Mi Otro Rostro

Capítulo 5—El reflejo que no recordaba

La mansión no se imponía por exageración, sino por seguridad. No necesitaba adornos excesivos ni colores llamativos. Era grande porque siempre lo había sido. Porque podía permitirse serlo. Piedra clara, líneas limpias, ventanales altos. Una casa que no pedía permiso para existir.

Vera sintió un leve nudo en el estómago.

—Ya llegamos —dijo su madre, como si anunciara algo cotidiano.

Casa.

La palabra seguía sin encajarle.

Al bajar del auto, el aire le rozó el rostro y el parche de la frente tiró apenas. Caminó despacio, con cuidado, consciente de cada paso. No por debilidad física, sino por estrategia. Una mujer con amnesia no se mueve con seguridad. Se mueve midiendo.

La puerta principal se abrió antes de que tocaran.

Un hombre mayor, impecable, inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Bellamy —saludó—. Bienvenida.

Vera sostuvo la mirada. No sonrió. No fingió reconocimiento. Solo asintió con una educación contenida.

El interior de la casa era aún más imponente. Techos altos, mármol claro, escaleras amplias. Todo estaba pensado para ser visto… y para recordar a quien entrara que estaba en territorio ajeno.

Mientras avanzaban, Vera sintió algo curioso: no se sentía pequeña. Se sentía observada.

—Puedes subir a tu habitación —dijo la madre—. Descansa. Ha sido un día largo.

Vera asintió.

Subió la escalera acompañada por su hermano. No le ofreció el brazo. No la tocó. Caminaba a su lado como un guardián silencioso.

—Si necesitas algo —dijo él al llegar al pasillo—, avisa.

—Gracias —respondió Vera.

Lucien la observó un segundo más de lo necesario.

—Has cambiado —dijo finalmente.

Vera lo miró con calma.

—Eso dicen.

Él no insistió.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Vera se quedó inmóvil.

La habitación era enorme. Cama amplia, cortinas de lino, muebles elegantes. Todo olía a alguien más. A perfume caro. A rutina ajena.

Se acercó al ventanal y corrió apenas la cortina. Desde ahí se veía el jardín perfectamente cuidado. Todo estaba en orden. Demasiado.

Entonces vio el espejo.

No uno pequeño, discreto. Uno grande, de cuerpo entero, colocado frente al armario. Esperándola.

El corazón le dio un vuelco.

Se quedó quieta varios segundos antes de acercarse. Cuando lo hizo, fue despacio, como si temiera que el reflejo pudiera atacarla.

La mujer que la devolvió la mirada era hermosa.
No bonita. Hermosa.

Rasgos finos, simétricos. Piel clara. Ojos grandes, expresivos, con una profundidad que no había imaginado. Cabello oscuro cayendo en ondas suaves sobre los hombros. El parche en la frente era lo único que rompía la perfección… y aun así, no la despojaba de su impacto.

Vera se quedó observándose, sin respirar.

—Margaux… —susurró, probando el nombre.

No se reconoció. Pero tampoco se rechazó.

Había presencia. Seguridad natural. Belleza sin esfuerzo. El tipo de belleza que no necesita permiso para existir.

Por primera vez desde que despertó, comprendió algo con claridad: esa mujer podía estar junto a Sorien Valcourt sin desentonar.

No lo conocía, pero lo intuía.

Se apartó del espejo antes de quedarse demasiado tiempo. No quería pensar en lo que no entendía.

Se sentó en la cama y tomó el móvil del bolso. Lo desbloqueó con un gesto ya casi automático. Vio mensajes antiguos, conversaciones frías, intercambios breves. Nada emocional. Nada íntimo.

Buscó un nombre sin saber por qué.
Sorien Valcourt.

El contacto estaba ahí. Como debía estar.
No había mensajes recientes. Ninguna llamada perdida.

Vera frunció el ceño.
Está ocupado, pensó.
Tal vez no sabe que ya estoy en casa.
No le pareció extraño. Un compromiso no siempre era intensidad. A veces era rutina.
Y ella, sin saberlo, hizo lo que le nació.

Escribió.

No algo elaborado. No algo dramático.

Solo algo humano.

|| Hola. Ya estoy en casa.
El médico dice que no debo forzar recuerdos, pero… quería saber cómo estás.||

Envió el mensaje y dejó el teléfono a un lado, como si no quisiera parecer ansiosa ni ante sí misma.

Se levantó y caminó por la habitación, tocando objetos. Un cepillo. Un frasco de perfume. Joyas ordenadas con precisión. Margaux había sido una mujer cuidadosa. No caótica. No descuidada.

Entonces ¿por qué dicen que era libertina?, pensó.
No obtuvo respuesta.

Horas después, durante la cena, Sorien no apareció.
—Tiene trabajo —comentó la madre sin emoción—. Siempre lo ha tenido.




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