Mi Otro Rostro

Capítulo 22 —Las piezas que no encajan

El mensaje de Hugo llegó un lunes por la mañana.
No fue largo. No fue cálido. No fue dramático.
Fue impecable.

Me dieron el alta.
Quiero agradecerles personalmente que se quedaran hasta el final.
Almuerzo privado en mi oficina.
A las dos.

Sorien leyó el mensaje en el último piso del edificio Valcourt, de pie junto al ventanal, mientras la ciudad se extendía abajo como una maquinaria perfectamente engrasada.

No respondió de inmediato.

Apoyó el teléfono sobre el escritorio, revisó el último informe financiero de una filial en Singapur, firmó dos documentos, corrigió una cifra en una proyección anual y solo entonces volvió a mirar la pantalla.

Hugo fuera del hospital era una buena noticia.

Hugo fuera de peligro, también.

Hugo de vuelta en su oficina… era la prueba de que el golpe no había sido suficiente.

Sorien respondió con una sola palabra.

Iremos.

No había nada más que decir.

***
A media mañana, la policía volvió a ponerse en contacto.
Esta vez no con el tono vago de quien recopila información general, sino con la frialdad metódica de quien empieza a creer que hay algo real bajo la superficie.

El detective encargado subió personalmente al edificio Valcourt.
Sorien lo recibió en una sala de juntas pequeña, privada, sin asistentes, sin café servido, sin testigos. No por desconfianza. Por costumbre.

Los hombres como él preferían los datos al protocolo.

—Señor Valcourt —dijo el detective, sentándose frente a él—. Tenemos un avance.

Sorien cruzó las manos sobre la mesa.

—Lo escucho.

—La sustancia encontrada en el organismo del señor Marcellin no es de acceso común. No se compra en una farmacia cualquiera ni aparece por accidente en una cocina.

Sorien no cambió de expresión.

—¿Y?

—Una de las invitadas al fin de semana tiene relación indirecta con un laboratorio privado. No suficiente para acusarla, pero sí para citarla nuevamente.

Sorien lo miró en silencio.

—¿Quién?

El detective abrió una carpeta delgada.

—Clara Duvall.

Sorien arqueó apenas una ceja.
La nueva mujer rica de la que dependía el amante equivocado de Margaux.

Conveniente. Demasiado conveniente.

—¿Motivo?

—No claro —respondió el detective—. Pero los investigadores encontraron un intercambio financiero inusual dos días antes del viaje a la costa y una llamada a un contacto ligado a distribución de compuestos restringidos.

Sorien apoyó la espalda en la silla.

—¿Cree que quiso matar a Hugo?

El detective eligió las palabras con cuidado.

—Creo que, por ahora, es la única persona del círculo que deja una línea trazable. Eso no significa que sea culpable. Solo significa que podemos presionarla.

Sorien asintió lentamente.

La respuesta era lógica, pero no lo satisfacía.

Había algo demasiado visible en esa línea. Demasiado cómodo. Como si la investigación quisiera descansar sobre la primera puerta entreabierta.

—¿Y el resto? —preguntó—. Invitados. Personal. Servicio de barra.

—Seguimos trabajando —dijo el detective—. Aún no descartamos a nadie.

Sorien sostuvo su mirada.

—No cometan el error de cerrar demasiado rápido una historia porque una mujer con dinero y mal gusto resulta una sospechosa útil.

El detective lo observó un segundo.

—¿La conoce?

—Lo suficiente para saber que la desesperación es un vicio común en la gente mantenida.

El detective cerró la carpeta.

—Le mantendré informado.

Cuando se quedó solo, Sorien no volvió de inmediato a los documentos.

Se levantó y caminó hacia el ventanal.
Clara era una vía sencilla.
Sencilla no significaba verdadera.
Y, aunque no tenía pruebas, algo en él seguía sin aceptar del todo la versión fácil de las cosas.

No era intuición policial.
No era paranoia.
Era hábito.
En los negocios, lo que se mostraba demasiado pronto casi siempre escondía algo detrás.

***
Cuando regresó a la mansión al mediodía para recoger a Margaux, la encontró en el jardín interior.

No leyendo. No usando el móvil. No haciendo nada que gritara ansiedad.

Solo caminando despacio alrededor de la fuente central, con un vestido de verano en tono azul grisáceo que le caía con una suavidad casi engañosa. El cabello lo llevaba sujeto atrás con una pinza sencilla. Nada en su aspecto pedía atención, y aun así, toda la absorbía.




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