Mi Otro Rostro

Capítulo 9—Un paseo que no debía importar

Salieron sin escoltas visibles.

No porque no las hubiera, sino porque en casas como la de los Bellamy la protección no se anunciaba. Se escondía en cámaras discretas, en guardias que parecían jardineros, en autos estacionados con “casualidad” perfecta. Vera lo notó sin que nadie se lo dijera. Aprendía rápido.

Sorien abrió la puerta del auto y esperó a que ella subiera. No fue un gesto teatral. Fue automático, como si en su código de hombre correcto existiera la regla de protegerla del mundo, aunque el mundo no estuviera atacando.

Vera se acomodó con cuidado, el abrigo claro sobre las piernas. Era un trench ligero, color avellana, con botones dorados discretos. Le quedaba como si hubiera sido hecho para ese cuerpo, para ese rostro, para esa vida. Pero por dentro seguía sintiéndose como una actriz sin guion completo.

Sorien se sentó al volante y arrancó sin prisa.
El interior del coche olía a cuero y a algo más: un perfume masculino sobrio, limpio, sin notas dulces. Algo que no buscaba agradar, sino afirmarse. Vera lo aspiró sin querer. Se odiaría por eso después, pero no pudo evitarlo.

Durante los primeros minutos no hablaron.
La ciudad se movía afuera: calles amplias, edificios elegantes, árboles que parecían plantados para embellecer la vida de quienes podían pagarla. Vera miraba todo con atención y, por primera vez desde que despertó, sintió algo parecido a curiosidad genuina.

Sorien la observó de reojo.

—Si te mareas, dime —dijo.

Vera parpadeó.

—No me mareo —respondió—. Solo estoy… viendo.

—¿Qué?

Vera miró por la ventana, el paisaje deslizando su normalidad.

—Cómo vive la gente cuando cree que nada puede romperse —dijo, sin dramatismo.

Sorien apretó un poco la mandíbula, pero no por molestia. Por reconocimiento. Ese tipo de frase no salía de una mujer superficial. Y Margaux, aun odiándolo, jamás había dicho algo así.

—Nada es irrompible —respondió él, con voz baja—. Solo hay cosas que tardan más en romperse.

Vera lo miró con una calma nueva.

—Tú eres de esas cosas —dijo sin pensar.

La frase escapó.

Sorien no la miró de inmediato. Sus manos siguieron firmes en el volante. Pero Vera notó el microsegundo de tensión en sus dedos, el imperceptible cambio en su respiración.

—No —dijo él al fin—. Yo solo me niego a caer.

Vera guardó silencio un momento.

En su interior, una voz fría le recordó lo obvio: no te distraigas.

Pero no era la voz de Alaric. Era peor: era la suya.
Sorien tomó una salida hacia una zona más tranquila y detuvo el auto frente a un café elegante, con terraza discreta y ventanales altos. No era ostentoso. Era el tipo de lugar donde nadie hacía preguntas porque todos tenían algo que proteger.

Entraron.

Los saludaron por el apellido sin necesidad de presentación. Los guiaron a una mesa apartada, lejos de miradas curiosas. Vera sintió el peso de esa familiaridad y se obligó a sostenerla con naturalidad.

Se sentó con la espalda recta, como había visto hacer a su “madre”. Sorien se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de la silla. Su camisa blanca marcaba el cuerpo trabajado: pecho firme, brazos fuertes bajo la tela, el reloj oscuro en la muñeca como un sello de control.

El mesero llegó.

—Lo de siempre, señor Valcourt? —preguntó con respeto.

Sorien asintió.

—Y para ella… —miró a Vera, dándole la elección sin exponerla— ¿qué te apetece?

Vera agradeció la forma en que lo hizo: no “¿qué sueles pedir?”, no “¿qué te gusta?”, porque eso habría requerido memoria. Solo el presente.

—Café con leche —dijo—. Y… algo dulce.

Sorien sostuvo su mirada.

—¿Dulce? —repitió, con una curiosidad que no era burla.

Vera sintió un pinchazo. ¿Margaux no comía dulce? ¿Era una de esas mujeres que vivían de control y agua con limón?

No mostró la duda.

—Sí —respondió—. Hoy sí.

Sorien no sonrió del todo, pero algo en sus ojos se suavizó.

—Entonces hoy sí —aceptó.

Cuando el mesero se fue, el silencio volvió. Pero era distinto al de la mansión. Aquí el silencio era íntimo, no institucional. El murmullo de otras mesas era un telón suave.

Vera se encontró mirándolo.
No por estrategia. Por impulso.

Sorien tenía el rostro de un hombre acostumbrado a ganar. Rasgos definidos, mirada oscura, boca seria. Y aun así, había algo vulnerable en la forma en que la observaba ahora: como si temiera que el cambio se evaporara si lo tocaba con palabras equivocadas.
Vera sostuvo esa mirada un poco más de lo prudente.

—¿Qué? —preguntó Sorien al fin.

Vera parpadeó.

—Nada —mintió.

Sorien inclinó apenas la cabeza.




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