La mañana de la boda amaneció demasiado clara.
El cielo estaba limpio, sin nubes, como si incluso el clima hubiera decidido no interferir. La mansión Bellamy estaba en movimiento desde antes del amanecer. Floristas, estilistas, organizadores caminaban con precisión ensayada.
Vera despertó con una sensación que no era miedo.
Era lucidez.
No había sueños.
No había recuerdos.
Solo una certeza fría:
Hoy se casa con Sorien Valcourt.
Se sentó en la cama despacio. El vestido colgaba frente a ella, protegido por una funda translúcida. Blanco marfil. Corte elegante. Escote sobrio. Mangas largas de encaje fino. Nada exagerado.
Nada teatral.
Ella lo había elegido así.
Más pequeño. Más real.
Se levantó y caminó hacia el espejo.
El rostro que la miró de vuelta era sereno.
—No es tu boda —susurró—. Pero sí es tu decisión.
La frase importaba.
Porque aunque Margaux hubiera traicionado a Sorien durante seis meses… Vera no lo había hecho.
Y sin embargo, llevaba la consecuencia en la piel.
El equipo de estilistas llegó poco después.
Manos suaves. Cepillos. Horquillas. Maquillaje ligero que resaltaba sin exagerar. El cabello recogido en un moño bajo elegante, dejando algunos mechones enmarcando el rostro.
Cuando le colocaron el velo, Vera sintió el peso simbólico caer sobre sus hombros.
No era pureza.
No era inocencia.
Era elección.
Abajo, Sorien ya estaba listo.
Traje negro impecable. Camisa blanca. Corbata gris oscuro. El porte de un hombre que no dudaba de sí mismo.
Pero hoy había algo distinto.
No estaba frío.
Estaba tenso.
Hugo llegó temprano.
Saludó a Sorien con un abrazo firme.
—No huyas —bromeó—. Aún estás a tiempo.
Sorien esbozó una sonrisa breve.
—No pienso huir.
Hugo lo miró con atención.
—Nunca pensé que dirías eso con tanta convicción.
Sorien sostuvo su mirada.
—Nunca pensé que tendría motivos para quedarme.
Hugo apartó la vista primero.
***
La ceremonia se celebró en el jardín principal de la mansión.
No era multitudinaria. Apenas un centenar de invitados selectos. Familia cercana. Algunos socios. Rostros importantes.
La música comenzó suave.
Vera apareció al inicio del camino cubierto de pétalos blancos.
Lucien a su lado.
El murmullo se apagó.
Sorien levantó la vista.
Y el mundo dejó de existir por un segundo.
No vio a Margaux.
Vio a la mujer que lo miraba sin odio.
Sin resistencia.
Sin desprecio.
Vera caminó con paso firme.
Cada paso era una decisión.
Cada pétalo bajo sus pies era un recordatorio:
Podría detenerme.
Podría huir.
Podría confesar.
No lo hizo.
Cuando llegó frente a Sorien, levantó la vista.
Él la miraba como si no hubiera nadie más en el jardín.
Como si hubiera esperado toda su vida este momento.
El oficiante comenzó a hablar.
Palabras sobre unión. Confianza. Compromiso.
Vera escuchaba, pero por debajo de ese discurso corría otro pensamiento:
Margaux lo traicionó.
Miró a Hugo.
Él estaba sentado a la derecha, impecable, expresión neutra.
No había sonrisa.
No había desafío.
Solo observación.
Vera volvió la mirada a Sorien.
Él no sabía nada.
Ni de los seis meses.
Ni del amante.
Ni del beso que no fue el primero para ese rostro.
Y aun así…
La estaba eligiendo.
Llegaron los votos.
Sorien habló primero.
No leyó.
No improvisó demasiado.
—No creí en esta boda al principio —dijo con honestidad que sorprendió a varios—. No porque dudara de ti… sino porque dudaba de lo que sentías por mí.
Un murmullo leve entre invitados.
Sorien no apartó la mirada de Vera.
—Pero cuando volviste a mirarme sin odio… —continuó— entendí que el pasado no tenía derecho a gobernarnos.
La frase la atravesó.
Vera sintió un nudo en la garganta.
—No sé si recordarás este día mañana —dijo Sorien con una media sonrisa suave—. Pero yo sí. Y te prometo que, recuerdes o no… no te dejaré sola.