Mi Otro Rostro

Capítulo 14 —El mar no perdona distracciones

El mar estaba más claro esa mañana.
Vera despertó antes que el sol terminara de levantarse. No por ansiedad, sino por costumbre reciente: su mente ya no descansaba profundamente. Dormía ligero, como alguien que sabe que su vida es un escenario frágil.

Se levantó con cuidado, escuchando.

Silencio.

La puerta de la habitación contigua seguía cerrada.
Se acercó a la ventana y abrió un poco las cortinas. El horizonte comenzaba a teñirse de tonos rosados y dorados. El agua parecía una superficie de vidrio líquido.

Por un momento, permitió que su mente se vaciara.

Si no existiera Camille.
Si no existiera Hugo.
Si no existiera la tumba bajo la lluvia.

Ese lugar podría haber sido el inicio de algo distinto.
Un golpe suave en la puerta la devolvió a la realidad.

—Margaux —la voz de Sorien, tranquila—. ¿Estás despierta?

—Sí —respondió.

Él no entró de inmediato.

—El desayuno está listo. Y el barco sale en una hora.

Vera abrió la puerta.

Sorien ya estaba vestido de manera distinta: pantalón de lino claro, camisa blanca ligera, gafas de sol en la mano. Sin traje, sin estructura corporativa, parecía más joven. Más humano.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Hubo un segundo de quietud.
Sorien sostuvo su mirada como si evaluara algo.

—Dormiste bien.

No era una pregunta.

—Sí —respondió ella—. Gracias.

Él asintió, satisfecho.

El barco era pequeño, elegante, sin tripulación visible más allá de un capitán discreto que los dejó en una bahía privada y se retiró a una distancia prudente.

La bahía era un arco perfecto de arena blanca rodeado de rocas altas. El agua era tan transparente que podía verse el fondo con claridad.
Vera se quedó sin palabras.

—Sabía que te gustaría —dijo Sorien.

—Es hermoso.

Él la observó con atención.

—No quiero que esta luna de miel sea incómoda para ti.

Vera lo miró.

—No lo es.

Sorien dio un paso más cerca.

—No hemos hablado de… nosotros —dijo con calma—. Y no voy a presionarte.

Ella sostuvo su mirada.

—Lo sé.

Sorien exhaló lentamente.

—No quiero que un día recuerdes algo y sientas que te arrebaté decisiones.

La frase fue más profunda de lo que parecía.
Vera bajó la mirada un segundo.

—No creo que recuerde —murmuró.

Sorien no reaccionó con dramatismo.

—Entonces construiremos algo nuevo —respondió—. Desde cero.

Desde cero.
La idea la golpeó.

Porque ella sabía que no era cero. Era un terreno lleno de mentiras anteriores.

Se quitaron las sandalias.

Caminaron por la orilla. El agua rozaba los tobillos, fresca y ligera. Sorien no la tocaba, pero su cercanía era constante.

En un momento, Vera se metió un poco más. El agua le llegó a los muslos. Cerró los ojos y respiró.

—Ven —dijo Sorien.

Ella abrió los ojos.

—No soy buena nadando —admitió.

Sorien arqueó una ceja.

—Eso sí lo recuerdo —dijo con una media sonrisa—. Nunca te gustó perder el control.

Vera sintió el pinchazo.
Margaux no nadaba bien.
Perfecto.

—Entonces no me sueltes —dijo, casi sin pensar.

Sorien se acercó.

Colocó una mano firme en su cintura.

—Nunca lo haría.

La frase fue simple.

El agua subía y bajaba con las olas suaves. Vera dio un paso más. La arena bajo sus pies se movió inesperadamente. Perdió equilibrio.

El mar no era violento, pero era traicionero.

Vera resbaló.

El agua le cubrió los hombros un segundo. Tragó aire con sorpresa.

Sorien reaccionó sin pensar.

La sostuvo con fuerza, ambos brazos firmes alrededor de su cintura. La levantó hacia él con facilidad. El agua resbaló entre los dos.

Vera quedó pegada a su pecho.

Respirando fuerte.

La camisa de Sorien, empapada, se adhería a su torso. Sentía el calor de su piel a través de la tela mojada. Sus manos habían quedado apoyadas sobre su pecho por instinto, buscando estabilidad.

Por un segundo nadie habló.

El sonido del mar se volvió distante.

Sorien la miró.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.