Sorien no buscaba una verdad.
Buscaba un nombre.
A. V.
Nada más.
—Necesito el expediente completo del accidente de Margaux Bellamy —dijo, dejando el documento sobre el escritorio.
Adrián lo miró.
—¿Del hospital?
—Del primero.
Pausa.
—El que no aparece.
Adrián entendió de inmediato.
No era una solicitud.
Era una instrucción.
—Ese tipo de registros no está en sistema abierto —respondió—. Tendré que ir directamente al archivo físico.
Sorien asintió.
—Hazlo.
***
El hospital no era el problema.
El problema era el acceso.
Adrián no fue a recepción.
No preguntó por el expediente como si fuera un familiar.
Fue directo al área donde no debía estar.
Archivo clínico restringido.
La mujer que estaba detrás del mostrador no levantó la mirada al principio.
—No se puede acceder sin autorización médica o familiar.
Adrián apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—No vine a pedir permiso.
Silencio.
La mujer lo miró.
No era joven.
No era ingenua.
Sabía exactamente qué tipo de conversación era esa.
—¿Número de expediente?
Adrián deslizó un papel.
Ella lo leyó.
Dudó apenas un segundo.
Y entonces él dejó el sobre.
No hizo ruido.
No hacía falta.
La mujer lo miró.
Luego miró el sobre.
Después volvió a él.
—Espere.
No hubo más palabras.
Minutos después…
Regresó con una carpeta.
Más gruesa de lo normal.
—Esto no salió de aquí —dijo sin mirarlo directamente.
—No estuve aquí —respondió Adrián.
Cuando llegó al despacho…
Sorien no estaba sentado.
Esperaba de pie.
—¿Lo tienes?
Adrián dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Completo.
Sorien no agradeció.
No comentó.
Abrió.
Primera página.
Ingreso.
Traumatismo craneoencefálico.
Pérdida de memoria.
Normal.
Esperado.
Pasó la hoja.
Informe clínico ampliado.
Y entonces…
Se detuvo.
“Daño facial severo. Requiere intervención reconstructiva.”
Sorien frunció el ceño.
Volvió a leer.
Una vez.
Dos.
No sabía eso.
Nadie lo había mencionado.
Para la familia…
Había sido una caída.
Un golpe.
Amnesia.
Pero no eso.
No una cirugía.
Pasó la siguiente página.
Detalles quirúrgicos.
Intervención reconstructiva completa del rostro.
El impacto no fue inmediato.
Fue lento.
Como una pieza que no encaja…
Hasta que lo hace.
Sorien apoyó la mano sobre el escritorio.
Eso cambiaba todo.
No solo la caída.
Pasó la hoja.
Y ahí estaba.
Fotografía previa.
La tomó.
Y el mundo se detuvo.
No era Margaux.
El rostro era distinto.
Más suave.
Más limpio.
Más… familiar.
Sorien no respiró un segundo.
—No… —murmuró.
La sostuvo más cerca.
No podía ser.
Pero lo era.
Julieta.
El nombre no llegó como una suposición.
Llegó como un golpe.
La mejor amiga de su hermana.
La mujer con la que había considerado casarse.
La única que…
No jugaba.
Pasó la siguiente hoja.
Fotografía posterior.
Y ahí estaba.
Margaux.
Perfecta.
Impecable.
Pero ahora…
Entendía.
No era que Margaux hubiera cambiado.
Era que Julieta…
Se había convertido en Margaux.
Sorien dejó la fotografía lentamente.
Su mirada no se movía.
No había duda.
No había interpretación.
Había evidencia.
Se recargó en la silla.
Pasó una mano por su rostro.
Intentando ordenar algo que no tenía orden.
Julieta.
La mujer que debía haber sido su esposa.
La que había perdido…
Sin saber cómo.
Y ahora…
Dormía en su casa.
En su cama.
Con otro rostro.
Con otra vida.
Cerró los ojos.
No por debilidad.
Por impacto.
—¿Señor? —dijo Adrián.
Sorien no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz fue más baja.
—Sal.
Adrián no insistió.
Se fue.
El despacho quedó en silencio.
Sorien volvió a tomar la fotografía.
Pasó el pulgar por el rostro de Julieta.
Era hermosa.
Pero no como Margaux.
De otra forma.
Más real.
Más… peligrosa.
Porque no pertenecía a ese juego.
***
Esa noche…
La mansión estaba en calma.
Margaux lo esperaba.
Pero Sorien…
No llegó igual.
Entró.
La vio.
Y esta vez…
No vio a Margaux.
Vio a Julieta.
Eso lo cambió todo.
—Llegaste tarde —dijo ella.
Sorien asintió apenas.
—Sí.
Nada más.
Margaux lo observó.
Algo estaba mal.
Lo sintió.
Pero no sabía qué.
Sorien se quitó la chaqueta.
La dejó a un lado.
No se acercó.
No la tocó.
Y eso…
Nunca pasaba.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
Sorien la miró.
Y por primera vez…
No supo qué responder.
—Sí.
Mentira.
Esa noche…
No la tocó.
No la besó.
No la buscó.
Se acostó a su lado.
Pero no la rodeó.
Y en la oscuridad…
Con los ojos abiertos…
Sorien entendió algo que no estaba en ningún expediente.
No sabía qué hacer.
Porque había amado a Margaux.
Pero ahora sabía que su esposa…
Era Julieta.
Y eso…
No era un error.
Era una guerra.