Mi Otro Rostro

Capítulo 35 — El nombre que no le pertenece… o sí

Vera despertó antes del amanecer.

No por costumbre.

Por inquietud.

No fue un sueño esta vez.

Fue peor.

Porque estaba despierta…
y aun así, algo dentro de ella no encajaba.

Se incorporó lentamente en la cama.

Sorien dormía a su lado.

Sereno.

Controlado.

Como si el mundo no se estuviera rompiendo en silencio dentro de ella.

Vera apartó las sábanas y se levantó sin hacer ruido.

Bajó descalza.

La casa estaba en calma.

Demasiado.

Se detuvo frente al espejo del recibidor.

Se miró.

Ese rostro.

Perfecto.

Impecable.

Pero ahora…

Ajeno.

—No soy tú… —susurró.

La frase no fue dramática.

Fue sincera.

—Deberías desayunar.

La voz de Sorien llegó detrás de ella.

Vera no se sobresaltó.

Lo sintió.

—No tengo hambre.

Sorien se acercó.

Se detuvo a su lado.

No la tocó.

Aún.

—¿Sigues con el sueño? —preguntó.

Vera negó.

—No.

Pausa.

—Es otra cosa.

Sorien inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Qué cosa?

Vera tardó en responder.

—Un nombre.

Silencio.

Vera no apartó la mirada del espejo.

—Julieta… —murmuró.

El nombre no se sentía extraño.

Y eso…

Fue lo que la inquietó.

Sorien la observó en silencio.

—Es la chica de la foto —añadió ella—. La que estaba contigo.

—Sí —respondió él.

Vera asintió apenas.

Pero no dijo nada más.

No preguntó.

No insistió.

Y eso…

No pasó desapercibido.

Porque dentro de ella…

Algo no encajaba.

“Vera”.

Ese era el nombre que le habían dado.

El único que debía reconocer.

El único que debía sentir como propio.

Pero no era ese el que aparecía.

Era otro.

Uno que no debía estar ahí.

Julieta.

Vera apretó ligeramente los dedos contra el cristal.

¿Por qué ese…?

¿Por qué no el mío?

Esa fue la verdadera grieta.

No en su memoria.

En la mentira.

Sorien no reaccionó de forma visible.

Pero por dentro…

Todo se tensó.

—No lo sé —dijo finalmente.

Y no era una mentira.

Era lo único que podía decir sin destruirla.

Vera lo observó.

Buscando más.

Pero no presionó.

Sorien dio un paso hacia ella.

Esta vez sí la tocó.

Le sostuvo el rostro.

Vera cerró los ojos un segundo.

Y entonces…

Pasó.

No fue un recuerdo completo.

Fue un golpe.

Un destello.

Risa.

La suya.

Pero distinta.

Más libre.

Más ligera.

Un jardín.

Un vestido claro moviéndose con el viento.

—Julieta…

Esta vez el nombre no fue duda.

Fue reconocimiento.

Vera abrió los ojos de golpe.

Respiración agitada.

—Yo estuve ahí…

No lo dijo mirando a Sorien.

Lo dijo para ella.

—¿Qué viste? —preguntó él, sin presionar.

—No sé…

Negó.

—No es claro.

Pausa.

El aire se volvió denso.

Pero Sorien no dejó que se quebrara.

Se acercó.

La rodeó con los brazos.

Firme.

—No estás sola en esto.

Vera no respondió.

Pero no se apartó.

Porque por primera vez…

No sentía que estaba perdiendo algo.

Sentía que estaba encontrando algo.

***

Más tarde…

Sorien la observó desde la distancia.

No como esposo.

Como alguien que protege.

Porque ahora sabía algo con certeza:

Julieta…

Ya estaba regresando.

Y cuando lo hiciera por completo…

Nada volvería a ser igual.




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