Mi Otro Rostro

Capítulo 16—La mujer que lo espera

La mansión estaba iluminada, pero silenciosa.

Sorien entró sin anunciar su llegada. No necesitaba hacerlo. El personal sabía que prefería discreción.
Dejó las llaves en la consola del vestíbulo y aflojó apenas el nudo de la corbata mientras avanzaba por el pasillo principal.

Había sido un día intenso.

Reuniones. Firmas. Llamadas. Cierres.

Nada que no pudiera manejar.

Pero ahora había algo distinto en su rutina.

Ya no regresaba a una casa vacía.

Se detuvo al percibir luz en el comedor privado.

No el salón formal.

No la mesa larga diseñada para invitados.

El comedor íntimo.

Caminó hacia allí.

Y la vio.

Margaux estaba de pie junto a la mesa.

No llevaba un vestido ostentoso. Tampoco ropa de gala. Vestía algo sencillo, elegante: pantalón negro de caída suave, blusa color marfil que marcaba delicadamente su figura, el cabello recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello.

Había velas encendidas.

No demasiadas.

Las suficientes.

Y la mesa estaba puesta para dos.

Sorien se detuvo en el umbral.

Ella levantó la mirada al escucharlo.

Y sonrió.

No fue una sonrisa social.

Fue una sonrisa que lo buscaba.

—Pensé que llegarías más tarde —dijo ella.

Sorien tardó un segundo en responder.

—No avisaste que… —se detuvo— que habría cena.

Margaux inclinó ligeramente la cabeza.

—Quería sorprenderte.

Sorprenderlo.
La palabra le recorrió el pecho.

—¿Lo logré? —preguntó ella con suavidad.

Sorien dio un paso dentro del comedor.

—Sí.

No estaba acostumbrado a que lo esperaran.

Mucho menos a que lo esperaran así.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla cercana.

—No tenías que hacerlo —dijo, pero su tono no era reproche.

—No tenía que hacerlo —repitió ella—. Quise hacerlo.

Esa diferencia importaba.

Sorien tomó asiento frente a ella.

El aroma era sutil. Pasta fresca. Vino ligero. Nada exagerado. Nada teatral.

—¿Cocinaste tú? —preguntó.

—Con ayuda —respondió con una media sonrisa—. No recuerdo si sé cocinar, así que decidí empezar simple.

Sorien la observó mientras servía el vino.

Sus movimientos eran suaves. Medidos. No había arrogancia. No había impaciencia.

Había intención.

—No tienes que esforzarte —dijo él finalmente.

Margaux levantó la vista.

—No es esfuerzo —respondió—. Es elección.

Sorien sostuvo su mirada.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue consciente.

Comieron despacio.

Hablaron de cosas pequeñas al principio.

La vista desde el edificio Valcourt.
El jardín interior de la mansión.
Un libro que ella había encontrado en la biblioteca.
Nada profundo.
Pero todo distinto.

Sorien la observaba sin que pareciera que lo hacía.

La forma en que inclinaba la cabeza al escuchar.

La manera en que sostenía la copa.

La pausa antes de responder.

No era la mujer que lo ignoraba en eventos.

No era la mujer que lo miraba como obligación.

—Te noto distinto —dijo ella de pronto.

Sorien arqueó una ceja.

—¿Distinto cómo?

—Más… presente.

La palabra lo sorprendió.

—Estoy en mi casa —respondió.

Margaux negó suavemente.

—No. Antes estabas en tu casa. Ahora estás conmigo.

El golpe fue directo.

Sorien dejó la copa sobre la mesa.

—¿Y eso qué significa?

Margaux lo sostuvo sin vacilar.

—Que quiero intentarlo de verdad.

No fue dramático.
No fue teatral.
Fue firme.

Sorien sintió algo tensarse dentro.

—¿Intentar qué? —preguntó.

—Ser tu esposa —respondió ella.

La frase cayó con un peso que no era liviano.




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