Mi Otro Rostro

Capítulo 13—La luna de miel sin noche

El viaje comenzó sin prensa, sin anuncios, sin fotografías.
Sorien lo quiso así. No por discreción social, sino por una necesidad más íntima: guardar algo solo para ellos. Algo que no pudiera contaminarse con la mirada de terceros, con las expectativas, con el juicio.

Vera lo supo desde el momento en que él cerró la puerta del auto y no hubo chofer, ni escoltas visibles, ni ese protocolo elegante que parecía perseguirla incluso cuando respiraba.

Solo estaban los dos.

Y el mundo afuera.

El destino era un lugar que parecía inventado para la calma: una villa privada frente al mar, escondida entre acantilados suaves y vegetación tropical. No era un hotel lleno de gente. Era un refugio. Un espacio pensado para que el silencio fuera hermoso, no pesado.

Cuando llegaron, el olor a sal la golpeó primero. Luego la luz. Una luz dorada, tibia, que hacía brillar el agua como si el océano estuviera vivo y respirara.

Vera bajó del coche y se quedó quieta un segundo, mirando el horizonte.

—Es… precioso —murmuró.

Sorien la observó de reojo.

—Quería que no tuvieras que fingir aquí —dijo.

Vera lo miró.

—¿Fingir qué?

Sorien no apartó la vista.

—Que estás bien —respondió.

La frase le apretó algo en el pecho.

Vera tragó saliva y asintió. No sabía si agradecerle o temerlo.

Entraron a la villa.

Interior sobrio, elegante, con madera clara, piedra y ventanales enormes. Había flores frescas en una mesa, una botella de vino que nadie tocó, y una nota de bienvenida de la administración privada, con letras pulcras y una discreción impecable.

Sorien dejó su maleta en el dormitorio principal.

Vera se quedó en el umbral.

Era una habitación amplia, luminosa, con una cama grande de sábanas blancas tan perfectas que parecían recién estrenadas. Desde allí podía verse el mar.

Vera sintió, sin querer, un estremecimiento.

Porque esa habitación tenía una expectativa escrita en el aire.

Y ella… ella no podía dársela.

Sorien se volvió hacia ella, y como si leyera el cambio en su respiración, habló antes de que ella dijera nada.

—Dormirás aquí —dijo con calma—. Yo estaré en la otra habitación.

Vera parpadeó.

—¿Qué?

Sorien no sonrió. Su mirada era firme, controlada, pero había algo suave en el fondo. Algo que no buscaba imponer.

—No quiero que sientas que me estoy aprovechando de tu amnesia —dijo, y cada palabra cayó con peso—. No quiero tocarte si hay una parte de ti que no entiende qué está pasando.

Vera sintió el impacto.

No era lo que esperaba de un hombre como él.

Un hombre poderoso, acostumbrado a tomar. Un hombre que había esperado meses por una migaja de ella.
Y aun así… estaba eligiendo esperar.

—Yo… —Vera no encontró la frase correcta.

Sorien dio un paso más cerca, sin invadir.

—Eres mi esposa —dijo, y esa palabra le recorrió la piel como un recordatorio—. Pero no eres mi propiedad.

Vera sintió el nudo en la garganta.

—Gracias —susurró.

Sorien sostuvo su mirada con una seriedad que no era teatral.

—No me agradezcas por ser decente —respondió—. Agradéceme cuando te haga feliz.

La frase la dejó sin aire un segundo.
Sorien se giró y tomó una maleta más pequeña.

—Volveré en una hora —dijo—. Quiero que descanses. Que te cambies. Que mires el lugar. Sin mí encima.

Vera asintió.

Cuando la puerta se cerró, la villa pareció aún más silenciosa. Vera caminó hasta la ventana y apoyó la mano en el vidrio. El mar se extendía infinito, indiferente.

No podía creer que estuviera ahí.

Casada.
Con un hombre que había sido traicionado por el rostro que ella llevaba… y que aun así la trataba como si fuera sagrada.

Vera respiró hondo.

Sacó su móvil.

La señal era buena.

Y como si el mundo quisiera burlarse, el primer mensaje apareció casi de inmediato.

Camille.
Felicidades. Ya estás donde debías estar.
Comienza a cumplir.

Vera sintió el estómago caer.
No respondió enseguida. Miró el mar como si el agua pudiera lavar esa frase.

“Comienza a cumplir”.

La culpa no era suave. Era una piedra.

Porque por un segundo, durante la boda, durante el viaje, durante el silencio de la villa, ella había permitido que el presente se sintiera… posible.

Y Camille venía a recordarle que el presente no era un hogar. Era un escenario.




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