Mi Otro Rostro

Capítulo 41—El Espejo de la Traición

El viento soplaba con una fuerza renovada, silbando entre las lápidas del cementerio. Julieta ya no estaba arrodillada sobre la tierra húmeda; se puso en pie con una lentitud solemne, sacudiendo el rastro de la derrota de sus ropas. Sin embargo, no era la misma mujer que había cruzado las puertas de hierro horas antes. Frente a ella, bajo la mirada vigilante de Sorien, se alzaban dos lápidas de mármol frío que habían sido su único norte durante meses: ELEONORE VARNIER y LUCIA VARNIER.

​Julieta clavó la vista en los nombres grabados. Recordó la noche de tormenta, bajo una lluvia que calaba hasta los huesos, cuando Alaric la obligó a arrodillarse en ese mismo sitio. "Son tus padres", le había susurrado él con una voz cargada de falso dolor. "Hugo los mató. Júrales que lo destruirás". En aquel entonces, ella había sellado su destino con una promesa de sangre, sin saber que lloraba sobre las tumbas de la esposa e hija del hombre que la estaba usando.

​—No eran mis padres... —soltó ella en un susurro que el viento casi le arrebata. Su voz aún temblaba, pero ya no se rompía—. Eran la familia de Alaric. Él me hizo creer que eran mi sangre para convertirme en su arma.

​Sorien asintió con una parsimonia casi dolorosa. No necesitaba más pruebas; la perversidad de Alaric no conocía límites. Julieta llenó sus pulmones del aire gélido del camposanto y decidió que no se guardaría nada más.

​—Él me encontró después del accidente —continuó, con la mirada endureciéndose—. Me dijo que lo había perdido todo por culpa de Hugo. Pero la red de mentiras es mucho más profunda, Sorien. Margaux también estaba ahí esa noche. Estaba justo detrás de Alaric, orquestándolo todo. No fue un accidente, ahora lo recuerdo todo, Margaux me dejó sola en el hotel y luego esa noche apareció, no había rastro de sorpresa al verme en el auto. El accidente fue el inicio de mi cautiverio. Alaric y Margaux lo provocaron para encerrarme en esa clínica... para cambiarme el rostro.

Sorien no dijo nada.

​—Me mintió —continuó Julieta, y una sonrisa amarga curvó sus labios—. Me dijo que el accidente me había destrozado, que no quedaba nada de la mujer que yo era. Me aseguró que Margaux Bellamy había muerto y que, si quería justicia, debía tomar su identidad. Me entregó su cara, su nombre... su vida.

​Hizo una pausa, el peso de la traición de Hugo quemándole la garganta.

—Todo fue un plan para que me casara contigo. Sabían que eras el mejor amigo de Hugo, que estarías cerca de él. Me infiltraron en tu vida para que yo hiciera el trabajo sucio. Intenté envenenarlo, Sorien... estuve tan cerca, yo... —cerró los ojos —Me alegra saber que Hugo está vivo.

​El silencio que siguió fue sepulcral. Sorien procesó la magnitud del engaño: su mejor amigo y su supuesta "prometida" habían orquestado una farsa quirúrgica y psicológica para convertir a una mujer inocente en una asesina.

Sorien no reaccionó de inmediato, pero su postura se volvió letal.

​—¿Porque querrán matarlo?—preguntó él con voz baja, el nombre de su mejor amigo quemándole la garganta.

​Julieta negó suavemente, pero la verdad que estaba a punto de soltar era un golpe más certero que cualquier disparo.

​—Sorien, es confuso, no sé porque Margaux estaba con Alaric... pero debo confesarte algo—Julieta sostuvo la mirada de Sorien, doliéndose por lo que iba a decir—. Margaux era tu prometida, Sorien, pero desde entonces ya era la amante de Hugo. Tu mejor amigo te traicionó de la forma más vil, mientras ella planeaba su muerte con Alaric.

​Las palabras cayeron como lápidas sobre el orgullo de Sorien. El rostro del hombre se transformó; la incredulidad fue reemplazada por un frío ártico que emanaba de sus ojos. No hubo una explosión de ira, sino algo mucho más peligroso: una calma absoluta.

​—Mi mejor amigo... —murmuró él, dejando la frase incompleta, cargada de un veneno que amenazaba con consumirlo todo.

​Julieta dio un paso hacia él, ignorando el frío de las tumbas a sus espaldas.

—Te traicionaron, Sorien. Nos usaron a ambos para sus propios juegos de poder.

​—Esto no fue solo contra ti, Julieta —dijo él, volviendo a fijar sus ojos en los de ella—. Fue una cacería contra todo lo que representábamos. Contra nosotros.

​El aire en el cementerio se volvió eléctrico. Julieta exhaló un suspiro firme, sintiendo cómo el miedo que la había encadenado a esas tumbas se disolvía, dejando solo una resolución afilada.

​—Entonces no voy a huir —declaró con una fuerza que hizo eco entre los mausoleos—. Ya no soy la niña que lloraba ante nombres extraños.

​Sorien se acercó más, invadiendo su espacio con una determinación que sellaba un nuevo pacto, uno que no nacía de la mentira, sino de la venganza compartida.

—No, no vas a huir. Vamos a hacer que cada uno de ellos pague por cada lágrima y cada mentira.

​Julieta sostuvo su mirada. Ya no había rastro de la víctima en sus ojos.

—Juntos.

—Juntos —confirmó él.

​El viento sopló con más fuerza, pero esta vez no se sentían como dos náufragos. Eran dos depredadores que, entre las tumbas de los Varnier, acababan de declarar la guerra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.