La conversación sobre la boda ocurrió dos días después.
No en el comedor formal. No en una mesa larga rodeada de flores y estrategias familiares. Ocurrió en el despacho privado de la mansión Bellamy, un espacio más reducido, con paredes revestidas en madera oscura y un ventanal que daba al jardín principal.
Vera estaba sentada frente a Sorien.
Lucien también estaba allí.
Y la madre de Margaux.
Los cuatro formaban una escena que, desde fuera, parecía perfecta.
Sorien llevaba traje gris oscuro esa mañana. La corbata apenas más clara, sobria. Su postura era firme, controlada. Pero Vera, que ya empezaba a leer detalles mínimos, notó la tensión en la forma en que apoyaba los dedos sobre la carpeta frente a él.
—No quiero una boda espectáculo —dijo Sorien con claridad—. Quiero reducir la lista.
La madre alzó una ceja con elegancia contenida.
—¿Reducir? —repitió.
—Sí —continuó él—. Solo familia cercana. Algunos socios estratégicos. Nada más.
Lucien observó a Vera antes de hablar.
—¿Y tú qué opinas?
Vera sostuvo la mirada de todos.
Era el momento.
No podía parecer sumisa.
No podía parecer distante.
Tenía que parecer… consciente.
—Estoy de acuerdo —dijo—. No quiero sentir que estoy actuando para cientos de personas que no conozco.
La madre la miró con atención, intentando detectar algo.
—Siempre soñaste con algo más grande —comentó.
Vera sostuvo su mirada sin temblar.
—Tal vez soñaba con lo que otros esperaban —respondió con calma—. Ahora no recuerdo esos sueños. Y no quiero inventarlos.
El silencio se instaló.
Sorien no la miró de inmediato, pero su mandíbula se tensó con una emoción que no era molestia. Era algo más profundo.
—Entonces lo haremos así —dijo él—. Más pequeño. Más real.
Lucien asintió lentamente.
—Eso también enviará un mensaje —murmuró.
—¿Cuál? —preguntó la madre.
Lucien miró a Sorien.
—Que esta boda no es un contrato. Es una decisión.
Vera sintió algo moverse en el aire.
Decisión.
Eligió no mirar a Sorien en ese momento. Si lo hacía, podía perder la compostura.
La reunión terminó sin drama. Sin discusión abierta. Pero algo había cambiado: la boda ya no era un evento impuesto. Era un pacto que ellos estaban moldeando.
Y eso la hacía más peligrosa.
***
Esa misma tarde, Sorien envió un mensaje breve.
|| Esta noche cenamos fuera. Quiero presentarte a alguien.
Vera sintió un pequeño salto en el pecho.
|| ¿A quién?
La respuesta tardó apenas segundos.
|| A mi mejor amigo.
El nombre llegó después.
|| Hugo, ya los había presentado, pero no debes recordarlo.
Vera se quedó mirando la pantalla.
El corazón se le aceleró, pero su rostro permaneció sereno.
Hugo.
El nombre que había sido sembrado como objetivo. Como amenaza. Como destino.
Y ahora entraba en escena de la forma más simple posible:
Como amigo.
Vera respiró hondo.
|| Está bien.
***
El restaurante era elegante sin ser excesivo. Iluminación cálida, mesas privadas, música apenas perceptible.
Sorien caminaba a su lado con seguridad natural. No la sostenía, pero su proximidad era constante. Vera llevaba un vestido negro sencillo, entallado en la cintura, con mangas largas y un escote discreto. El cabello suelto. El parche ya no estaba; la herida casi curada apenas era una línea tenue.
Entraron.
Un hombre se levantó de la mesa al verlos.
Alto.
Cabello oscuro ligeramente más claro que el de Sorien.
Sonrisa fácil.
Mirada brillante.
Hugo Marcellin.
Si Sorien era control, Hugo era carisma.
—Al fin —dijo Hugo, extendiendo los brazos con naturalidad—. Pensé que te la quedarías escondida para siempre.
Sorien soltó una exhalación casi divertida.
—No seas dramático —respondió.
Hugo volvió la mirada hacia Vera.
Y por un segundo, el mundo se tensó.
No hubo reconocimiento en sus ojos.
No hubo culpa.
No hubo oscuridad evidente.
Solo curiosidad genuina.
—Margaux —dijo con suavidad—. Qué gusto volver a verte.
Vera sostuvo su mirada.
Él no sabía.
Él no mostraba nada.
Era un hombre seguro, encantador, cómodo en su propia piel.