Mi Otro Rostro

Capítulo 6—Gotas de agua

Sorien Valcourt no había firmado aún.

Los documentos permanecían ordenados sobre el escritorio de madera oscura, alineados con precisión quirúrgica. Contratos, acuerdos, cifras que habrían hecho temblar a otros hombres. Para él eran rutina. Nada de aquello le exigía atención real.

Lo que sí lo hacía era el teléfono, boca arriba, a un costado.
El secretario aguardaba de pie, paciente, con una carpeta bajo el brazo. Conocía ese silencio. No era el de un hombre distraído, sino el de alguien que estaba pensando demasiado en algo que no figuraba en ningún balance.

—Señor Valcourt —dijo al fin, con cautela—, cuando guste…

Sorien no levantó la mirada de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la pantalla apagada del móvil, como si esperara que volviera a vibrar.

—Dime una cosa —preguntó finalmente, sin mirarlo—.¿Confirmaste lo de Margaux Bellamy?

El secretario asintió sin dudar.

—Sí, señor. Estuve personalmente en el hospital. Hablé con el médico a cargo.

Sorien tomó la pluma, la giró entre los dedos, pero no firmó.

—¿Es real? —preguntó—. ¿La amnesia?

—Completamente —respondió el hombre—. Traumatismo craneoencefálico. Pérdida de memoria autobiográfica. No recuerda eventos, personas ni vínculos cercanos.

Sorien cerró los ojos un segundo.

—¿Me recuerda a mí?

—No, señor.

No hubo sorpresa. Tampoco alivio. Solo una confirmación que pesaba más de lo esperado.

—Gracias —dijo Sorien—. Puedes dejar eso ahí.

El secretario dejó la carpeta sobre el escritorio y se retiró en silencio.

Sorien se puso de pie.

Su figura se alzó con naturalidad: alto, ancho de hombros, el cuerpo trabajado con disciplina más que con vanidad. No era un hombre inflado por el gimnasio, sino uno construido con constancia. Espalda recta, movimientos precisos. Elegante incluso cuando estaba solo.

Caminó hasta el ventanal.

Desde ahí, la ciudad se desplegaba como un organismo vivo: luces, edificios, movimiento constante. Un mundo que obedecía a reglas claras. Causas y consecuencias. Algo que siempre había entendido.

Margaux Bellamy no obedecía ninguna.

Recordarla no era difícil. Olvidarla, imposible.
Desde el primer día en que sus padres los comprometieron, ella lo había odiado. No con desprecio silencioso, sino con una hostilidad abierta, frontal, casi furiosa.

—¡No me mires así!—le había gritado aquella vez, en medio del salón Bellamy—. ¡No te voy a amar nunca. ¿Me oyes? Nunca. Mi corazón ya tiene dueño.!

La frase aún le quemaba.
No porque ella hubiera amado a otro. Eso podía soportarlo.

Lo que no había podido digerir era la certeza de que ese otro no era él… y que ella se lo había dicho sin piedad.

Sorien había sentido la atracción desde el principio. No fue una ilusión romántica ni una obsesión adolescente. Fue algo más peligroso: una certeza física, inmediata. Margaux era hermosa, sí, pero no era solo eso. Era presencia. Voluntad. Carácter. El tipo de mujer que no se inclina.

Por eso no se opuso a la alianza entre empresas.
Por eso aceptó el compromiso.
Por eso decidió intentar conquistarla.
Nunca imaginó que ella lo odiara tanto.

Investigó. Con discreción. Con recursos. Con paciencia.

Nunca encontró al hombre que ella decía amar.

Sí encontró a otro. Un amante ocasional. Un error. Un escape. Alguien que no significaba nada… y al mismo tiempo lo decía todo.

Ese descubrimiento fue el punto de quiebre.

Sorien había decidido terminar el compromiso. No por orgullo herido, sino porque entendió que no se puede obligar a alguien a amar… y porque negarse a soltar también es una forma de humillación, faltaban dos semanas para la boda, pero había decidido soltarla, dejarla ir.

Iba a hacerlo.

Y entonces Margaux cayó por las escaleras. El golpe. El hospital. La amnesia.

Y ahora… el mensaje.

Sorien volvió al escritorio y tomó el móvil. La pantalla se iluminó.

Hola. Ya estoy en casa.
El médico dice que no debo forzar recuerdos, pero… quería saber cómo estás.

Había leído esas líneas decenas de veces.
Durante meses, Margaux no le había escrito ni una sola vez.
Nunca respondió sus mensajes.
Nunca atendió sus llamadas.
Y ahora… ahora era ella quien se acercaba.
No con reproche.
No con ironía.
Con cuidado.

Sorien apoyó la mano libre sobre el escritorio, sintiendo un nudo extraño en el pecho.

Era una sensación conocida y nueva al mismo tiempo.
Como sed.
Como esperar lluvia después de un largo desierto.

Gracias. Imagino que estás ocupado.

Había respondido con mesura. Con control. Con dignidad.

Pero la verdad era otra.
Estaba atento.
Alerta.
Vivo.




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