No fue un sueño.
Esta vez no.
Julieta despertó con los ojos abiertos.
Fijos.
Sin sobresalto.
Sin confusión inmediata.
Y eso…
Fue lo que la inquietó.
Porque la calma…
No era normal.
Se quedó mirando el techo.
Y entonces…
Volvió.
No como fragmentos.
No como sensaciones.
Como un recuerdo.
El vehículo.
El asiento trasero.
El sonido del motor.
El taxista hablando de algo sin importancia.
—Falta poco, señorita.
Julieta miraba por la ventana.
Pensativa.
Inquieta.
Algo no le gustaba.
Pero no sabía qué.
El camino.
Una curva.
Las luces.
Demasiado rápido.
Demasiado cerca.
El impacto.
Violento.
Seco.
El mundo se rompió en un segundo.
Metal.
Cristales.
Dolor.
Silencio.
Después…
Nada.
Julieta sintió cómo el aire abandonaba su pecho en la realidad.
Sus dedos se tensaron sobre las sábanas.
Pero no se movió.
El recuerdo no terminó ahí.
Continuó.
El sonido de otra puerta.
Pasos.
No del taxista.
Otro vehículo.
Alguien acercándose.
Julieta, atrapada en su propio cuerpo, no podía moverse.
Pero podía escuchar.
—Sácala con cuidado.
La voz.
Masculina.
Firme.
Controlada.
No era un rescatista.
Era alguien que ya sabía que estaría ahí.
El recuerdo se volvió más claro.
Una mano abriendo la puerta.
El rostro inclinándose hacia ella.
Y entonces…
Lo vio.
Alaric.
Julieta abrió los ojos de golpe en la realidad.
Su respiración se aceleró.
Pero no gritó.
No se movió de inmediato.
Se quedó quieta.
Porque ahora…
Todo tenía sentido.
No el accidente.
Lo que vino después.
—No fue casualidad… —susurró.
El taxista muerto.
El traslado sin registro.
La clínica.
El cambio de rostro.
No había sido salvada.
Había sido tomada.
Julieta se sentó lentamente en la cama.
Su mente ya no estaba en blanco.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Recordaba el viaje.
Recordaba que Margaux se había quedado atrás.
Recordaba haber regresado sola.
Y ahora…
Recordaba quién la había recogido.
—Alaric…
El nombre salió bajo.
Pero cargado.
Ya no era confianza.
Era traición.
Se levantó.
Caminó hasta el espejo.
Ese rostro.
Margaux.
Pero ahora…
Era evidencia.
—Me usaste…
No fue un grito.
Fue una verdad.
La puerta se abrió suavemente.
Sorien.
Se detuvo al verla.
Algo había cambiado.
Y esta vez…
Era evidente.
—No dormiste —dijo.
Julieta lo miró.
Directamente.
Sin evasión.
—Recordé.
Silencio.
—¿Qué?
Julieta sostuvo su mirada.
Pensó.
Midió.
No podía decir todo.
No aún.
—El accidente, tuve un accidente de auto.
Sorien se tensó apenas.
—¿Qué recuerdas?
Julieta respiró hondo.
—Que iba sola.
Pausa.
—Que el conductor murió.
Otra pausa.
—Y que alguien llegó antes que la ambulancia.
Silencio.
Ahora sí…
Sorien escuchaba de verdad.
—¿Quién? —preguntó.
Julieta dudó un segundo.
No por falta de certeza.
Por decisión.
—No lo sé.
Mentira.
Pero necesaria.
Sorien no la contradijo.
Pero su mirada…
Se volvió más fría.
Porque ambos sabían algo:
Ese accidente…
Ya no era un accidente.