Vera subió las escaleras con una calma que no sentía.
No corrió. No se refugió en la habitación como quien huye. Caminó despacio, sosteniendo la compostura que esa casa exigía. Cada escalón parecía pedirle que se adaptara, que se acomodara al ritmo de una vida que no había elegido pero que ahora la envolvía como un vestido bien cortado.
Cerró la puerta detrás de sí.
El silencio volvió a caer, espeso, absoluto. Ya no era el silencio aséptico del hospital, sino uno cargado de historia ajena. Vera apoyó la espalda en la madera un segundo, cerró los ojos y respiró.
El beso regresó sin pedir permiso.
No el primero. El segundo.
Más seguro. Más lento. Más peligroso.
—Concéntrate —murmuró para sí misma.
Se apartó de la puerta y caminó hacia el tocador. Se miró en el espejo con atención nueva. El abrigo de Sorien aún descansaba sobre sus hombros, demasiado grande para ella, impregnado de su olor. Lo sostuvo unos segundos más de lo necesario antes de quitárselo.
Lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la butaca.
Ese gesto, simple, doméstico, la sacudió por dentro. Había actuado como si ese abrigo le perteneciera. Como si tuviera derecho a cuidarlo.
No debía.
Vera se sentó en la cama y tomó el móvil. La pantalla estaba limpia. Ningún mensaje nuevo. Ni de Sorien, ni de nadie más.
El silencio digital era una tregua que agradeció.
Se levantó y comenzó a recorrer la habitación con otros ojos. No buscando recuerdos. Buscando pistas. No para descubrir quién había sido Margaux, sino para entender cómo debía moverse una mujer como ella.
Abrió un cajón.
Joyas. Ordenadas. Clásicas. Nada excesivo. Todo caro.
Otro cajón.
Guantes. Perfumes. Pañuelos.
Todo parecía pensado para una mujer que controlaba hasta su propia fragilidad.
Vera cerró el cajón despacio.
—No eres tú —susurró—. Pero puedo aprender.
La frase no fue una promesa. Fue una constatación fría.
Se acercó a una estantería baja, donde descansaban varios cuadernos de tapa dura. Los hojeó con cuidado. Apuntes de eventos, listas, fechas. Nada íntimo. Nada emocional. Margaux no dejaba rastros de su corazón en papel.
Vera sonrió apenas.
—Eso lo compartimos.
Dejó los cuadernos donde estaban y se dirigió al baño. El espacio era amplio, impecable, con mármol claro y espejos que devolvían la imagen desde varios ángulos. Vera se observó desde todos ellos.
Era la misma mujer y no lo era.
El rostro era perfecto.
Demasiado perfecto para la historia que llevaba dentro.
Se lavó las manos con lentitud, como si ese gesto pudiera anclarla al presente. El agua tibia le devolvió algo de realidad. Se miró de nuevo y, por primera vez desde que despertó en el hospital, se permitió pensar algo que no fuera estrategia:
Sorien no me ve como una herramienta.
Ese pensamiento la incomodó más que cualquier amenaza.
Se cambió de ropa. Eligió algo sencillo, una blusa clara y pantalones suaves. Nada que gritara “heredera”, nada que pidiera atención. Quería desaparecer un poco dentro de la casa. Quería observar sin ser observada.
Cuando salió al pasillo, la mansión estaba en calma.
Escuchó pasos más adelante y se detuvo. Una empleada venía en dirección contraria. Al verla, se detuvo con una mezcla de respeto y nerviosismo.
—¿Necesita algo, señorita? —preguntó.
Vera negó con suavidad.
—No, gracias. Solo… —buscó una palabra— caminando.
La mujer asintió, como si esa respuesta fuera perfectamente aceptable, y siguió su camino.
Vera continuó.
Llegó a una sala secundaria, menos formal, con sillones cómodos y una biblioteca discreta. Se sentó y tomó un libro al azar. No le interesaba leer. Le interesaba parecer alguien que podía hacerlo ahí.
Abrió el libro y fingió recorrer las páginas.
Su mente, sin embargo, volvió al jardín, al café, al parque.
Quiero que elijas algo para la boda.
La frase de Sorien pesaba.
Elegir algo. Algo suyo.
Vera cerró el libro.
¿Qué podía elegir una mujer que no tenía derecho a nada de eso?
Se levantó y caminó hacia la ventana de la sala. Desde ahí podía verse parte del jardín lateral, menos cuidado, más natural. Había flores silvestres creciendo sin permiso entre los setos perfectos.
Sonrió.
Eso sí le pertenecía.
La idea fue pequeña, casi insignificante, pero se quedó con ella. No como una decisión, sino como una posibilidad.
El sonido de pasos la hizo girarse.
Lucien entró en la sala con el saco sobre el brazo, ya de regreso. Se detuvo al verla y levantó apenas una ceja.
—Pensé que estarías descansando —dijo.
Vera cerró el libro con cuidado.