sin espejo

Vera despertó con el sabor metálico del miedo pegado a la lengua.

No fue un recuerdo lo que la arrancó del vacío, sino un dolor que parecía venir desde adentro, como si le hubieran llenado el pecho de vidrio molido. El mundo era un techo blanco, luces que ardían, un pitido insistente y el sonido de un líquido goteando con paciencia cruel.

Intentó moverse.

El dolor le apretó la garganta, y un gemido escapó de su boca antes de que pudiera evitarlo.

—No. No te levantes.

La voz masculina llegó como una orden tranquila. No era la voz de un enfermero. No era una voz amable. Era una voz que no pedía permiso.

Vera giró la cabeza con torpeza. La visión le temblaba. Vio una silueta junto a la cama: alto, traje oscuro, rostro a medias por la luz fría. Cuando intentó enfocar, su cabeza palpitó.

—¿Dónde… estoy? —susurró, sintiendo que su propia voz no encajaba en su boca.

—En un hospital —dijo él—. Estás viva. Eso es lo importante.
“Viva.”

La palabra debía sonar bien. Debía aliviar. Pero en Vera abrió una grieta, porque estar viva no respondía lo esencial. Lo esencial era lo que se le había ido como una mano arrancada: su historia.

Trató de tragar saliva. Tenía la garganta seca. Y entonces el pánico le subió desde el estómago, rápido, brutal, sin aviso.

—¿Quién soy? —preguntó de golpe—. ¿Cómo me llamo?

El hombre guardó silencio.

Ese silencio fue una agresión. Un cuchillo lento.
Vera sintió cómo se le humedecían los ojos.

—Dígame mi nombre —insistió, la voz quebrada—. Por favor.

Él la observó como se observa un objeto frágil que podría romperse con el gesto equivocado.

—Te llamas Vera —dijo al fin.

El nombre cayó sobre ella como una piedra lanzada al agua.

No hubo onda. No hubo chispa. No hubo nada.
Solo vacío.

—¿Vera…? —repitió, probándolo—. ¿Y mi apellido?

El hombre tardó demasiado en responder. Y ese “demasiado” dejó una marca. Vera lo sintió en la piel, aunque no supiera explicarlo.

—Solenne.

El apellido tampoco despertó memoria. Pero sí despertó otra cosa: una tristeza antigua, como si su cuerpo reconociera el sonido de un duelo.

—Vera Solenne… —murmuró, y el nombre no le perteneció.

Le temblaron los labios. La habitación se hizo demasiado grande. El pitido demasiado fuerte.

Vera miró de nuevo al desconocido.

—¿Y usted? —su voz subió, urgente— ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Él inspiró despacio, como si ya hubiese decidido todas las palabras antes de que ella las pidiera.

—Mi nombre es Alaric Varnier.

Vera parpadeó. Aquel apellido no era el suyo. No era un espejo. No era familia.

—¿Varnier…? —preguntó— ¿Es médico?

—No.

—¿Entonces por qué está aquí?

Alaric no sonrió. Ni siquiera fingió ternura. Solo se inclinó un poco hacia ella, y Vera sintió algo incómodo: una cercanía que imponía.

—Porque fui el padrino de tu bautizo. Y porque tus padres… me confiaron cosas.

La palabra “padres” hizo que a Vera se le helara la sangre.

—¿Mis padres? —susurró—. ¿Dónde están? ¿Puedo verlos?

Alaric sostuvo su mirada. Y en esa quietud, Vera supo la respuesta antes de oírla.

—Vera… hubo un accidente de auto —dijo él.

La frase se coló en ella como humo venenoso.

—¿Accidente…? —repitió, negando con la cabeza—. No… no entiendo. ¿Mis padres están vivos? ¿Dónde están?

Alaric tardó un segundo. Un segundo exacto. El tipo de segundo que decide el destino de una persona.

—Murieron, chocaron con otro auto—dijo finalmente—. Tú eras la única con pulso cuando llegaron los paramédicos.

Vera se quedó inmóvil. El mundo se detuvo.

Y luego, como una ola, el horror.

—No… —susurró, y la palabra se le partió—. No… yo… no los recuerdo.

Las lágrimas le brotaron con violencia, como si su cuerpo no necesitara memoria para llorar. Lloró por dos personas desconocidas que, sin embargo, eran su origen. Lloró por la injusticia de no poder sentirlos. Por no poder nombrarlos con amor.

—Quiero verlos —dijo con desesperación—. Quiero… quiero algo. Una foto. Una voz. Algo que me diga que ellos existieron.

Alaric no se movió.

—Vas a verlos —respondió—. Pero no ahora.

Vera apretó la mandíbula. Intentó levantarse, y un dolor agudo le recorrió los brazos.

—¡Ah…!

Bajó la mirada. Fue entonces cuando comprendió: ambos brazos estaban envueltos en yeso, grueso, hasta casi el codo. Estaban pesados, ajenos, como si no fueran suyos.




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