Mi Otro Rostro

Capítulo 18 — El amigo que sonríe

Hugo Marcellin nunca perdía el control en público.

Aprendió joven que la sonrisa correcta abre más puertas que cualquier amenaza. Y que el verdadero poder no está en lo que se dice… sino en lo que se oculta.

Esa noche, mientras observaba a Sorien y a Margaux bailar bajo la luz dorada del salón Imperial, sintió algo que no esperaba.

No fue celos.

Fue desajuste.

Margaux no bailaba así antes.

Antes, cuando Sorien la tomaba de la cintura, ella mantenía la distancia justa para que todos lo notaran. Sonreía para las cámaras y luego se soltaba apenas terminaba la pieza.

Hoy no.

Hoy su cuerpo encajaba con el de él.

Hoy no parecía estar representando un papel.

Hugo sostuvo la copa entre los dedos sin beber.

Eso no es actuación.

La conocía.

Durante seis meses había aprendido cada gesto suyo.

La forma en que mentía con la mirada ligeramente hacia la izquierda.
La manera en que respiraba cuando estaba molesta.
El tono que usaba cuando fingía dulzura.

Y lo que vio en la pista no coincidía con ninguna de esas versiones.

Cuando Sorien la giró y ella volvió a sus brazos con naturalidad, Hugo sintió un leve malestar en el pecho.

No por amor.

Nunca fue amor.

Fue posesión compartida.

Margaux lo había elegido cuando quiso romper su compromiso. Lo buscó. Lo besó. Lo provocó. Lo citó en hoteles discretos y apartamentos alquilados bajo nombres falsos.

Fue ella quien lo arrastró primero.

Y él no era un hombre que rechazara oportunidades.

Pero lo que había entre ellos no era romántico.

Era peligroso.

Ella odiaba a Sorien.
Y acostarse con el mejor amigo era una forma elegante de venganza.

Eso lo excitaba más que la traición misma.

Hugo terminó su copa.

Observó cómo Sorien colocaba la mano en la espalda baja de su esposa mientras se alejaban de la pista.

Protector.

Seguro.

Convencido.

Eso sí le molestó.

Porque conocía a Sorien.

Era feroz en los negocios. Leal hasta la obsesión. No toleraba el ridículo.

Si supiera…

Hugo sonrió apenas.

Si supiera que durante seis meses su prometida lo había traicionado con él… lo destruiría.

No metafóricamente.

Literalmente.

Y aun así, Hugo nunca se sintió en peligro.

Porque Margaux era cuidadosa.

Porque ella jamás habría permitido que la verdad saliera a la luz.

Pero ahora…

Ahora no estaba seguro de nada.

La llamada durante la luna de miel no había sido concluyente.

Ella sonaba diferente.

No fingía odio.

No provocaba.

No insinuaba volver a verlo.

Eso no era propio de ella.

Hugo se movió entre la multitud con naturalidad hasta quedar cerca de una de las columnas laterales.

Desde allí tenía visión perfecta de la pareja.

Margaux hablaba con un grupo de empresarios. Sonreía. Escuchaba. Tocaba el brazo de Sorien con una familiaridad que antes reservaba para él.

Ese gesto le produjo un pequeño, incómodo pinchazo.

¿Está jugando conmigo?

No.

Margaux no jugaba así.

Cuando quería destruir algo, lo hacía frontal.

Hugo apoyó la espalda en la columna y analizó con frialdad.

Dos posibilidades:

  1. Está fingiendo para recuperar la confianza de Sorien.

  2. Algo cambió realmente.

La segunda opción lo irritaba más.

Porque si algo cambió… significaba que ya no tenía control.

Y Hugo no toleraba perder influencia.

Una mujer se acercó a él.

—Hugo, te estuve buscando.

Clara Duvall.

Heredera. Rica. Conveniente.

La mujer con la que lo habían visto últimamente.

Hugo sonrió con facilidad.

—Estoy aquí.

Clara lo tomó del brazo.

—Bailamos.

Hugo la condujo a la pista sin resistencia.

Mientras giraban, su mirada no dejó de buscar a Margaux.

Clara hablaba. Él asentía. Sonreía en los momentos correctos.

Pero su mente estaba en otra parte.

No reaccionó cuando le pregunté si ya se había acostado con él.

Esa pregunta, en el pasado, la habría incendiado.

Hoy solo respondió con distancia.

Eso no era la Margaux que conocía.

La música terminó.

Hugo aplaudió con el resto.

Y tomó una decisión.

No iba a confrontarla en público.

No iba a presionarla esa noche.

Iba a esperar.

La paciencia siempre le había dado mejores resultados que la impulsividad.

Mientras tanto, Sorien parecía satisfecho.

Orgulloso.

Hugo observó el modo en que los fotógrafos capturaban a la pareja.

Parecían sólidos.

Y esa imagen le incomodaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Cuando Clara se distrajo hablando con otra mujer, Hugo se apartó discretamente hacia la terraza exterior del salón.

Necesitaba aire.

La ciudad brillaba debajo.

Sacó el móvil.

Revisó el último mensaje de ella.

|| Dime cuándo.

No era una invitación apasionada.

Era estratégica.

Eso sí se parecía a Margaux.

Pero el tono…

No.

Hugo escribió.

|| Mañana. En el lugar de siempre.

No especificó.

No hacía falta.

Si ella realmente tenía amnesia, no sabría a qué se refería.

Si estaba fingiendo, aparecería.

Envió el mensaje.

Guardó el teléfono.

Miró la ciudad una vez más.

No estaba enamorado de Margaux.

Pero sí estaba acostumbrado a ser el hombre al que ella buscaba cuando quería incendiar algo.

Y ahora…

Ahora no estaba seguro de seguir siendo ese hombre.

Eso lo irritaba.

Y cuando algo irritaba a Hugo Marcellin, no lo ignoraba.

Lo investigaba.

Lo desarmaba.

Y si era necesario…

Lo destruía.

Volvió al salón con la sonrisa perfectamente colocada.

Sorien lo vio acercarse y levantó la copa en gesto amistoso.




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