Mi Otro Rostro

Capítulo 8—El presente equivocado

Vera despertó antes del amanecer.

No por costumbre. No por un reloj interno. Despertó porque el silencio de la mansión era demasiado perfecto, y la perfección, en su experiencia reciente, siempre escondía algo.

Abrió los ojos despacio.

El techo era alto, blanco, sin grietas. Las cortinas, gruesas, dejaban entrar una luz pálida que parecía filtrada por la misma prudencia con la que hablaban los Bellamy. Durante unos segundos se quedó inmóvil, respirando, intentando situarse.

No recordaba llegar. No recordaba subir la escalera. No recordaba quitarse el vestido. Solo tenía la sensación del abrazo de Sorien como una huella tibia en el cuerpo, y una palabra: boda.

Dos semanas.

El número volvió como un golpe blando.

Vera giró la cabeza y miró alrededor. La habitación era amplia, elegante, ordenada como si nadie viviera con desorden allí. Había un tocador con perfumes alineados, una butaca junto a la ventana, una alfombra clara y suave que amortiguaba cualquier sonido. En una repisa, libros encuadernados y fotografías enmarcadas.

Ella no necesitaba esos objetos para saber algo: esa no era su vida.

No se sintió triste por no recordarla. No se sintió ansiosa por recuperarla. Esa clase de desesperación pertenecería a Margaux. No a ella.

Vera solo sintió lo que se siente cuando estás en una casa ajena y alguien te ha dicho que finjas que es tuya: una alerta constante.

Se incorporó lentamente, descalza, y caminó hasta la ventana. Corrió un poco la cortina y miró hacia el jardín. El césped estaba húmedo de rocío. Los setos se dibujaban con líneas precisas. La buganvilia parecía una herida de color sobre la sobriedad.

El mundo no parecía haberse enterado de que ella era una impostora.

Ese pensamiento casi la hizo sonreír.
Se volvió hacia el tocador.
Su reflejo la esperaba.

La misma mujer hermosa que había visto la noche anterior le devolvió la mirada. El parche en la frente seguía ahí. Pequeño, limpio. Un recordatorio de que la realidad había sido intervenida. Se acercó un poco, observó sus ojos. No vio a Margaux.

Vio a alguien habitando un rostro prestado.

—Buenos días —susurró, como si hablara con una desconocida.

El espejo no respondió, por supuesto. Pero hubo una respuesta en su interior: una calma fría.

No había nada que recordar aquí.

Lo único que debía hacer era aprender.
Vera abrió el armario.

Ropa perfectamente ordenada. Vestidos por tonalidades. Blusas con etiquetas caras. Abrigos colgados con separación exacta. Todo gritaba control. Todo olía a una mujer que sabía dónde pertenecía.

Vera eligió sin demasiado análisis: un vestido de algodón fino, color crema, de manga larga, sencillo pero impecable. Ceñía la cintura sin esfuerzo, caía con elegancia natural. Se puso medias delgadas, zapatos bajos. Quería parecer frágil, sí, pero no infantil. Quería parecer alguien que se está recuperando, no alguien que necesita ser cargada.

Se peinó con cuidado, dejando el cabello suelto, ondas suaves. El parche se veía más si apartaba el cabello, así que lo dejó caer de forma que lo rozara, sin cubrirlo por completo. Era mejor que se viera. Era parte de la historia.

Bajó las escaleras despacio.

La mansión de día se sentía aún más grande. Los pasillos parecían extenderse por voluntad propia. La luz entraba por los ventanales y hacía brillar el mármol, la madera, los marcos dorados de cuadros antiguos.

En un descanso, una empleada se detuvo al verla.

—Buenos días, señorita —dijo, inclinando un poco la cabeza.

Vera sostuvo la mirada con serenidad.

—Buenos días —respondió.

La mujer vaciló, como si quisiera decir algo más. Tal vez una pregunta. Tal vez una frase de consuelo. No la dijo. Solo sonrió, nerviosa, y siguió su camino.

Vera sintió un pinchazo de incomodidad. La gente sabía cosas de Margaux. La gente guardaba opiniones. Y ella no tenía acceso a ninguna.

Llegó al comedor.

La mesa era larga, incluso para un desayuno. Había bandejas ordenadas, flores frescas, y una vajilla tan delicada que parecía diseñada para que nadie se sintiera relajado al usarla.

La madre de Margaux ya estaba ahí.

Vestida impecablemente. Cabello recogido. Joyería discreta. Una taza de té entre las manos.

La mujer alzó la vista, y por un segundo, Vera sintió esa mirada como un escáner. No era hostil. Era… selectiva.

—Buenos días, cariño —dijo la madre.

Vera se acercó con pasos suaves.

—Buenos días —respondió.

La madre le indicó una silla.

—¿Dormiste?

Vera se sentó.

—Sí —dijo, y eligió la verdad funcional—. Me desperté temprano.

La madre asintió con tranquilidad.




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