Mi Otro Rostro

Capítulo 19— La casa del anfitrión

La invitación llegó tres días después de la gala.

Un mensaje breve. Directo.

¨Fin de semana en la costa. Casa privada.
Vendrán algunos amigos.
Espero que tú y Margaux puedan asistir.¨

Sorien leyó el mensaje en su despacho del edificio Valcourt.

No dudó demasiado.

Era normal.

Hugo organizaba reuniones privadas cada cierto tiempo. Negocios disfrazados de ocio. Conversaciones importantes lejos de oídos indiscretos.

—¿Te apetece un fin de semana en la playa? —preguntó esa noche a su esposa.

Margaux lo miró con aparente calma.

—¿Con quién?

—Con Hugo. Algunos socios cercanos.

Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual.

—Claro.

No hubo vacilación visible.

Pero dentro, el pulso se aceleró apenas.

La casa de Hugo.

Terreno suyo.

Ambiente controlado por él.

Perfecto.

***

La propiedad estaba ubicada sobre un acantilado discreto, rodeada de vegetación tropical y arena blanca. Moderna, amplia, con ventanales que daban al océano.

Hugo los recibió con su sonrisa impecable.

—Valcourt —saludó con firmeza—. Señora Valcourt.

Sus ojos se detuvieron apenas un segundo más en ella.

Margaux sostuvo la mirada con serenidad estudiada.

No recordaba “el lugar de siempre”.

No sabía si habían estado allí antes.

Pero no lo necesitaba.

Observaba.

Medía.

Aprendía.

La casa estaba llena de risas suaves, música ambiental, copas que tintineaban.

Clara Duvall estaba allí también.

Hermosa. Rica. Conveniente.

Sorien se movía con naturalidad entre invitados.

Margaux no se apartaba demasiado, pero tampoco lo seguía como sombra.

Escuchaba conversaciones.

Detectaba patrones.

Identificaba la cocina. El bar exterior. Las rutas hacia la playa privada.

Y calculaba.

Esa noche, la cena fue larga.

Mariscos frescos. Vino blanco. Brindis.

Hugo era el anfitrión perfecto.

Encantador. Generoso. Seguro.

Y eso la enfurecía más que cualquier otra cosa.

Porque si ese hombre había asesinado a sus padres… lo hacía con la misma sonrisa con la que servía vino.

Más tarde, cuando la música subió y algunos invitados bajaron hacia la playa con copas en la mano, Margaux aprovechó el movimiento.

Entró a la cocina.

No buscaba cuchillos.

No era impulsiva.

Sacó del pequeño bolso de mano un frasco diminuto.

Transparente.

Líquido incoloro.

No letal en dosis baja.

Pero suficiente para provocar un colapso grave.

Lo había conseguido días atrás.

No por rabia.

Por preparación.

Regresó al exterior.

Hugo estaba cerca del bar improvisado en la terraza, sirviendo bebidas él mismo para algunos invitados.

Margaux tomó una copa vacía.

—¿Me sirves algo? —preguntó.

Hugo sonrió.

—Lo que quieras.

Mientras él se giraba para tomar la botella, ella vertió con rapidez el contenido del frasco en una de las copas ya servidas que descansaban sobre la barra.

Movimiento limpio.

Sin temblor.

Sin testigos directos.

Hugo tomó la copa equivocada.

La levantó.

—Por nuevos comienzos —brindó.

Margaux sostuvo su copa.

—Por decisiones firmes.

Hugo bebió.

No todo.

Una parte.

Lo suficiente.

La noche continuó.

Risas. Conversaciones.

Veinte minutos después, Hugo dejó la copa sobre la mesa.

Se llevó una mano al estómago.

Intentó mantener compostura.

—¿Todo bien? —preguntó Clara.

Hugo sonrió.

—Sí, solo…

Se interrumpió.

Su respiración cambió.

Un leve mareo.

Luego más intenso.

Sorien se acercó.

—¿Qué ocurre?

Hugo intentó responder.

No pudo terminar la frase.

Su cuerpo cedió ligeramente hacia un lado.

No perdió el conocimiento del todo, pero sí el equilibrio.

El caos fue inmediato.

—¡Llamen a una ambulancia!

—¡La clínica más cercana!

Margaux se mantuvo firme.

Observaba.

Sin expresión exagerada.

Sin pánico teatral.

Lo trasladaron rápidamente en un vehículo privado a la clínica costera.

Sorien fue con ellos.

Margaux también.

Horas después, el diagnóstico fue claro:

Intoxicación.

No accidental.

La palabra cayó como piedra en el agua.

Intento de envenenamiento.

La policía local apareció.

Preguntas.

Copas examinadas.

Personal interrogado.

Todos eran sospechosos.

Clara lloraba.

Algunos invitados estaban nerviosos.

Sorien mantenía el control.

Margaux permanecía en silencio.

Nadie vio el frasco.

Porque ella lo había llevado consigo.

O eso creía.

***

De regreso a la casa, ya de madrugada, Sorien salió a caminar por la playa privada.

Necesitaba pensar.

El viento era fuerte.

La arena fría.

Y entonces lo vio.

Un pequeño objeto transparente, medio enterrado cerca de la orilla.

Se agachó.

Lo tomó.

Un frasco vacío.

Sin etiqueta.

Con olor químico casi imperceptible.

Su mente no tardó en conectar.

Se quedó inmóvil unos segundos.

Y entonces recordó.

Había visto una figura minutos antes del colapso.

Alguien alejándose hacia la playa.

Una silueta femenina.

Cabello recogido.

Vestido oscuro.

Se parecía a Margaux.

Pero no podía ser.

No tenía sentido.

Ella no tenía motivo.

No con Hugo.

No ahora.

Sorien apretó el frasco entre los dedos.

El mar rugía.

Si entregaba eso, la investigación se volvería brutal.

Si alguien dentro del círculo había intentado matar a Hugo…

Las consecuencias serían devastadoras.

Miró el horizonte.

Pensó en su esposa.

En la cena íntima.




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