Mi Otro Rostro

Capítulo 24 — El hombre que mueve los hilos

La llamada llegó de un número desconocido.

Margaux la vio iluminar la pantalla mientras estaba sola en el vestidor.

No dudó en contestar.

—¿Sí?

Silencio.

Luego, la voz.

—¿Disfrutando tu nueva vida?

El pulso no se alteró.

Pero su mente sí.

—Alaric.

No era una pregunta.

Era reconocimiento.

Del otro lado, una leve risa.

—Me alegra que no hayas olvidado todo.

Margaux se miró en el espejo.

El rostro perfecto.

El rostro que no era suyo.

—No llamas para preguntar cómo estoy.

—No —respondió él—. Llamo para saber por qué Hugo sigue respirando.

La frase cayó sin emoción.

Margaux apretó el teléfono.

—No fue suficiente.

—No me interesan los intentos —replicó Alaric—. Me interesa el resultado.

El tono era frío.

Distinto al del hombre que la llevó al cementerio.

Distinto al que le habló de sus “padres”.

Margaux entrecerró apenas los ojos.

—No es tan fácil como dijiste.

—Nunca dije que fuera fácil —corrigió él—. Dije que era necesario.

Silencio.

—Estás cerca —añadió—. Más de lo que crees.

Margaux caminó despacio por la habitación.

—La policía está investigando.

—Que investiguen.

—Sorien está atento.

Pausa.

Una muy breve.

—Eso sí es un problema —admitió Alaric.

Margaux se detuvo.

—No lo es —dijo—. No sospecha.

—No necesitas que sospeche —respondió él—. Solo necesitas que no mire demasiado.

Esa frase se le quedó.

Porque Sorien… sí estaba mirando.

Cada vez más.

—No vuelvas a fallar —añadió Alaric.

—No lo haré.

—Porque si fallas…

No terminó la frase.

No hacía falta.

La llamada se cortó.

Margaux bajó lentamente el teléfono.

Lo dejó sobre el tocador.

Miró su reflejo.

Y por primera vez desde que comenzó todo…

Sintió algo incómodo.

No duda.

No miedo.

Desconfianza.

Alaric no hablaba como antes.

No sonaba como alguien herido.

Sonaba como alguien que estaba usando piezas.

Y ella…

Era una de ellas.

La sensación no duró mucho.

La reemplazó algo más fuerte.

La imagen.

Sorien sonriendo.

Con Julieta.

Margaux cerró los ojos.

No.

Eso era irrelevante.

No tenía que importarle.

No era su vida.

No era su historia.

No era su lugar.

Pero aún así…

Molestaba.

***

Esa noche, Sorien llegó más tarde de lo habitual.

La encontró en el balcón del dormitorio, mirando la ciudad.

—No estabas aquí cuando salí —dijo él.

Margaux no se giró de inmediato.

—Estaba pensando.

Sorien se acercó.

Se detuvo a su lado.

—¿En qué?

Silencio.

—En tu sonrisa.

La respuesta lo tomó por sorpresa.

—¿Mi sonrisa?

Margaux lo miró.

—La que tenías con ella, vi la foto.

No dijo el nombre.

No hacía falta.

Sorien sostuvo su mirada.

—Eso fue antes.

—Lo sé.

Pausa.

—Pero era real.

Sorien no respondió de inmediato.

No porque no supiera qué decir.




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