Mi Otro Rostro

Capítulo 15—El hombre que no perdona ridículos

El regreso fue silencioso.

No incómodo.

Silencioso.

Sorien condujo desde el aeropuerto sin chofer. No por necesidad, sino por control. Siempre prefería manejar cuando necesitaba pensar.

Margaux estaba a su lado, mirando por la ventana. Tranquila. Más tranquila que cuando llegaron.

Algo había cambiado en la luna de miel.

No fue el beso.
No fue el mar.
Fue la forma en que ella lo miró después.
No con rechazo.
No con resignación.
Con decisión.
Sorien lo notó.
Y eso lo inquietaba.

Al llegar a la mansión Valcourt, el portón se abrió con precisión mecánica. La propiedad era distinta a la de los Bellamy. Más moderna. Más sobria. Mármol, cristal, acero oscuro. Todo perfectamente alineado.

Sorien bajó primero.

Extendió la mano hacia ella.

Margaux la tomó sin dudar.

Ese pequeño gesto no pasó desapercibido para él.
Entraron.

El personal ya estaba alineado en el vestíbulo principal.

—Bienvenida, señora Valcourt —dijo el mayordomo con impecable formalidad.

Margaux sostuvo la mirada con serenidad.

—Gracias.

Sorien observó la escena con atención aguda.

Ella no parecía abrumada. No parecía fingir seguridad. Caminaba como si hubiera decidido ocupar ese espacio.

Eso le gustó.

La llevó personalmente al dormitorio principal.

—Esta es tu casa ahora —dijo con calma.

Margaux recorrió el espacio con la mirada.

No preguntó nada innecesario. No fingió recordar.

—Lo aprenderé —dijo.

Sorien la miró.

—No tienes que aprenderlo sola.

Hubo un pequeño silencio.
Luego él se apartó ligeramente.

—Tengo trabajo pendiente. Si necesitas algo…

—Lo sé —respondió ella.

Y esa confianza natural le resultó extrañamente satisfactoria.

Cuando salió del dormitorio, el rostro de Sorien cambió.
No fue visible para el personal.
Pero sí para él.

***

El edificio Valcourt no se parecía a nada en la ciudad.

No era ostentoso.

Era dominante.

Cuarenta pisos de vidrio oscuro y acero negro, elevándose como una declaración silenciosa de poder. No tenía carteles luminosos ni nombres dorados en la entrada. Solo una placa discreta en mármol:

VALCOURT GROUP

Sorien llegó directo desde la mansión.

No llevó a Margaux con él. No era el momento.

La dejó instalada en su nuevo dormitorio, le indicó el ala privada que podía usar, el jardín interior, la biblioteca, y luego se fue.

No por frialdad.

Por estructura.

El trabajo era donde pensaba mejor.

Entró al edificio y el lobby quedó en silencio apenas cruzó la puerta giratoria. No necesitaba levantar la voz para imponer respeto.

Subió al último piso.

Su despacho ocupaba casi toda la planta superior. Cristales panorámicos. Líneas limpias. Un escritorio de madera oscura maciza. Sin papeles visibles. Sin desorden.

Sorien se quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla.

Miró la ciudad.

La luna de miel aún le recorría la piel.

El beso en el mar.
La manera en que ella respondió.
La manera en que él tuvo que apartarse para no cruzar una línea.
Margaux no lo había rechazado.

Eso lo cambiaba todo.

Tomó el teléfono interno.

—Adrián.

—Señor.

—Quiero el informe actualizado sobre el hombre con el que estuvo vinculada antes de la boda.

No dijo más.

No hacía falta.

Adrián respondió minutos después en persona, como siempre hacía cuando el asunto era delicado.

—No hubo contacto durante la luna de miel —informó—. Ningún mensaje, ninguna llamada.

Sorien asintió apenas.

—¿Y él?

—Está involucrado con una heredera. Fortuna considerable. Ella financia su estilo de vida.

Un oportunista.

Sorien apoyó los dedos sobre el escritorio.

—¿Dependencia económica clara?

—Total.

Sorien se permitió una leve exhalación.
No era el hombre que Margaux decía amar.
No era el misterio que nunca logró identificar.
Solo una distracción.

—Vigílalo de forma discreta. Si intenta acercarse, quiero saberlo antes de que cruce la puerta de mi casa.




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