Vera se dio cuenta de que ese día terminaría el encierro por un detalle mínimo: la enfermera le trajo ropa.
No una bata. No una sábana doblada. Ropa de calle, cuidadosamente planchada, colocada dentro de una bolsa con el mismo respeto con el que se entrega un objeto caro. El tipo de respeto que no se le tiene a una paciente, sino a un apellido.
En cuanto la puerta se cerró, Vera se quedó mirando la bolsa como si fuera una amenaza.
Había pasado días aprendiendo a respirar sin desesperarse, a dormir con el dolor del rostro como un animal vigilante, a sostener el silencio como si fuera lo único que todavía le pertenecía. Y ahora, de pronto, el mundo le exigía caminar.
Se escuchó el clic suave de una cerradura.
Alaric Varnier entró sin prisa. No traía carpeta. No traía informes. Traía un abrigo oscuro en el brazo y la expresión de quien ya había movido todas las piezas.
—Vístete —dijo—. Tienes diez minutos, tu madre y tu hermano vienen por ti —dijo en tono de burla.
Vera no discutió el tiempo. Discutió lo que importaba.
—¿Qué sabe mi nueva familia? —preguntó, directo.
Alaric se acercó a la mesa y dejó allí un sobre cerrado.
—Lo necesario —respondió—. Que tuviste una caída. Que golpeaste la cabeza. Que despertaste con amnesia.
Vera sostuvo su mirada.
—¿Qué parte de “lo necesario” no incluye preguntas?
—Las preguntas existirán —dijo Alaric—. Pero tú no las responderás.
Vera apretó la mandíbula.
—¿Y si mi nueva madre insiste?
—Tu madre no es sentimental —respondió—. Es correcta. Se preocupará lo justo. Y luego hará lo que siempre hace: mantener la apariencia.
Vera se quedó quieta un segundo, absorbiendo el perfil como quien memoriza un terreno enemigo.
—¿Y mi hermano?
Alaric la observó.
—Tu hermano mira demasiado —dijo—. Eso sí es un problema. Por eso no vas a hablar más de lo necesario. Una frase. Dos. Nada de detalles.
Vera bajó la mirada al sobre.
—¿Qué es esto?
—El informe médico —respondió—. Del hospital que ellos conocen.
Vera lo tomó sin abrirlo.
—¿Y tú? —preguntó, sin rodeos—. ¿Qué vas a hacer cuando lleguen?
Alaric ni parpadeó.
—No estar aquí.
La respuesta fue tan firme que a Vera le recorrió un alivio amargo.
—Bien —murmuró—. Porque si te ven conmigo, tendría que explicar quién eres.
Alaric se acercó, hasta quedar al borde de su espacio personal.
—Yo no me explico —dijo en voz baja—. Me oculto.
Vera lo miró, sintiendo el escalofrío en la nuca.
— ¿Crees que al salir de aquí van a pedirme que firme algo? ¿Van a revisar mi identidad? No he practicado la firma de Margaux.
Alaric ladeó la cabeza, casi con paciencia.
—Tu identidad es la que ellos esperan ver —dijo—. Y tu amnesia es la coartada perfecta.
Vera soltó el aire lentamente.
—Entonces… solo tengo que parecer perdida.
—No parecer —corrigió—. Estás perdida. Solo no intentes pelear con eso.
Vera miró la bolsa de ropa y luego a él.
—Voy a vestirme —se puso de pie y se dirigió al baño privado —Espero no hagan muchas preguntas —.respecto al volver.
Alaric sostuvo su mirada como si esas palabras le complaciera.
—No reaccionas —dijo—. La confusión es tu escudo. El silencio, tu arma.
Vera tragó saliva.
—¿Y el teléfono?
Alaric sacó el móvil, ya estaba dentro del bolso, con el cargador, la cartera, las llaves. Todo dispuesto como un kit de supervivencia.
—Ya está listo —dijo.
Vera lo miró con desconfianza, no por el objeto, sino por lo que significaba: un mundo ajeno en una pantalla.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
Alaric no respondió de inmediato. Solo desbloqueó el teléfono con una naturalidad que siempre le pareció ofensiva, como si tuviera derecho a todo.
Buscó un contacto. Escribió. Guardó.
Camila.
Vera no preguntó “quién es Camila” como si fuera una niña. Lo entendió antes de oírlo.
—Tu número —dijo ella.
Alaric levantó la vista.
—Mi número —confirmó—. Desde ahora, si tengo que llamarte o escribirte, seré una mujer. Una amiga. Un nombre que nadie cuestiona.
Vera sintió el asco subirle por la garganta.
—¿Vas a vigilarme?
Alaric sonrió apenas.
—Voy a corregirte —respondió—. Si te sales del guion, te caes.