Vera despertó como si regresara de un lugar donde no existía el dolor… y al mismo tiempo, como si nunca hubiera salido de él.
No abrió los ojos de inmediato. El cuerpo le pesaba, no como cuando se está cansado, sino como si cada parte hubiera sido movida, tocada, alterada por manos ajenas. El rostro le ardía. No de un modo violento, sino persistente, profundo, como una quemadura que no terminaba de apagarse.
Respiró.
El aire entró con dificultad, cargado de un olor químico que le resultó insoportablemente familiar. Hospital. No recordaba haber estado antes en uno, pero su cuerpo lo sabía. Su cuerpo parecía saber muchas cosas que su mente no.
Intentó mover los brazos.
Le respondieron.
Ese simple detalle la llenó de inquietud.
La última vez que había sido consciente, sus brazos estaban atrapados en yeso, inútiles, ajenos. Ahora podía doblar los dedos, aunque con torpeza, como si no terminaran de obedecerle. Sintió un leve temblor recorrerle las manos.
—¿Hola…? —susurró.
Su voz salió áspera, extraña. No era la voz que había escuchado antes. No supo explicar por qué, pero le dio la sensación de que su garganta tampoco era del todo suya.
Abrió los ojos.
La luz era suave, controlada. Nada de focos agresivos. Nada que lastimara. Cortinas cerradas. Paredes blancas. Demasiado blancas. El tipo de blancura que borra las sombras… y también las referencias.
Buscó reflejos por instinto.
No había ninguno.
No había espejo.
No había metal pulido.
No había cristal.
Nada que pudiera devolverle su imagen.
El corazón le dio un golpe seco.
—¿Alaric…? —llamó, y el nombre salió antes de que pudiera pensarlo.
La puerta se abrió casi al instante, como si hubiera estado vigilando.
Alaric Varnier entró con paso medido. Traje oscuro. Impecable. Ni una señal de cansancio en el rostro. No parecía un hombre que hubiera pasado noches enteras en una sala de hospital. Parecía alguien que pertenecía al lugar por derecho.
—Despertaste —dijo.
Vera intentó incorporarse. El movimiento le tensó el rostro, y un dolor más agudo le atravesó la cabeza, arrancándole un gemido involuntario.
—No —ordenó él, acercándose—. No intentes moverte todavía.
—¿Ya pasó…? —preguntó ella, respirando con dificultad—. ¿La cirugía?
—Sí —respondió Alaric—. Terminó hace dos días.
Dos días.
Dos días en los que no había sido nadie.
—Me duele —susurró Vera—. Siento… siento como si mi cara no encajara.
—Es normal —dijo él—. Hubo reconstrucción. Ajustes precisos. Tu cuerpo necesita tiempo.
La palabra reconstrucción le revolvió el estómago.
—Quiero verme —dijo, casi en automático—. Necesito verlo.
Alaric no respondió de inmediato.
—No ahora.
La respuesta la irritó más de lo que esperaba.
—Siempre dices eso —murmuró—. Nunca es el momento adecuado.
—Porque aún no estás preparada —replicó él—. Verte ahora solo provocaría rechazo. Confusión.
—¿Y no crees que ya estoy confundida? —preguntó ella, con un hilo de rabia—. No sé quién soy. No recuerdo mi vida. No recuerdo mi cara. ¿Qué más puedes quitarme?
Alaric la observó en silencio, como si evaluara el impacto de cada palabra.
—No te he quitado nada —dijo al fin—. Te he salvado.
Vera cerró los ojos un instante.
—Salvar no debería sentirse así —respondió.
Alaric no discutió.
—¿Cuánto tiempo voy a estar aquí? —preguntó ella—. Encerrada.
—El necesario —respondió—. Hasta que puedas moverte con normalidad.
—¿Y después?
Alaric ladeó ligeramente la cabeza.
—Después empezarás a vivir.
La forma en que lo dijo no sonó a promesa.
—Quiero saber algo —dijo Vera, abriendo los ojos—. Margaux Bellamy… ¿sus padres saben del accidente?
Alaric negó con calma.
—No saben nada.
Vera frunció el ceño.
—¿Nada? —repitió—. ¿Ni siquiera que estuvo hospitalizada?
—Para ellos, Margaux está de vacaciones —dijo—. Viajó con una amiga. Eso es todo lo que creen.
—¿Y no se preocupan? —preguntó Vera, genuinamente desconcertada—. ¿No llaman? ¿No preguntan?
Alaric la miró con una expresión que rozaba el desprecio.
—Margaux llevaba una vida… desordenada —explicó—. No solía rendir cuentas. Sus ausencias prolongadas no son una novedad para su familia.
—¿Así de fácil? —Vera sintió un nudo en el pecho—. ¿Simplemente… no les importa?
—Cada familia ama a su manera —respondió él—. Algunas solo saben amar cuando conviene.