Mi Otro Rostro

Capítulo 42—La Caída del Telón

El banco no era un lugar de errores.

Era un lugar de sentencias.

El gerente no levantó la voz. No se alteró. Solo deslizó el dedo por el documento una vez más. Luego otra.

Finalmente, levantó la mirada. Sus ojos, tras el cristal de las gafas, eran gélidos.

—Señor Varnier…

Alaric sonrió. Una sonrisa de tiburón, segura, depredadora.

Margaux, a su lado, cruzó las piernas con esa elegancia que siempre parecía un arma.

—Imagino que ya está todo en orden —presionó ella con voz de seda.

El gerente no respondió. Cerró la carpeta con una calma que erizaba la piel.

—No.

Silencio. No incómodo. Peligroso.

​—¿Cómo dice? —preguntó Alaric. El tono ya no era relajado. Sus nudillos se tornaron blancos sobre el apoyabrazos.

El gerente se acomodó las gafas.

—Este documento no le otorga ningún derecho sobre los activos del señor Hugo. Es papel mojado.

Margaux frunció el ceño, el pánico asomando por las grietas de su máscara.

—Revíselo. Ahora mismo.

—Ya lo hizo el departamento legal, señora —sentenció el gerente—. Y la conclusión es unánime.

​El aire en la oficina se volvió denso, irrespirable.

—Está firmado. Usted lo está viendo.

—Sí —asintió el gerente—. Pero no es válido. No es la firma del Señor Hugo.

​Silencio. Ahora sí, un silencio pesado, asfixiante. Margaux giró la cabeza hacia Alaric, buscando una respuesta que él ya no tenía.

—¿Qué significa eso?

​El gerente no les dio tiempo para reaccionar.

—Significa que han intentado ejecutar una transferencia fraudulenta.

El golpe fue limpio. Sin dramatismo. Solo ejecución.

​Margaux dejó de respirar. Alaric se tensó, el sudor frío empezando a bajar por su nuca.

—Está equivocado.

—No lo estoy —el gerente se puso de pie—. Y ya informé a las autoridades. Han intentado ejecutar una transferencia fraudulenta de activos internacionales. Eso es un delito federal.

​Un segundo. Dos.

Y entonces… el caos.

​Margaux se levantó de golpe. Sus ojos bailaban de un lado a otro.

—Nos vamos. Alaric, muévete.

Pero ya era tarde. La puerta se abrió con un estruendo metálico.

Policía.

—Señor Alaric Varnier.

El nombre cayó como una losa de mármol.

—Está detenido por intento de fraude y falsificación.

​El mundo no se rompió. Se cerró sobre ellos.

Margaux retrocedió, chocando contra la pared.

—No… yo no tuve nada que ver… fue él… —balbuceó.

La traición final. Alaric la miró con odio puro mientras los oficiales lo reducían.

Pero Margaux no esperó a las esposas. Corrió.

​No pensó. No calculó. Fue el instinto de una rata acorralada. Salió del banco a trompicones, empujando a los clientes, buscando la luz de la calle.

Corrió hacia el asfalto. No miró a la izquierda.

El sonido del impacto fue seco. Brutal.

​El cuerpo de Margaux fue lanzado por el aire. Un arco de seda y sangre. Cayó como algo ligero, como una muñeca rota que ya no tenía hilos.

El mundo se detuvo. Un segundo. Dos.

Y luego… gritos. Sirenas. El asfalto tiñéndose de un rojo que no perdonaba.

​Alaric no la vio. Ya lo estaban obligando a bajar la cabeza para entrar en la patrulla.

—Tiene derecho a guardar silencio…

Pero Alaric ya no tenía nada que decir. Sus mentiras se habían quedado sin oxígeno.

***

Minutos después, Hugo recibió la llamada. No hubo sorpresa en su rostro.

—Entiendo —dijo con voz plana—. Voy para allá.

​Cuando llegó, el asfalto era un escenario de tragedia. Paramédicos, policías y una camilla donde yacía Margaux, cubierta de sangre e inmóvil. Hugo la miró durante un tiempo largo, silencioso. No sintió rabia, ni tristeza. Fue solo una confirmación fría de que todo tiene un precio. Sacó su teléfono y marcó.

—Sorien. Deberías venir.

***

​En la casa, Julieta miró a Sorien cuando él colgó.

—¿Qué pasó?

Sorien no respondió de inmediato. Luego, esbozó una sonrisa que no tenía calor; era una sonrisa gélida, casi irónica.

—Margaux está viva.

​Julieta no preguntó más. No hacía falta.




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