Mi Otro Rostro

Capítulo 38— La firma de los vivos

Margaux no se vistió para una visita.

Se vistió para una ejecución.

No una con sangre. No todavía. Una de esas más finas, más elegantes, más propias de su mundo: las que se hacen con perfume caro, una sonrisa correcta y un hombre creyendo que todavía tiene el control de la habitación.

Eligió un vestido marfil que parecía inocente de lejos y peligrosamente ceñido de cerca. Nada escandaloso. Nada obvio. Lo suficiente para que Hugo recordara. Lo suficiente para que la piel hablara antes que las palabras. Dejó el cabello suelto, las ondas cayéndole sobre los hombros como una invitación vieja. Unos pendientes discretos. Un bolso pequeño. Un lápiz labial apenas más oscuro de lo habitual.

Se observó en el espejo y no sonrió de inmediato.

A veces le divertía pensar que todos, absolutamente todos, la habían juzgado mal alguna vez.

Su padre creyó que podía controlarla con apellido y dinero.
Su madre creyó que podía salvarla empujándola hacia un matrimonio elegante.
Lucien creyó que era una vergüenza con piernas.
Sorien creyó que el deseo y la paciencia bastarían para convertirla en una esposa.
Y Hugo… Hugo creyó que siempre sería él quien decidiría cuánto dar y cuánto negar.

Solo Alaric la había entendido bien desde el inicio.

No porque fuera noble.
No porque fuera bueno.
Sino porque veía la ambición en ella sin escandalizarse.

Margaux tomó el perfume y roció una vez, apenas, en la base del cuello.

Recordó la primera vez que Alaric la miró como si no fuera una niña rica caprichosa, sino una mujer capaz de convertirse en aliada.

Había sido mucho antes del desastre. Cuando él todavía era millonario de verdad. Cuando sus trajes no tenían una sola arruga y sus relojes valían más que el sueldo anual de muchos hombres que lo admiraban. Cuando ella seguía entrando y saliendo de casas y yates ajenos, viviendo de fiestas, caprichos y hombres que confundían belleza con entrega.

Había conocido primero a su hija.

Una joven correcta, dulce, demasiado simple para interesarle de verdad. Margaux había sido amable con ella por instinto social, por aburrimiento, por conveniencia. Después conoció a Alaric. Y Alaric, a diferencia de otros hombres mayores, no intentó comprarla con promesas vulgares. Le ofreció algo más fino: atención, lectura, exceso sin juicio.

Le daba lo que pedía sin preguntarle para qué.
Joyas. Viajes. Dinero líquido. Silencio.
Y, sobre todo, una clase de poder que Hugo nunca había querido concederle.

Hugo.

Margaux tomó el bolso y salió de la habitación con una calma perfecta.

Mientras bajaba las escaleras, lo pensó con una lucidez casi cruel.

Había deseado a Hugo por puro orgullo herido. Porque Sorien era demasiado limpio, demasiado correcto, demasiado dispuesto a darle todo. Porque Hugo era otra cosa: un hombre que negaba, que se burlaba, que no corría detrás. Eso siempre le había excitado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pero Hugo, con todo su encanto, siempre fue un tacaño emocional y material.

No le daba regalos si no le nacían.
No prometía nada.
No mentía bonito.
No fingía devoción.

Y ella, que había nacido para exigirlo todo, terminó despreciándolo incluso mientras se acostaba con él.

Sonrió apenas al recordar aquel viaje.

El pueblo pintoresco, el hotel discreto, la sensación de clandestinidad que al principio le había parecido deliciosa. Habían discutido la última noche. No una discusión teatral. Una de esas peores: frías al comienzo, feroces al final.

Ella le había dicho, mirándolo desde la ventana del hotel, con una copa en la mano:

—He sido una estúpida.

Hugo, sentado en el borde de la cama, desabotonándose la camisa con esa arrogancia insoportable que tenía incluso medio desnudo, levantó apenas una ceja.

—Eso no es noticia.

Margaux se había girado.

—Desprecié a Sorien por ti.

Hugo soltó una risa.

—Eso también suena a problema tuyo.

Ella apretó la copa con tanta fuerza que temió romperla.

—Él me lo podía dar todo.

—Entonces debiste acostarte con él y no conmigo.

Ese comentario la incendió.

—¿Eso es todo lo que eres capaz de decir?

—¿Qué quieres que diga? —replicó Hugo, poniéndose de pie al fin—. ¿Que voy a casarme contigo? No. ¿Que voy a serte fiel? Menos. ¿Que voy a mantenerte? Margaux, por favor.

La forma en que dijo su nombre había sido una humillación.

Limpia.
Desnuda.
Imperdonable.

—Eres un tacaño —escupió ella.

Hugo se acercó con esa calma insolente que siempre había odiado.

—Y tú eres una niña rica jugando a ser peligrosa.

Margaux lo había mirado con un odio tan real que aún podía saborearlo.




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