Mi Otro Rostro

Capítulo 23—La mujer que no debía existir

La visita no fue anunciada.

Y eso, en una casa como la de los Valcourt, era una declaración en sí misma.

El mayordomo apenas tuvo tiempo de informar:

—La señorita Ariane Valcourt solicita verla.

Margaux levantó la mirada desde la sala principal.

No preguntó por qué.

—Que pase.

***

Ariane entró como si la casa también le perteneciera.

No miró alrededor. No necesitaba hacerlo.

Vestía impecable, como siempre. Elegancia sin esfuerzo, pero con intención. Su presencia no era ruidosa, pero sí dominante.

Se detuvo frente a Margaux.

La observó.
Largo.
Sin disimulo.

—Así que esta es la nueva versión —dijo finalmente.

Margaux no se levantó de inmediato.

—Buenas tardes —respondió con calma.

Ariane no devolvió el saludo.

—Voy a ser directa —continuó—. No me interesa tu recuperación, ni tu accidente, ni tu supuesta amnesia.

El silencio se tensó.

Margaux se puso de pie ahora.

—Entonces ahórrate el discurso.

Ariane sonrió apenas.

—Ojalá pudiera.

Dio un paso más cerca.

—Pero estás donde no deberías estar.

La frase no fue elevada.

Fue precisa.

Margaux sostuvo su mirada.

—Estoy donde mi esposo me quiere.

Ariane soltó una risa baja.

—Mi hermano no siempre quiere lo que le conviene.

El golpe fue directo.

Margaux no respondió.
No por debilidad.
Por cálculo.

Ariane ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Sabes qué es lo más interesante? —continuó—. Que él iba a dejarte.

Esa frase sí atravesó.

Margaux no lo mostró.

Pero lo sintió.

—Faltaban dos semanas para la boda —añadió Ariane—. Y estaba decidido.

Silencio.

—¿Y ahora no? —preguntó Margaux con tono controlado.

Ariane sacó su móvil.

—No.

Deslizó la pantalla.
Buscó algo.
Y entonces lo mostró.

—Ahora está contigo.

Margaux miró.

Y el mundo no se detuvo… pero algo dentro de ella sí.
La imagen era clara.
Un restaurante elegante.
Luz cálida.
Sorien sentado.
Relajado.
Sonriendo.
Pero no una sonrisa social.
No la sonrisa contenida que ella conocía.
Era otra cosa.
Una sonrisa abierta. Viva. Real.
Y frente a él…
La joven.
Cabello oscuro cayendo sobre los hombros. Ojos grises con luz propia. Rostro suave, armonioso, hermoso sin esfuerzo.
Más bonita que Margaux.
Más… fácil de mirar.

—Julieta —dijo Ariane.

El nombre se quedó flotando.

Margaux no apartó la mirada de la imagen.

—Mi mejor amiga —continuó Ariane—. La mujer con la que mi hermano iba a ser feliz.

Cada palabra era una aguja.

—Ella no lo humillaba —añadió—. No lo ignoraba. No lo usaba para vengarse de nadie.

Margaux alzó la vista.

—No sabes lo que pasó entre nosotros.

Ariane sostuvo su mirada.
—Sé lo suficiente.

Se acercó más.

—Y sé que tú lo arruinaste.

La palabra cayó con peso.

—Como siempre.

Margaux sintió algo nuevo.
No culpa.
No vergüenza.
Molestia.

Una molestia profunda, incómoda… que no entendía del todo.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó.

Ariane la observó.

—Que dejes de fingir.

Margaux frunció apenas el ceño.

—No estoy fingiendo.

Ariane dio un paso más.

—¿De verdad? —susurró—. ¿O esta es otra de tus actuaciones para mantenerlo cerca?

El aire se volvió más denso.

Margaux sostuvo su mirada sin retroceder.

—No necesito fingir para que se quede.

Ariane la estudió unos segundos.

Luego bajó la mirada al móvil… y volvió a levantarlo.

—Mírala bien.

Margaux no quería hacerlo.

Pero lo hizo.
Otra vez.
La imagen.
Sorien inclinado ligeramente hacia la joven.
Escuchándola.
Interesado.
Presente.
Y esa sonrisa…
Esa sonrisa que nunca le había dado a ella.
La incomodidad se transformó.
En algo más oscuro.




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